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lunes, 4 de noviembre de 2013

La neurociencia de la asunción de riesgos



Lunes en Madrid, el único día entero de la semana por aquí. Desde mañana y hasta el sábado, Málaga (Presentación del Programa e Coaching de la UMA en la Confederación de Empresarios de Málaga), Fuenterrabía (Coaching de Equipo) y Valencia (Programa de Gestión del Talento de la Universidad, dirigido por Roberto Luna).
He estado leyendo La biología de la toma de riesgos. Cómo nuestro cuerpo ayuda a afrontar el peligro en el deporte, la guerra y los mercados financieros, de John Coates. “El objetivo principal de este libro es destruir definitivamente, sobre la base de las neurociencias, la concepción racionalista según la cual el ser humano toma decisiones mediante el uso exclusivo de una razón completamente separada del cuerpo”, podemos leer en la contraportada. El autor es investigador en neurociencias y finanzas por la Universidad de Cambridge. Ha trabajado en Wall Street para Goldman Sachs y el Deutsche Bank, y en 2004 volvió a Cambridge para investigar la fisiología de la toma de riesgos financieros.
Comienza el texto citando a Jean Genet en Un prisionero del amor: en el anochecer, “es indistinguible el perro del lobo”. Porque “emociones y reacciones biológicas de gran intensidad pueden desatarse a partir de la toma de riesgos financieros”. “Nuestro cuerpo, en espera de acción, pone en marcha una red de emergencia de circuitos fisiológicos, cuyo resultado es la irrupción de una actividad eléctrica y química que retroalimenta el cerebro y afecta a su manera de pensar”. ¡Fascinante!
“Una de las regiones cerebrales responsables de este sistema de alerta temprana es el locus coeruleus, así llamado por el color cerúleo, o sea azul profundo, de sus células. Situado en el tronco encefálico, la parte más primitiva del cerebro, sobre la columna vertebral, el locus coeruleus responde a la novedad y promueve un estado de excitación”. El de l@s deportistas ante una competición o el de los brokers en plena faena. “El metabolismo se dispara, listo para liberar las reservas de energía existentes en el hígado, los músculos y las células cuando la situación lo exija. La respiración se acelera, inyectando más oxígeno, y lo mismo ocurre con el ritmo cardíaco” (…) “A medida que la clara posibilidad de ganancias se perfila en su imaginación, se siente una inequívoca oleada de energía en forma de hormonas esteroides que comienzan a cargar los grandes motores de su organismo”. Coates nos recuerda que los esteroides son sustancias químicas poderosas y peligrosas, “razón por la cual su uso está regulado por la ley, la profesión médica, el Comité Olímpico Internacional y el hipotálamo, que es “la agencia de lucha contra las drogas” del cerebro, pues si la producción de esteroides no se detiene rápidamente, puede transformarnos tanto física como mentalmente”.
Esteroides: la elevación de los niveles de testosterona aumenta el volumen de hemoglobina y, en consecuencia, la capacidad sanguínea para transportar oxigeno; aumenta la confianza en un@ mism@ y, decididamente, “la apetencia de riesgo. Un momento de transformación, lo que desde la Edad Media, los franceses llaman “la hora entre el perro y el lobo”. También aumenta otra hormona, la adrenalina, producida por en núcleo de las glándulas suprarrenales. “La adrenalina activa las reacciones físicas y acelera el metabolismo corporal al irrumpir en los depósitos de glucosa, principalmente los del hígado, y volcarlos en la sangre”. Una tercera hormona, el esteroide cortisol, comúnmente conocido como la hormona del estrés, atraviesa la corteza de las glándulas suprarrenales y viaja al cerebro, donde estimula la liberación de dopamina, operación química que se produce en los circuitos neuronales conocidos como vías del placer. Ya sabes: el estrés hasta un cierto nivel excita (eustrés), porque el cortisol y la dopamina combinados producen un choque narcotizante.
De la euforia a la tragedia, lo que los antiguos griegos llamaban hybris y némesis. La exuberancia irracional de los mercados, explicada desde la neurociencia.
Tras la introducción, el libro de Coates comienza con la observación de a fisiología de la asunción de riesgos, después lo lleva al mercado de valores (una legislación laxa y un sistema de bonificaciones que premia el exceso). “Observamos cómo la naturaleza y la cultura conspiran para producir un horrible descarrilamiento de trenes que dejan carreras profesionales destrozadas, cuerpos dañados y un sistema financiero devastado”. Y finaliza con la fisiología de la resiliencia, todavía en ciernes en términos de investigación.
El exceso de seguridad en uno mismo, propio de las estrellas de Wall Street que Tom Wolfe designó como “amos del Universo” y David Owen (político británico, neurólogo de formación, que fundó el Partido Socialdemócrata) bautizó como “síndrome de hybris”: temeridad, falta de atención a los detalles, abrumadora autoconfianza y desprecio por los demás, resultado de un poder “que se ha asociado al éxito arrollador, cuando se ejerce durante años y con un mínimo de restricciones para el líder”.
En 1999, el psiquiatra Randolph Nesse (U de Michigan) aventuró que la burbuja de las puntocom se debió a la abundante prescripción en los operadores de drogas antidepresivas, como el Prozac. Otros observadores de Wall Street hablaron del uso creciente de cocaína por los agentes bursátiles. Está claro que “hay un grupo de hormonas que tiene efectos particularmente poderosos sobre nuestra conducta: las hormonas esteroides, como la testosterona, el estrógeno y el cortisol. Bruce McEwen (Rockefeller University) demostró que la hormona esteroide, debido a la dispersión de sus receptores, puede modificar cualquier función del cuerpo. Es el “efecto del ganador”. “A medida que los niveles de testosterona suben, la confianza en uno mismo y la toma de riesgos va dando paso al exceso de confianza y a la conducta temeraria”. La testosterona es la molécula de la exuberancia racional, y el cortisol la molécula del pesimismo irracional. Tras la excitación y la emoción inicial ante el desafío, promueve sentimientos de ansiedad, una evocación de recuerdos perturbadores y una tendencia a ver peligros donde no existen.
Los tres cerebros: reptil, mamífero y racional. “Un mamífero poco activo quema 5-10 veces más energía que un reptil poco activo”. Los humanos ejercen mayor control de su cuerpo que los mamíferos inferiores, por el hipotálamo y la amígdala. “El cerebro creció para controlar un cuerpo más complejo, un cuerpo capaz de usar una espada como Alejandro, tocar el piano como Glenn Gould, dominar una raqueta de tenis como John McEnroe o realizar intervenciones quirúrigicas cerebrales como Wilder Pennfield”.
Reacciones instintivas, procesamiento preatencional (una percepción sin consulta con el cerebro consciente). El fisiólogo alemán Manfred Zimmermann calculó que la retina humana aporta 10 M bits/seg de información, y el resto de los sentidos 1 M más: 11 M de bits/seg inconscientes, de los que solo se registran conscientemente 40 bits/seg. Una franja insignificante. “Más allá de la falible introspección, existen escasas pruebas que sostengan el supuesto normal del total control voluntario de la conducta” (George Loewenstein, Yale). Por eso, escribe Coates, el cuerpo sigue siendo “la caja negra más avanzada que jamás se haya creado”.
Pensamiento consciente y preconsciente. Daniel Kahneman los llama pensamiento rápido y pensamiento lento; Arie Krugkanski, locomoción y evaluación; otros, toma de decisión en caliente y en frío; Colin Camerer, George Loewenstein y Drazen Prelec lo llaman pensamiento automático (involuntario, sin esfuerzo, en paralelo y en gran parte opaco a la introspección) y controlado (voluntario, esforzado, consecutivo, abierto a la inspección). Daniel Kahneman y Gary Klein han demostrado que la intuición (el reconocimiento de pautas) es fiable solo si se cumplen dos requisitos: un medio con características regulares, para que las pautas se repitan, y recibir con rapidez suficiente información como para aprender”. ¿Los mercados no presentan regularidades estables?
Por otro lado, el cerebro es paretiano: constituye el 2% de la masa corporal y el 20% del consumo de energía. El vago, el principal nervio del sistema nervioso de descanso y digestión, pone en relación el tronco cerebral, la laringe, los pulmones, el corazón, el páncreas y los intestinos. El sistema nervioso entérico es un 2º cerebro, independiente del primero. Tiene 100 M de neuronas, más que la espina dorsal, y produce los mismos neurotransmisores (hormonas) que el cerebro.
Somos adictos a la información, merced a la dopamina, que nos proporciona una experiencia de recompensa, incluso de euforia (por el placer de la anticipación). “La motivación realmente poderosa es el deseo de algo más que el placer que proporciona”.
La última parte es la de la resiliencia: ¿podemos control nuestra respuesta de estrés? Sí, si se entrena adecuadamente. Podemos aprender a escuchar nuestro cuerpo y a educarnos en la serenidad, anticipando las fuentes de estrés.
Gran libro, con lo último que nos enseña la neurociencia sobre la asunción de riesgos y la toma de decisiones.
Mi agradecimiento a Raquel, Ana María, la CEM y la UMA, mis anfitriones de mañana en Málaga.