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sábado, 29 de julio de 2017

Tamaño de las compañías y sentido de pertetencia


Sábado de descanso, de entrenamiento deportivo (gracias, Irma, por esta magnífica temporada como coach), de lecturas junto a la piscina y de cine (‘Eight days a week’, la película de Ron Howard sobre los Beatles). Un documental muy interesante sobre un fenómeno musical histórico. Y la canción, "When you say noyhing": www.youtube.com/watch?v=stUuxTaihNQ 

He estado leyendo, en Cinco Días, que “el Ministerio de Economía ha elaborado un Informe sobre crecimiento empresarial en el que plantea, entre otras medidas, eliminar o modificar aquellos umbrales por número de trabajadores o facturación que operan actualmente en la legislación española y que dificultan que las empresas aumenten su tamaño, ya que seguir siendo pymes tiene ventajas fiscales y de otro tipo” (Europa Press): https://cincodias.elpais.com/cincodias/2017/07/26/companias/1501096654_015395.html
El ministro de Economía, Luis de Guindos, indicó que en España el tamaño medio de las empresas es menor que en los principales países de la UE y el tejido empresarial está sesgado en favor de las microempresas, que además aportan mucho menos valor añadido. Son los principales empleadores de la economía española (ocupan a cuatro de cada diez trabajadores, y las pymes en su conjunto, a tres de cada cuatro). La reducida dimensión empresarial crea dificultades para acometer proyectos de internacionalización o de I+D y estas empresas contribuyen menos a la mejora de la productividad. Los salarios que ofrecen también son menores.
Es evidente que un mayor tamaño empresarial mejora la productividad y el crecimiento potencial de la economía. “Si la estructura empresarial en España fuera equivalente a la de la media de la UE, el PIB podría aumentar cerca de un 3,5% y si fuera equivalente a la británica, sería un 7,5% superior. En el caso de ser como en Alemania, el PIB español podría ser casi un 6% superior”. El gobierno pretende eliminar los umbrales por número de trabajadores (actualmente se diferencia entre 10, 50 y 250 empleos) o por cifra de facturación (los más repetidos en la legislación actual son 10, 6 y 2 M €) cuando la regulación dependiente del tamaño no resulte necesaria o proporcionada.
El ministerio de Luis de Guindos ha identificado más de 130 regulaciones empresariales vinculadas al tamaño, que contribuyó negativamente al dinamismo de las empresas al reconocer implícitamente unos beneficios fiscales decrecientes con el tamaño de la empresa.
Los empresarios de la micro y pequeña empresa son los que se muestran más cautos a la hora de valorar la situación económica que atraviesa España. Se mantienen algo más pesimistas que la media en lo que respecta a la coyuntura actual: la mayoría (un 54%) califica como “regular” el momento de la economía y sólo un 44% espera que mejore a lo largo de 2017.
Más allá de la regulación, que es importante, ser micro o pequeña empresa es cuestión de mentalidad. El límite de 50 empleados suele ser a lo que “aspiran” muchas pymes. Siendo una compañía más pequeña la productividad suele ser menor, y la tasa de mortalidad se eleva.
En otro orden de cosas, John Carlin ha escrito ‘Pertenencia y claridad’. “No creo en aquellos que prometen utopías en el cielo o en la tierra”: https://elpais.com/elpais/2017/07/23/opinion/1500818809_979811.html
John  vio hace unos días un documental en Netflix, Keep Quiet, (Callar). Trata sobre Csanád Szegedi, un personaje húngaro que asciende al alto mando de un partido neonazi, Jobbik, y funda su brazo paramilitar, la Guardia Húngara. “Mucha bandera, mucho símbolo, mucho uniforme, mucho desfile. Y muchas consignas, todas ellas tan bestias como poco originales. El “futuro radiante” que anuncian pasa por la “¡muerte a los judíos!”, “los sucios judíos”. Szegedi, hoy con 34 años, se incorporó a Jobbik en 2003, fue elegido vicepresidente nacional del partido en 2006 y al Parlamento Europeo en 2009. En 2012 descubrió que era judío. “Su abuela, la madre de su madre, le confesó un secreto que había callado desde la Segunda Guerra Mundial: era una sobreviviente de Auschwitz. Se lo probó a su estupefacto nieto mostrándole el número que le habían tatuado los nazis en el brazo izquierdo”. Szegedi abandonó Jobbik, se arrepintió públicamente de su antisemitismo, se hizo la circuncisión, se limitó a comer comida kosher y se convirtió a una secta ortodoxa de la religión judía. Ha visitado Auschwitz, ha visitado Israel, visita sinagogas por el mundo donde confiesa sus pecados y celebra su redención.
“Algo elemental en Szegedi le pidió subsumir su identidad individual en la identidad colectiva, hallar su dignidad y su relevancia en la lealtad a un grupo. No puede vivir sin códigos compartidos, sin reglas, sin bandera”.
Carlin extrae dos lecciones del caso de Szegedi: “Primero, necesitamos pertenecer a algo, motivados seguramente por un antiguo impulso tribal que compartimos con los chimpancés, los leones, los elefantes y demás mamíferos. Segundo, y a diferencia de los animales, queremos darle sentido a la vida. Buscamos claridad, la claridad terrenal o cósmica que nos ofrece la ideología o la religión”. “Son las circunstancias de la vida las que determinan, en primer lugar, el grupo con el que uno se asocia, sea este político o religioso. Después, solo después, damos el paso evolutivo que nos distingue de las demás especies y nos comprometemos con la doctrina del grupo en el que nos encontramos”.
La mayoría de los conflictos y guerras de la historia, consiste “en adquirir el hábito mental de señalar como certeros los datos y los argumentos que sustentan nuestra doctrina y en cerrar los ojos, o desdeñar a los que la ponen en duda”.
Hay excepciones a la regla (como el propio John). “Hay algunos bichos raros. Gente que no aparta la vista de la insondable complejidad de cada persona y del inevitablemente confuso destino de la humanidad. Somos bastantes, la verdad”. Son escépticos, que no tienen que ser estériles ni aburridos. “Apuesto por la generosidad como valor máximo en la vida y apuesto por el humilde sueño de luchar para mejorar la condición humana poquito a poco. No creo en aquellos que prometen utopías en el cielo o en la tierra. Renuncio a la claridad y, salvo que esté hablando de Trump o de Lionel Messi, no me creo ni a mí mismo cuando la propongo. Por eso soy incapaz, aunque a algunos les ofenda, de reprimir el impulso a reírme de lo tontos que somos”.
Mientras haya pensamiento crítico, hay esperanza.

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