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martes, 13 de agosto de 2013

Por qué nos amargamos la vida


Martes y 13. Para mí, un día de buena suerte. Viaje a Manta, en la provincia de Manabí, para presentar una propuesta de cambio cultural (3 años) a una de las principales empresas de la zona. Y mi contacto con una ciudad de origen precolombino con el mayor puerto del país.

He vuelto a leer el clásico de Paul Watzlawick, El arte de amargarnos la vida. Watzlawick (1921-2007) ha sido de los grandes de la comunicación humana y plantea en este librito, en plan irónico, los motivos por los que parece que los seres humanos no queremos ser felices.
Comienza el profesor emérito de Stanford con una cita de Dostoievsky (considerado por Nietzsche como el mejor conocedor de la mente humana): “¿Qué puede esperarse de un hombre? Cálmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo de felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, dele unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple descaro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá a los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, solo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Justamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar”. Como dice el autor, el Infierno de Dante es más genial que su Paraíso.
En lugar de recetas para ser feliz, Watzlawick, a sensu contrario, nos cuenta qué hacer para amargarnos la vida: ser fiel a un@ mism@ (el consejo que le da Polonio a Hamlet; es decir, no cambiar), sublimar el pasado (como la mujer de Lot en la Biblia, que al mirar hacia atrás se convierte en estatua de sal), fomentar el arrepentimiento (acabo de ver dos pelis, El ladrón de palabras y la alemana Silencio de hielo, que van precisamente de eso), buscar donde no se debe (como el beodo que busca la llave no donde la perdió, sino donde hay más luz), rechazar asumir riesgos para mantener la supervivencia del problema, marcarse profecías negativas (anti-Utopías) para que se “autocumplan”, sentir desazón por la meta (no celebrar cuando alcanzas lo que quieres), lamentarse por cómo se comportan los demás (“puedes hacer lo que quieras, mientras no te agrade”, parece ser el lema del puritanismo según Watzlawick), ser estúpidamente espontáneo, minar la propia autoestima (si alguien me quiere, es que no está en su cabal juicio: “Si vos llegáis a ser mía, voy a perderos, precisamente porque luego poseeré a vos, a quien adoro”, le escribe Rousseau a Madame d’Houdetot), tratar de cambiar al ser amado, desconfiar de l@s diferentes, tomarse la vida muy en serio y no como un juego… Y cierra, de nuevo, con Dostoievsky: “Todo es bueno… todo. El hombre es desdichado porque no sabe que sea dichoso. Solo por esto. ¡Esto es todo, todo! Quien lo reconozca será feliz en el acto, en el mismo instante…”
Un libro muy inteligente. Me ha recordado aquella frase de Einstein según la cual unas personas no ven nada como un milagro y otras ven todo como un milagro. Esa es la diferencia entre quienes se amargan la vida (la gran mayoría, especialmente en las sociedades llamadas “desarrolladas”) y quienes disfrutan de la misma y son felices.
Ducum fata volentem, nolentem trahunt (principio de los antiguos romanos que, como sabes, significa “el destino conduce a l@s dóciles y arrastra a l@s amargad@s).