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sábado, 25 de mayo de 2013

El dinero puede comprarlo todo... menos lo realmente valioso


Hoy hemos asistido Zoe y yo a la comunión de mi sobrina y ahijada Cristina. Una ceremonia muy emotiva, un convite muy animado y después, en casa de mi hermana y mi cuñado, una reunión muy entretenida.
He estado leyendo Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, de Michael J. Sandel. El Dr. Sandel (Minneapolis, 1953) es catedrático en Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, uno de los autores de referencia en filosofía política (y uno de los 25 pensadores más influyentes del mundo según Le Nouvel Observateur) y su curso sobre la justicia desde hace dos décadas en Harvard es uno de los más populares.
Lo que el dinero no puede comprar comienza precisamente con lo que sí puede comprar: desde celdas más cómodas en una prisión, acceso de un (mal) estudiante a una prestigiosa universidad (si sus padres hacen generosos donativos) a cazar animales en peligro de extinción. “Vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las tres últimas décadas, los mercados, y los mercados de valores, han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho. Y esta situación no es algo que hayamos elegido deliberadamente. Es algo que casi se nos ha echado encima”. Sandel lo llama TRIUNFALISMO DEL MERCADO. Algunos lo llamamos Tardocapitalismo, la fase final de una era.
El problema, para el autor, es el paso de la economía de mercado al de la “sociedad de mercado”. “una economía de mercado es una herramienta –valiosa y eficaz- para organizar la sociedad productiva. Una sociedad de mercado es una manera de vivir en la que los valores mercantiles penetran en todos los aspectos de las actividades humanas. Es un lugar donde las relaciones sociales están hechas a imagen del mercado”. ¿Cómo se ha llegado a esto? Para Sandel, mediante la persistencia del poder y prestigio del pensamiento mercantil y el rencor y el vacío del discurso público.
Por eso precisamente nos plantea un debate moral sobre los límites del mercado. En los capítulos siguientes nos habla de cómo librarse de las colas (en espectáculos, con los carriles Lexus, reventa de volantes de citas médicas), de los incentivos (esterilización por 300 $ a mujeres drogadictas, niños a los que se paga por leer o sacar buenas notas),  
Sandel cita al Premio Nobel Gary Becker y su libro de 1976, Enfoque económico del comportamiento humano. “He llegado al convencimiento de que el enfoque económico es un enfoque comprehensivo que puede aplicarse a todo el comportamiento humano”. Un servidor tuvo la suerte de coincidir con el Dr. Becker en Eurofórum hace años. No hablamos de dinero, sino de nuestra pasión compartida por los Chicago Bulls, que acababan de ganar un nuevo anillo de la NBA (algo que el dinero, evidentemente, no puede pagar). Michael J. Sandel, además de a Gary Becker, debería citar a nuestro Antonio Machado: “Todo necio confunde valor y precio”.
El catedrático de Harvard contrapone la definición de economía de Samuelson, que trata de la distribución de bienes materiales, con la de Greg Mankiw: “Una economía es sencillamente un grupo de personas que interactúan unas con otras cuando hacen una vida”. Levitt y Dubner, en su Freakonomics, declaran que la teoría económica no trata de la moralidad. “La moralidad representa el modo como nos gustaría que el mundo se comportara, y la ciencia económica representa el modo como realmente se comporta”. Dos precisiones: hay tantas morales como culturas; sin embargo, la ética es universal. Y como dice el maestro José Antonio Marina, “la ética es el modo más inteligente de vivir”. Por tanto, una aspiración permanente para quienes utilizan su inteligencia (racional y ejecutiva).
Sandel aclara que la amistad, el honor o los galardones prestigiosos (el Príncipe de Asturias, la Champions) no se pueden comprar. Y se refiere al sociólogo británico Richard Titmuss y su The Gift Relationship (1970). Donde las donaciones de sangre son voluntarias (GB, por ejemplo) el sistema funciona mejor que donde están mercantilizadas (EE UU). Echo en falta que no hable del Amor, así, con mayúsculas. “Can’t buy my love”, que cantarían los Beatles.
Mi caso favorito del libro es el de Lawrence Summers, que sería rector de Harvard. Invitado a pronunciar la oración matinal en la Iglesia Conmemorativa de Harvard, habló de cómo contribuir la economía puede contribuir a las cuestiones morales. “La base de muchos análisis económicos es que el bien común es un agregado de las muchas valoraciones del bienestar individual, y no algo que pueda valorarse aparte”. Un error de base. “Todos somos altruistas hasta cierto límite. Los economistas como yo entienden el altruismo como un bien valioso y raro que necesita ser conservado. La mejor manera de conservarlo es diseñar un sistema en el que los deseos de las personas sean satisfechos por individuos que son egoístas y reservar ese altruismo para nuestras familias o nuestros amigos y para los muchos problemas sociales de este mundo que los mercados no pueden resolver”. Que Summers es un temerario (en sus explicaciones) y un jeta (en sus conductas) es algo bien probado. Sandel considera que “el altruismo, la generosidad, la solidaridad y el civismo no son como mercancías que disminuyen con el uso. Son como músculos que se desarrollan y fortalecen con el ejercicio”. Mi buen amigo Joxe Mari lo dice mejor: “El que se da, no se vacía”.
Afortunadamente, aunque quisiéramos (que sería una estupidez) una sociedad en la que todo estuviera a la venta, el Talento (que es Capacidad por Compromiso en el Contexto adecuado) no es mercantilizable, especialmente en el componente de entusiasmo, pasión, energía ligado al compromiso. Las personas generosas lo hacen porque quieren. Y el amor, que es lo que derrota al miedo, nunca será objeto de compraventa.  
Pero volvamos a la comunión de mi sobrina. Seguro que el presupuesto ha sido elevado, desde el traje al convite. Pero se da la circunstancia (y siempre se dará) que lo más valioso de este acto, desde la ilusión de la contrayente al cariño de sus familiares y amigas no se puede comprar. Así es la vida, tan maravillosa, por mucho que el capitalismo en su agonía (y ciertos economistas pretenciosos) se empeñen en lo contrario.