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sábado, 18 de enero de 2014

Un líder en un mundo codicioso: El lobo de Wall Street


Ayer por la tarde fuimos a ver El lobo de Wall Street, la última película dirigida por Martin Scorsese con un Leonardo di Caprio en estado de gracia (me parece la mejor cinta de este magnífico actor, todo un recital). Cinco nominaciones a los Óscar, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actor protagonista, mejor actor de reparto y mejor guión adaptado). Tres horas que se te pasan en un vuelo, porque la historia es muy potente y está primorosamente filmada.
Me ha interesado tanto este “caso práctico de capitalismo salvaje” que hoy he leído El lobo de Wall Street de Jordan Belfort. Efectivamente, un relato absolutamente veraz (la realidad supera la más delirante de las ficciones) sobre un chaval de 24 años que se convierte en bróker bursátil y monta una agencia de nombre respetable (Stratton Oakmont) que vendía chicharros al 1% de personas más acaudaladas (que, según Belfort, son unos viciosos del juego, en este caso de la compra y venta de acciones) y con la que obtenía más de 50 millones de dólares al año. En 1991, la periodista Roula Khalaf le llamó “versión pervertida de Robin Hood, que les roba a los ricos para darse a sí mismo y a su alegre banda de corredores de Bolsa”.
Más allá de los escándalos, de los excesos, de las drogas, del sexo, del lujo pretencioso, del secreto bancario suizo (Belfort lo llama “el país de las ratoneras”, por los testaferros)  y del capitalismo salvaje (Jordan comenta en su libro que “las mejores y supuestamente más respetables instituciones financieras habían alterado el mercado de bonos del Tesoro (Salomon Brothers), llevado a la bancarrota al condado de Orange, California (Merrill Lynch) y despojado a abuelitos y abuelitas por un valor de 300 M $ (Prudential-Bache)”), podemos aprender del liderazgo de este “lobo de Wall Street”, porque, sí, Jordan Belfort fue un líder, en la medida de que inspiraba (a los suyos, a los que quería “hacer ricos en poco tiempo”), hacía equipo (con los suyos) y transmitía energía (un optimismo contagioso y una ilusión desbordante). En el libro se nos cuenta que los strattonitas tenían un lema: “Carpe Diem” (aprovecha el momento).
Libro y película nos ofrecen dos perlas. La primera, en la salida a bolsa de la compañía de zapatos Steve Maden (páginas 111-126): “¿Sabéis cuan infrecuente es eso de encontrar a alguien capaz de crear una tendencia e imponerla? ¡Las personas como Steve aparecen una vez cada década! Y cuando ello ocurre, se convierten en nombres que todos reconocen, como Coco Chanel, Yves Saint Laurent, o Versace, Armani, o Dona Karan, y otros pocos como ellos”. ¡Qué apelación a las Marcas poderosas, a la acción (“El teléfono no funciona solo. Si no os ponéis en marcha, no es más que un inútil pedazo de plástico”) y a los resultados (“id a vuestras mesas, recorred vuestras listas de clientes desde la A hasta la Z. ¡Y no toméis prisioneros! ¡Sed feroces! ¡Sed perros de ataque! ¡Sed unos terroristas telefónicos! Haced exactamente lo que os digo y, creedme, de aquí a pocas horas, cuando todos los clientes estén ganando dinero, me lo estaréis agradeciendo”).
Y la otra tiene que ver con la capacidad comercial, esencial en toda empresa. Cuando Belfort es contratado en Wall Street por LF Rothschild, aprecian su talento como vendedor. Y cuando funda Stratton Oakmont, lo que hace es contratar buenos comerciales (de coches, de carne o de droga). Se trata de detectar/crear (yin-yang) las necesidades de los clientes, y no obsesionarse con el producto (léase Vender es Humano de Daniel Pink), como le demuestra su amigo Brad (“- escribe tu nombre, -no tengo bolígrafo, -entonces necesitas uno”).
Jonas Belfort, el lobo de Wall Street, fue acusado de estafa y de blanquear dinero y pasó 22 meses en una cárcel, de la que salió en 2005. Ahora se dedica a dar conferencias de motivación. Puedes ver en Youtube su vídeo “El arte de la prospección. Las cinco claves de la maestría comercial”: www.youtube.com/watch?v=P3v6uz40iMU No cabe duda de que el tipo tiene talento en esto de vender, y que demuestra que el proceso comercial debe seguir una sistemática comercial.
Mi agradecimiento a quienes nos han presentado esta fabulosa historia: a Martin Scorsese, Leonardo di Caprio y las personas que han hecho posible la versión cinematográfica de “El lobo de Wall Street”. A Roger, el editor, y Agustín, el traductor del libro en castellano. Y, sí, a Jordan Belfort, por compartir con nosotr@s su auge y caída. Un gran “business case” de cómo la codicia ha estado tan presente en el capitalismo y de cómo tíos listos como él han sabido aprovecharse de ello.