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domingo, 8 de diciembre de 2013

La gran belleza y el liderazgo antifrágil


Esta mañana mi amigo Martín ha sacado entradas para la película italiana La gran belleza (La grande belleza), de Paolo Sorrentino. La historia de Gep Gambardella (Toni Servillo), un escritor y periodista de 65 años muy elegante en sus formas y en el vestir, que disfruta de las noches de una Roma decadente y de las relaciones con sus amigos (entre ellos, la directora de la publicación en la que escribe), los nobles, cardenales y santos. Un retrato magnífico, colosal, de una Roma (de una Italia, de una Europa) decadente. Espeléndidos Carlo Verdone, Sabrina Ferilli y Carlo Buccirosso. Puedes ver el tráiler en www.youtube.com/watch?v=P9i1_L9MDsI Atención a toda la banda sonora, maravillosa (desde versiones dance de “A far l’amore comincia tu” de Rafaella Carrá o “Take my breath away” a temas clásicos como el que cierra la cinta: www.youtube.com/watch?v=G_2owlRkTjc).
Mis cuatro frases de la película son: "A los 65, no voy a hacer cosas que no quiero hacer", "¿Qué voy a  hacer? Lo único que sé hacer. Seguir adorándola", "A mi edad una mujer hermosa ya no es suficiente", "¿Por qué nos quieren quitar la nostalgia a quienes ya no tenemos fe en el futuro?". 
Muchas gracias a Martín por la elección de la película.
Ayer ese recorrido mágico por los lugares más emblemáticos de la ciudad eterna triunfó en la 26ª edición de los premios de la Academia de Cine Europeo. Mejor película, mejor director (Paolo Sorrentino), mejor actor (Toni Servillo, una interpretación magistral, con numerosos primeros planos).
Esta es la crítica de Sergi Sánchez en Fotogramas: “La gran belleza empieza con una de las fiestas mejor filmadas de la historia – una celebración supina de la vulgaridad berlusconiana, una parada de los monstruos que hay que ver para creer -justamente para informarnos de que la fiesta ha terminado. No es difícil detectar en el maestro de ceremonias de tan fastuoso guateque, Jep Gambardella (memorable Toni Servillo en su cuarta colaboración con Sorrentino), la sombra del Marcello Rubini de La Dolce Vita, como si el retrato que hizo Fellini de la decadencia romana no hubiese cambiado ni un ápice en más de medio siglo. Pero sería hacerle un flaco favor a una película tan generosa con su público el hecho de considerarla un simple homenaje.
En La gran belleza se proyectan los fantasmas de Giulietta de los Espíritus (1965) y respira la espectral Ciudad Eterna de Roma (1972), pero el deambular en círculos de Gambardella se desprende de su herencia felliniana cuando calma sus ánimos grotescos y se abandona a la melancolía. El cine de Sorrentino está tan cerca de lo ridículo ('Un lugar donde quedarse') como de lo majestuoso, como es el caso. Y si su tendencia al exceso y a lo episódico le hacen parecer epidérmico es porque todo, desde una ridícula performer hasta una monja momificada, le interesa. Simplemente, sabe poner el mundo a nuestros pies.”
Si es posible, no te pierdas La gran belleza en el cine. Un extraordinario espectáculo.
He estado leyendo el voluminoso Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden de Nassim Nicholas Taleb (autor de El cisne negro). A lo largo de 650 páginas (en lo que el autor considera siete libros) nos presenta una nueva forma de pensar la realidad.
En la primera parte, Taleb nos introduce a lo antifrágil. Es más que lo robusto, que lo resiliente (lo que no se rompe ante la adversidad), sino que se supera en los momentos difíciles. No tenemos una palabra para este concepto (la fragilidad reversa), y eso que juega un papel destacado en nuestras vidas.  El cuerpo humano (o de cualquier organismo vivo) suele ser antifrágil. Los músculos, por ejemplo, se fortalecen con el ejercicio físico; el cuerpo se vacuna con pequeñas dosis de toxinas. “La evolución nos ha diseñado antifrágiles”, porque la evolución en sí misma es un proceso antifrágil. Los estresores te vuelven más fuerte.
La modernidad ha “fragilizado” los sistemas complejos (la economía, la política, la sanidad, la educación) y ésa es la tragedia, la sobreprotección.  En un mundo vulnerable e impredecible (VUCA), el liderazgo antifrágil es la repuesta.
Iatrogénica: “en Estados Unidos los errores médicos matan entre 3 y 10 veces más que los accidentes automovilísticos”. Taleb nombre un gran número de ejemplos al respecto. Pero este no es el único campo donde la iatrogénica campa a sus anchas: desde el urbanismo a las empresas. Ser antifrágil significa saber sacar provecho o beneficiarse del estrés, de los errores y del cambio (de igual forma que la mitológica Hidra generaba dos cabezas nuevas cada vez que le cortaban una de ellas).
Hemos estado fragilizando la economía, nuestra salud, la vida política, la educación, y casi todo al tratar de eliminar el azar y la volatilidad” y entonces lo que ocurre es que “impedir sistemáticamente que se produzcan incendios forestales para estar seguros hace que uno importante sea mucho peor”. Los esfuerzos verticalistas para eliminar la volatilidad (desde los “padres neuróticamente sobreprotectores” al ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, de solucionar las fluctuaciones económicas inyectando dinero barato en el sistema) acaban haciendo que las cosas sean más frágiles, no menos.
Taleb, que ha trabajado como agente de derivados y analista cuantitativo, y que posee el título de profesor distinguido de ingeniería de riesgos del Instituto Politécnico de la Universidad de Nueva York, parece tenerlo muy claro. Nos incita a pensar por qué lo pequeño podría ser menos frágil que lo grande (y nos proporciona una renovada comprensión del conocimiento práctico (el de ingenieros y empresarios) en contraposición con el conocimiento académico que se adquiere en la universidad.
Un texto demasiado largo, aunque controvertido e inspirador: “cuantos más datos recibes, menos sabes qué está pasando”.
Necesitamos líderes antifrágiles para marcar la pauta, hacer equipo y generar energía en este mundo VUCA, y un buen ejemplo de ello es el recientemente fallecido Nelson Mandela.
La respuesta a su desaparición me parece un juego de luces y sombras. Reconozco positivamente que el planeta entero haya llorado su pérdida. Y lamento consternadamente que no hagamos honor a su legado desde su ejemplo, desde las conductas. Como siempre, demasiados discursos, demasiadas palabras, demasiada demagogia, demasiado apuntarse a Mandela como “maestro”. Y poca humildad, poca generosidad, poca sensibilidad a quien es diferente. Eso no es propio de líderes antifrágiles, sino sumamente frágiles y decadentes, como los que La gran belleza nos muestra.