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martes, 1 de noviembre de 2016

La sociedad desde la rabia y la desigualdad


Este puente de todos los Santos he saldado mi “deuda” con el cine español: hoy he ido a ver ‘Que Dios nos perdone’ y ayer, ‘Tarde para la ira’. Dos películas magníficas con varios puntos en común, entre ellos el papel protagonista de Antonio de la Torre, que en ambas está excelente.
‘Que Dios nos perdone’ está ambientada en el verano madrileño de 2011, especialmente caluroso, en el coincidieron la visita del Papa Benedicto XVI (Congreso Mundial de la Juventud) con un millón y medio de peregrinos y el 15-M. Los inspectores Velarde (de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo) deben encontrar y detener con la mayor discreción a un asesino de ancianas. La violencia está servida.
Dirigida por Rodrigo Sorogoyen (autor de Stockholm y 8 citas), con guión (premiado en el último Festival de San Sebastián) de Isabel Peña y el propio Sorogoyen, es un recital interpretativo (Roberto Álamo compone un policía violento y desquiciado, Antonio de la Torre es un tartamudo meticuloso e introvertido), una historia ruda y poderosa, muy naturalista.
La Banda Sonora de hoy es la de esta peli, con dos grandes temas de Amalia Rodrigues, ‘Que Deus me perdoe’ (www.youtube.com/watch?v=mdRme9Ht2Sc) y Cançao do mar (www.youtube.com/watch?v=MDFacQZZI2g). Me ha recordado la cena de gala del Challenge Açores con grandes fadistas (gracias, Carlos Ongallo, por aquella experiencia única).
‘Tarde para la ira’ es la “ópera prima” de Raúl Arévalo como director. Actores y actrices totalmente creíbles (Antonio de la Torre, Luis Callejo, Ruth Díaz, Manolo Solo, Alicia Rubio, Raúl Jiménez, Font García), primeros planos altamente expresivos, retos que la cinta resuelve con solvencia. Dura y realista, Raúl dirige una trama propia y no se reserva ningún papel. Agosto de 2007. Es la historia de Curro, que ha pasado 8 años en la cárcel por atracar una joyería (sin delatar a sus compinches) y se encuentra con un desconocido, José. Ambos se enfrentarán a los fantasmas del pasado y se hundirán en el abismo de la venganza.   
En palabras de Rodrigo Sorogoyen (entrevista de Alfonso Rivera para cineuropa.org): “Tanto Que Dios nos perdone como Tarde para la ira, La isla mínima o El hombre de las mil caras huyen de la americanización y marcan mucho el contexto social y político propios. ¿Por qué ser una cosa que no somos? Ves la película de Raúl Arévalo y te crees totalmente que ese señor existe, que hable así y que viva en esas calles.”
Por ahí (y, por supuesto, con ‘Un monstruo viene a verme’, una película imprescindible) el cine español va por muy buen camino. Mi gratitud a valientes como Raúl Arévalo y Rodrigo Sorogoyen, y a repartos como los de estas dos películas.
He estado leyendo ‘El insoportable coste de la desigualdad’ de Jordi Guilera (Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de Lisboa). “La historia muestra de forma descarnada cómo la lucha por la igualdad, cuando va acompañada de precariedad extrema, ha acostumbrado a ir, lamentablemente, de la mano de conflictos muy violentos”. Así ocurrió con la Revolución francesa y con la Revolución rusa de 1917. “La desigualdad mundial ha crecido de forma constante desde 1820”. “El gran motor de este aumento de la desigualdad ha sido la creciente diferencia de renta entre los distintos países del mundo, un factor que representa en la actualidad el 85% de la desigualdad total”. Dentro de los países, la desigualdad ha oscilado considerablemente. Creció desde la industrialización hasta la I Guerra Mundial, cayó con fuerza en el periodo de entreguerras y tras la IIGM hasta la crisis del petróleo de 1973; ha repuntado de forma notable desde la revolución de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. ¿Y en el Talentismo? Esta nueva era, en la que el talento es más escaso y valioso que el capital, no es precisamente igualitarista. Deseamos que sea equitativa (como nos enseñó Aristóteles, la equidad es “el tratamiento desigual de situaciones desiguales” e incluya la igualdad de oportunidades desde la educación. El autor repasa las principales teorías económicas desde los clásicos, David Ricardo y Karl Marx hasta Thomas Piketty.
No es casual que en las mencionadas películas españolas una persona de clase media-alta aparezca voluntariamente en un barrio humilde, con un propósito muy determinado, y a partir de ahí comience todo.