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jueves, 13 de agosto de 2015

El viento de Viena, de Helena Cosano. Un viaje iniciático y espiritual



Viena en la música (Mozart, los valses de Strauss que estoy escuchando mientras escribo esta entrada, Ultravox), en el cine (‘El tercer hombre’), en la pintura (Klimt) y en la literatura. En este viaje me he traído ‘El viento de Viena’, de Helena Cosano, por el que ganó un premio internacional de literatura. La autora es amiga de mis buenos amigos Silvia y Jorge, vivió seis años en la capital vienesa y escribe magníficamente. Una buena expectativa.

De inicio, un espléndido prólogo de Emilio Ruiz Barrachina (1963), poeta, escritor y director de cine, que parte de la noción de locura (HC la define como “distorsión de la realidad, incapacidad de diferenciar el mundo subjetivo de la propia mente con el objetivo de los demás”), define la novela como un tratado de espiritualidad, reconoce que Helena conoce tan eficazmente Viena como a sí misma y destaca su idea de que “vivir es volar”. Volar es ser libre. Compara la obra con ‘Las Moradas’ de Santa Teresa de Jesús (“tu hogar está donde estás tú”), incluye el apunte del yoga, y por supuesto el amor. Gran prólogo; mi enhorabuena a Emilio.
‘El viento de Viena’ trata de Eleonor, que llega a la ciudad para estudiar psiquiatría. Se lo había recomendado su profe de instituto: “En Viena cada uno encuentra lo que le falta y se pierde en sí mismo; en Viena el tiempo tiene otro ritmo y el aire sabe a otros tiempos; en Viena te verás reflejada en miradas extraviadas, en anacrónicas siluetas, en costumbres absurdas, y por fin te verás. Te perderás del todo. O te encontrará. En Viena comprenderás la locura… El viaje a Viena es un viaje sin retorno”.
Desde su llegada, a la estudiante le duele la cabeza. Es el viento de Viena, que provoca cefaleas, y a otros la locura. En su piso (cutre) conoce a Liuba (que significa Amor), que llevaba un año en Viena. Nacida en Omsk (Siberia), es judía y con ella marcha a Israel. Es “el laberinto del destino”.
No te voy a desvelar la novela, porque mi pretensión es que la leas (me agradecerás el consejo), pero en la trama aparecen novios con los que una sigue por conformismo, porque resulta cómodo, alma poderosas, ninfómanas divertidísimas, dramas humanos, cursos sobre “psicología de las profundidades” y una secta que interrelaciona la felicidad, el amor y el sexo. Seo redentor (el Amor libera. La libertad da la felicidad. La mejor expresión humana del Amor es el sexo”). Y por supuesto, el yoga (“el cese de la mente”), el tantra y la danza del vientre. La historia concluye en un barco, “Shanti”, paz en sánscrito.
Mis dos párrafos favoritos del libro son: “Lo más importante es seguir la vocación. Uno es feliz cuando hace lo que le gusta, porque entonces la vida adquiere sentido…” y sobre todo “A mí me fascina una mujer cuya mirada es amor, puro amor, porque mira la chispa eterna, la esencia, el alma. La busca y sin juzgar intenta comprender. Eso es amor. Desinteresado y libre. Amor de almas. Amor de ángeles”.
La tesis de la autora, me parece, es que en una sociedad enferma que hasta ha perdido el recuerdo del paraíso perdido, hay lugar para la esperanza. “La gente es muy feliz”, escribe Helena a través de los pensamientos de Eleonor, “Aquí en Viena tienen una vida cómoda, sin grandes problemas y, sin embargo, se les ve neuróticos, amargados… Todos locos”. Hasta en Viena se puede ser feliz.
Ayer por la tarde, después de la Albertina y antes de ir a cenar (en el Urania, junto al Danubio), fuimos al ‘Time Travel’ (un espectáculo 3D que a Zoe le encanta, que cuenta la historia de la ciudad: la peste medieval; los asedios otomanos; el Imperio de los Habsburgo; Mozart, Haydn, Strauss, Beethoven; el desmembramiento austrohúngaro, la república social, el Anschluss, la II Guerra Mundial, la década de posguerra hasta la independencia y la neutralidad). En palabras del actor y director vienés Erich Von Stronheim (1885-1957) “Si hablas de Viena debe ser en pasado, como un hombre hablaría de una mujer a la que ha amado y ha fallecido”.

Mi gratitud a Helena como lector y a Silvia y Jorge una vez más.       

¿Y qué decir de Eslovaquia, que el 1 de enero de 1993 se separó de Chequia? Como bien sabes, tras la II Guerra Mundial, dentro de Checoslovaquia, sufrió el yugo comunista de la Unión Soviética. Hoy en día su renta per capita es de 13.900 euros (la de su vecina Austria es de 38.600 €). Sueldos bajos (potencia automovilística), sistema financiero tomado por entidades extranjeras, escaso peso del turismo (el 40% del país son bosques; esquí en los Cárpatos). Su capital, Bratislava, tiene un centro histórico interesante, entretenido, con historia. No sé si con 5’4 M de habitantes (425.000 en la capital) tiene “masa crítica” para el desarrollo que necesita. Cuestión de escala. Sí, es miembro de la Unión desde mayo de 2004, su deporte nacional es el hockey sobre hielo y su gastronomía está ligada a condiciones climáticas severas (en invierno, intenso frío; hoy, 42 grados).      

2 comentarios:

Javier Zubiaur dijo...

Hola, Juan Carlos!

Lo cierto es que el encanto que tiene Viena es verdaderamente embriagador. Su abstracta majestuosidad se hace tangible cuando vas a cenar o a tomar algo, y descubres que sus ciudadanos proyectan un aura de ambición y orgullo que parece poder mover el mundo.

Atravesar el centro de Bratislava, en cambio, se asemeja a caminar por la sombra cuando anochece. Aunque se vislumbra el fin del letargo, la sociedad parece exhalar un desencanto personal que te induce hacia la negatividad. Lo mejor y lo peor para Eslovaquia es que es un problema que esencialmente depende de ellos resolver.

Gracias por la recomendación, Juan Carlos! Se nota que has disfrutado viajando con ella.

Javier

Juan Carlos Cubeiro dijo...

Gracias, Javier. Comparto plenamente tus comentarios.
Un abrazo