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lunes, 1 de febrero de 2016

La centralidad y el debate sobre si el cerebro determina la ideología

         De la prensa del fin de semana, me quedo con la entrevista de Antonio Diéguez a mi buena amiga Susanna Griso, que lleva cuatro meses sin descanso semanal, porque además de Espejo Público de lunes a viernes está grabando los fines de semana ‘Dos días y una noche’, un programa de entrevistas en profundidad. Susanna Griso es una de las mejores periodistas de nuestro país, y creo firmemente que para ella lo mejor está por llegar. Le deseo toda la buena suerte (preparación + oportunidad) que merece.
Evgeny Morozov (autor de ‘La locura del solucionismo tecnológico’, esplendido libro que me he traído a Oxford) escribía sobre el nuevo Estado del Bienestar creado por el Sillicon Valley, que pretende incrementar los beneficios: “La retorica de la tecnología puede ocultar la incapacidad de las instituciones sociales”.
Paz Álvarez escribía en Cinco Días sobre la generación Z (nacidos entre 1994 y 2009), como mi hija Zoe, que “no entienden de jerarquías”. Son creativ@s y con enorme volumen de información, y trabajarán en profesiones que todavía no existen.
José Antonio Marina nos habló ayer domingo en ‘Ideas’ de la centralidad. Tariq Alí ha escrito ‘Contra el extremo centro’, considerándolo una degeneración democrática. JAM explicaba la centralidad desde dos puntos de vista: el aristotélico (la virtud, areté o potencial, está en el término medio; una apuesta por la moderación entre extremos) y el hegeliano (tesis, antítesis y síntesis). Creo que Aristóteles sirve más para el coaching (convertir la potencia en acto desde la ambiciosa mesura) y Hegel más para la creatividad (la síntesis supera la posición inicial y la antitética).
Marcos Baeza en El País Semanal exponía los cinco gadgets que cambiarán el automóvil: piloto automático, aparcar desde el móvil, frenada antichoque, espejo que todo lo ve, control gestual de pantalla. Las innovaciones van a ser espectaculares en el sector.
Inteligencia colectiva. Mark Klein (MIT): “Cuanta más gente, menos errores”. Anita Williams Woodley (Carnegie Mellon): el trabajo en equipo a un nivel más eficiente (la Red refuerza la funcion crítica de la comunidad). Andrés Monroy-Hernández (Microsoft Research): El futuro del empleo se perfila como un modelo híbrido de procesos realizados por humanos y ordenadores.
Toni García analizaba en Papel a Tyler Brulè (Winnipeg, 1968), editor de Monocle (90.000 ejemplares, tiendas, libros, cafés y radio). De corresponsal de guerra en Afganistán a fundador de Wallpaper, revista de diseño y tendencias (que vendió en 2000 por más de un millón de libras) y hace nueve años, Monocle. Un modelo de negocio espectacular.
El gran negocio de la mafia con los refugiados (artículo de Alberto Rojas en El Mundo), Berlín como nueva capital de las start-ups (Enrique Müller en El País).
Y dos temas adicionales de política: ‘La soledad de Ángela Merkel’, por Fernando Aramburu (su política de asilo le pasa factura) y ‘¿Cerebro progre o conservador?’, de David Page. Se pregunta por qué todos los Kennedy son progresistas o los Bush conservadores, y no lo atribuye a condicionamiento familiar, sino a la biología. El Instituto de Neurociencia cognitiva de la Universidad de Londres realizó pruebas de resonancia magnética a 90 jóvenes. Sus cerebros eran distintos según su ideología. “Las personas conservadoras tienen un poco más desarrollada la amígdala cerebral”, relacionada con la aversión a asumir riesgos. “Y los cerebros de los más progresistas muestran una mayor densidad de materia gris en el cíngulo anterior”, que se vincula con una mayor capacidad de aceptar la incertidumbre. Sin embargo, “los investigadores admiten no poder probar cuál es la causa y cuál la consecuencia”. Si algo es el cerebro, es plástico.
David Page se refiere a los estudios de gemelos, que muestran que “donde más influye el ADN es en la capacidad de adquirir conocimiento político, en la ideología y en la participación electoral”. Donde los genes pesan menos “es en la identificación con un partido político concreto”. Es decir, predisposiciones sí; identificación específica, no.
Ayer vimos en familia ‘Joy’ de David O. Russell, con Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Robert De Niro. La historia de una emprendedora, llamada Joy (Alegría) que desea salir adelante con una familia que es un auténtico lastre vendiendo una fregona de su invención. Un absoluto petardo, aburrida, previsible, con interpretaciones soporíferas y un guión vulgar. Russell es probablemente el director más sobrevalorado de la actualidad. ‘El lado bueno de las cosas’ (2012) era floja (los trastornos psicológicos de los protagonistas eran incoherentes), con un final que la salvaba algo. ‘La gran estafa americana’ (2013) era precisamente eso, una gran estafa (alerté de ello en este blog). Y ‘Joy’ da más bostezo que alegría. El supuesto homenaje a las valientes mujeres emprendedores es básicamente ridículo. Si todavía no la has visto, líbrate de ella.

Mi gratitud a Ian y a los organizadores del Kick-Off de estos días en la ciudad universitaria más antigua del mundo anglófono.