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miércoles, 9 de octubre de 2013

El turismo en España y la deriva de Iberoamérica


He disfrutado mucho esta tarde en el Ministerio de Industria, Energía y Turismo con mi participación en el Programa de Formación Directiva (PFD-Minetur 2013), en el que he hablado de “Estatus y Liderazgo”. Anteriormente (la sesión siempre cuenta con un ponente externo y uno del propio Ministerio), he tenido el placer de escuchar a Julio López, de Turespaña, que ha compartido con nosotros la estrategia de la Marca España como marca turística. Muy interesante la investigación, muy rigurosa, y con aplicaciones eminentemente prácticas. Muchas gracias a Julio, a Diego, a Emilio y a todos los participantes por esta tarde tan interesante.
Julio López nos ha mostrado que, respecto a las motivaciones turísticas (y, según el departamento de marketing de Coca-Cola, que ha ayudado a revisar la información, en general) los latinos del sur de Europa y la población de Iberoamérica se parecen mucho. Somos muy similares en nuestros gustos, a diferencia de la Europa central y del norte, Norteamérica y Asia/Pacífico.
El pasado lunes, Jorge Castañeda escribía un artículo muy revelador titulado La decepcionante deriva de Latinoamérica (http://elpais.com/elpais/2013/10/02/opinion/1380740696_449060.html). Es el siguiente:
“El año pasado y en 2011 sucedió en Chile, donde decenas de miles de estudiantes se manifestaron en las calles de Santiago exigiendo una educación mejor y más accesible. Hace unos meses, en 2013, aconteció en São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte, donde cientos de miles de brasileños marcharon en las calles de sus grandes ciudades demandando un transporte público más económico y más eficiente, una mejor educación y servicio médico de calidad. En días más recientes, ciudadanos colombianos y peruanos de todos los ámbitos de la vida nacional, pero, sobre todo, campesinos, agricultores y mineros, así como maestros de escuela mexicanos y radicales, han ocupado las capitales de sus respectivos países, generando pesadillas de tránsito y haciéndole la vida de cuadritos a las autoridades y a los habitantes de a pie en Bogotá y de la Ciudad de México.
Naciones que hasta hace poco eran consideradas como modelos de proeza y promesa económica, y cuyo ejemplo debía ser emulado —primero Chile, luego Brasil y Colombia, más recientemente México y, a lo largo de este breve siglo, Perú— hoy son ejemplos de instituciones democráticas carentes de legitimidad y de credibilidad, de una vasta protesta social a pesar de un indudable progreso social y de presidentes avezados que ven desplomarse sus tasas de aprobación. Después del movimiento de los indignados de hace dos años en España, estas paradojas son a la vez reveladoras y difíciles de explicar.
Para empezar, hay un problema de crecimiento económico. Incluso Chile, cuya economía se desempeñó adecuadamente durante los últimos dos años, a pesar de los mediocres precios mundiales del cobre, no está creciendo, ni mucho menos, al ritmo al que lo hizo el cuarto de siglo anterior. El ungüento económico untado en viejas heridas sociales y culturales ya no mengua el dolor. A Brasil y Colombia les había ido más o menos bien después de la recesión de 2009 y Perú ha crecido más que cualquier país latinoamericano desde el año 2000, pero la expansión se aletargó el año pasado hasta volverse casi nula en el caso del país más grande. Y se redujo de manera drástica para los países más pequeños. En el caso de México, el que menos ha crecido en los últimos 15 años, las cosas se han exacerbado: este año la economía mexicana apenas alcanzará una expansión del 1%, y quizás menos. Trátese de pueblos acostumbrados a altas tasas de crecimiento durante varios años o de aquellos que esperan disfrutar pronto por fin los frutos de una expansión largamente pospuesta, todo esto puede resultar muy decepcionante.
En segundo lugar, las instituciones políticas y jurídicas tan dolorosamente construidas desde las transiciones a la democracia a mediados de los ochenta en Brasil, hasta el año 2000 en México, o siempre fueron o se han transformado en instituciones notablemente insensibles a las demandas sociales. Es por ello que, cada uno de manera distinta, presidentes sensibles fueron sorprendidos por la protesta. Políticos veteranos como Juan Manuel Santos y Dilma Rousseff, con largos años de experiencia gubernamental, simplemente no vieron el tsunami que se les venía encima. Líderes intuitivos como Enrique Peña Nieto en México y Ollanta Humala en Perú fueron también inexplicablemente tomados por sorpresa.
Carlos Ominami, exsenador y exministro de Economía chileno, cuyo libro sobre la era de la Concertación, Secretos de la concertación, encierra quizás la mejor explicación de cómo sucedió esto en Chile, formuló el dilema de la manera siguiente: “El pacto implícito de las élites chilenas que se instituyó a finales de los ochenta ya no logra asegurar gobernabilidad y son los hijos de la democracia los que han asumido el protagonismo del cambio. La democracia restringida es vista con indiferencia y desprecio por los ciudadanos. La movilización social no tiene dirección política y las fuerzas políticas tienen prácticamente rotas sus conexiones con el mundo social”. Chile, que este año celebra su sexta elección democrática consecutiva, con dos mujeres —ambas hijas de militares de alto rango— disputándose el liderazgo en las encuestas, tendrá que escoger entre transformar sus instituciones a fondo o permitir que la protesta social se salga de control.
La misma disyuntiva se presenta en Brasil. La próxima Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos de 2016 van a poner a prueba de manera severa el marco social y macroeconómico bajo el cual el país ha vivido desde la elección a la presidencia de Fernando Henrique Cardoso en 1994. Los programas de lucha contra la pobreza, la abundancia del crédito, un boom exportador de materias primas y un alto gasto gubernamental financiado por una carga fiscal elevada generaron un auge económico notable, pero también uno de expectativas crecientes. Millones salieron de la pobreza, pero la infraestructura de educación, de salud y los empleos bien pagados no estuvieron al alcance de las clases emergentes cuando estas lo esperaban. Si, además, no pueden ingresar a estadios excesivamente lujosos para ver jugar y ganar a su equipo, estas clases medias en plena expansión no van a ser muy felices que digamos.
Tampoco lo serán las mexicanas, que han visto cómo ha mejorado su nivel de vida a lo largo de los últimos 15 años, pero también sienten que no reciben lo que merecen ni lo que se les prometió y que han perdido todo respeto por las instituciones políticas del país. Los maestros de escuela primaria están furiosos porque creen que se les echa la culpa del estado patético del sistema educativo nacional, y que la supuesta reforma educativa de Peña Nieto no es más que una mediocre reforma laboral. La clase media de la Ciudad de México también está furiosa, tanto contra los maestros que entorpecen la vida cotidiana, como con las autoridades federales y locales que no ponen orden.
Al final del día, el problema yace quizás en las imperfecciones acumuladas de la democracia representativa en países donde las condiciones económicas y sociales no son ideales. Mientras duraba la euforia por dejar atrás el autoritarismo, estas imperfecciones eran manejables. Mientras durara el crecimiento económico, eran tolerables. Pero ya ausente este último y conforme el recuerdo del tránsito a la democracia se aleja, las imperfecciones se han convertido en auténticos desastres. Como señala el libro de Joshua Kurlantzick, Democracy in Retreat: The Revolt of the Middle Class and the Worldwide Decline of Representative Government, no existe remedio inmediato, y la tendencia rebasa las vicisitudes actuales de las naciones latinoamericanas.”
Los gobernantes, a ambos lados del Atlántico, deberían preocuparse por generar “clase media” y no destruirla. La brecha de la desigualdad es muy peligrosa. Y junto a ello, el desinterés de EE UU. También antes de ayer, el periodista Andrés Oppenheimer escribía sobre La fatiga de Obama:
“El hecho de que el discurso del presidente Barack Obama ante la Asamblea General de las Naciones Unidas no mencionara a ningún país latinoamericano fue un gran error, pero no debería sorprendernos.
Aunque la política exterior de Obama ha sido un soplo de aire fresco después de la diplomacia arrogante de su antecesor George W. Bush, el actual presidente de Estados Unidos no va a ganar ningún premio por su interés o dedicación hacia América Latina.
El Secretario de Estado, John Kerry, bien podría cambiar el nombre de su cargo a “Secretario de Medio Oriente”, porque es ahí donde parece pasar todo su tiempo.
Los primeros siete viajes de Kerry al extranjero después de asumir su cargo el 1 de febrero fueron a Europa y al Medio Oriente, y solo dos de sus 14 viajes hasta ahora han sido a América Latina, según el sitio web del Departamento de Estado de EEUU. Claro que si por algún milagro Kerry logra un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes, retiro lo dicho y rezaré para que nadie recuerde estas líneas.
El discurso de Obama del 24 de septiembre en la Asamblea General de la ONU estuvo totalmente dedicado al Medio Oriente y el norte de África. Solo mencionó tangencialmente a América Latina cuando dijo que: “desde África a las Américas” las democracias han demostrado ser más eficaces que las dictaduras, y que “lo mismo sucederá en el mundo árabe”.
En el pasado, los discursos de los recientes presidentes estadounidenses ante la Asamblea General de la ONU solían hacer alguna referencia a sus planes regionales de comercio o inversiones en Latinoamérica. Pero Obama, a diferencia de sus tres últimos antecesores, no ha propuesto ninguna iniciativa regional para aumentar las relaciones económicas con América Latina.
Obama ha iniciado negociaciones para crear una Asociación Trans-Pacífica de libre comercio e inversiones con varios países en su gran mayoría de Asia, y una Asociación Trans-Atlántica similar con Europa, pero no ha propuesto ninguna Asociación Trans-Americana con América Latina.
México le ha pedido a Obama formar parte de la propuesta Asociación Trans-Atlántica, pero la respuesta de Washington ha oscilado entre “no” y “más adelante”.
La iniciativa regional más ambiciosa de Obama en Latinoamérica es el programa de “La fuerza de 100,000 en las Américas”, destinada a aumentar a 100,000 el número de estudiantes latinoamericanos en las universidades de Estados Unidos, y el de estudiantes de EEUU en América Latina. Es un buen programa, pero sería mejor si fuera parte de un tratado económico trans-americano mucho más amplio.
Hay que reconocer que Obama ha realizado seis viajes a la región, y que recientemente le ha solicitado al vicepresidente Joe Biden, una figura clave, que le lleve la relación con América Latina.
Y también es cierto que Obama ha tenido que lidiar con varios presidentes narcisista-leninistas en la región que han llevado a niveles insólitos la vieja práctica de culpar a Estados Unidos de todos los males de sus países, casi todos provocados por sus pésimos gobiernos.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, acusa a diario a Estados Unidos y sus aliados por la tasa de inflación del 45 por ciento del país, y hasta de querer asesinarlo, sin jamás presentar prueba alguna de sus denuncias.
Lo triste es que debido a que estos líderes populistas autoritarios son los que más salen en las noticias, muchos legisladores y empresarios estadounidenses ven a toda Latinoamérica como una región gobernada por payasos.
Y el hecho de que la economía latinoamericana se esté desacelerando a un 3 por ciento luego de una década de alto crecimiento contribuye a que muchos en Washington y Wall Street se sientan menos entusiastas sobre la región. Los funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Estado siguen afirmando públicamente que América Latina es el continente del futuro, pero muchos muestran señales de una creciente “fatiga Latinoamericana”.
Mi opinión: Estados Unidos no debe darle la espalda a Latinoamérica, y ahora menos que nunca. Por el contrario, la década de los líderes populistas autoritarios que se beneficiaron de los altos precios de las materias primas está llegando a su fin –– los populismos sólo funcionan cuando hay dinero para regalar –– y una nueva generación de dirigentes más responsables están cada vez más cerca de ganar elecciones.
Mejorar los lazos con Latinoamérica –– empezando por los países de la Alianza del Pacífico conformada por Chile, Perú, Colombia y México –– debería ser una prioridad para Obama.
Como me dijo una vez Octavio Paz, la geografía es la madre de la historia, y no hay región que tenga más impacto en la vida cotidiana de los estadounidenses –– ya sea en materia de inmigración, medio ambiente, comercio o cultura –– que América Latina. La región merecía más que una mención tangencial de una sola palabra en el discurso de Obama ante la ONU.”
Tenemos que mejorar mucho, desde el Liderazgo, en Iberoamérica.