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viernes, 26 de abril de 2013

Las semifinales de la Champions y el choque de democracias


Ya de vuelta en Madrid, tras volar desde Guayaquil esta pasada noche. Mi más profundo agradecimiento a los profesionales del IESS Pensiones, que apuestan por la capacitación (y pronto por el coaching, espero), y a Karla, Pancho, Alfonso, Telmo y Pardo. Sois excelentes personas.
Al encontrarme en Iberoamérica, no pude ver en directo ninguno de los partidos de ida de las semifinales de la Champions. Los resultados (4-0 al FC Barcelona, 4-1 al Real Madrid) suenan a auténtica paliza; sin embargo, cuando se analizan los partidos con serenidad, uno comprueba que no ha sido tanto. En el de Munich, el segundo y tercer gol del Bayern son claramente ilegales (un fuera de juego clamoroso, un empujón al defensa culé). En el de Dortmund, el penalti no es tal. Mucho poderío físico, errores estratégicos de los entrenadores de los equipos españoles, pero no tanto como para que las semifinales estén resueltas. Todavía creo que es posible, porque en el fútbol todo puede pasar.
Ayer, en el aeropuerto de Guayaquil, estuve leyendo en la edición internacional de El País el artículo “Choque de democracias”, de Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca.
Comienza así: “Hubo un tiempo en el que se consideraba una enfermedad británica. Pero ahora el euroescepticismo se ha extendido por todo el continente como un virus. Como muestran los datos del Eurobarómetro, la confianza en el proyecto europeo ha disminuido incluso a más velocidad que las tasas de crecimiento. Desde el comienzo de la crisis, la confianza en la Unión Europea ha caído 32 puntos en Francia, 49 en Alemania, 52 en Italia, 94 en España, 44 en Polonia y 36 en el Reino Unido.
Lo más llamativo es que en la UE todo el mundo ha perdido esa fe: tanto los acreedores como los endeudados, los países de la eurozona, los aspirantes a serlo y los que decidieron no adherirse al euro. En 2007, pensábamos que el Reino Unido, donde la confianza era de menos 13 puntos, era el bicho raro con su euroescepticismo. Ahora, los cuatro países más grandes de la eurozona tienen niveles de confianza en las instituciones de la UE inferiores a los de Gran Bretaña entonces: Alemania, menos 29, Francia e Italia, menos 22, y España, menos 52. ¿Cuál es la explicación?
El argumento al que se solía recurrir para justificar el euroescepticismo era la supuesta existencia de un déficit democrático en la UE. Las decisiones, decían los críticos, las tomaban unas instituciones que no rendían cuentas a nadie, y no los Gobiernos nacionales elegidos. Pero la crisis actual no surgió de un choque entre Bruselas y los Estados miembros, sino de un choque entre las voluntades democráticas de los ciudadanos de Europa del norte y los del sur, los llamados países del centro y la periferia. Y ambas partes están utilizando las instituciones de la UE para defender sus intereses.
Antiguamente, había una norma no escrita de que las instituciones de la UE debían vigilar el mercado común y otras áreas técnicas —desde los criterios comunes para la composición de la salsa de tomate hasta las emisiones acústicas de las segadoras de césped— y los Gobiernos nacionales seguirían teniendo el monopolio de la provisión de servicios y las decisiones políticas en los terrenos más delicados de los que dependían las elecciones nacionales.
Desde que comenzó la crisis, los ciudadanos de los países acreedores se resisten a asumir la responsabilidad de las deudas de otros sin tener a su disposición unos mecanismos para controlar su gasto. Con el pacto fiscal y las exigencias del BCE de que se lleven a cabo amplias reformas en cada país, los eurócratas han cruzado muchas líneas rojas de la soberanía nacional y han invadido campos que van mucho más allá de las normas de seguridad alimentaria para controlar las pensiones, los impuestos, los salarios, el mercado laboral y los funcionarios de la Administración Pública. Es decir, ámbitos que constituyen el núcleo de los Estados de bienestar y las identidades nacionales.
Para un número cada vez mayor de ciudadanos de los países del sur de Europa, la UE representa lo que era el FMI para los latinoamericanos: una camisa de fuerza de oro que está estrangulando el margen de maniobra de la política nacional y vaciando de contenido sus democracias nacionales. En esta nueva situación, pasan los Gobiernos pero las políticas son básicamente las mismas, y no hay forma de oponerse a ellas. Mientras tanto, en los países del norte de Europa opinan, cada vez más, que la UE ha fracasado a la hora de controlar las políticas de la franja meridional. Los acreedores tienen un sentimiento de víctimas muy parecido al de los deudores.
Si la soberanía se define como la capacidad de los ciudadanos de decidir lo que quieren para su país, está claro que hoy quedan pocos, tanto en el norte como en el sur, que se sientan soberanos. Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea.
En un sistema político nacional como es debido, los partidos políticos podrían expresar todos estos puntos de vista diferentes y, tal vez, hacer de árbitros y encontrar puntos en común entre ellos. Pero eso es precisamente lo que el sistema político europeo no puede proporcionar: como no tiene genuinos partidos políticos, un Gobierno de verdad ni una esfera pública, la UE no puede compensar los fallos de las democracias nacionales. En lugar de ser un terreno para la batalla de las ideas, la UE se ha visto perjudicada por un círculo vicioso entre el populismo antieuropeo y los acuerdos tecnocráticos entre unos Estados miembros que tienen miedo a sus ciudadanos.
¿El populismo anti-UE va a convertirse en algo permanente? Esperemos que, a medida que se recupere el crecimiento, el euroescepticismo se debilite y acabe por retroceder. Pero el descenso de la confianza en la UE tiene raíces más profundas. El entusiasmo europeísta no volverá si la UE no cambia drásticamente su forma de relacionarse con los Estados miembros y sus ciudadanos.
Y después repasaba algunos países: “Los alemanes se consideran víctimas de la crisis del euro. Creen que se les ha traicionado y tienen miedo de que se les pida pagar más impuestos o aceptar unos niveles más altos de inflación para salvar el euro. Sin embargo, en Alemania existen sentimientos encontrados sobre la UE. El Eurobarómetro muestra que el 56% de los alemanes “no confía” en la UE y solo el 30% tiene una imagen “bastante positiva” de la Unión. Por otra parte, el populismo, hasta ahora, está contenido: todos los grandes partidos políticos apoyan el euro y las últimas encuestas indican que tres cuartas partes de los alemanes están en contra de abandonar la divisa común. Acaba de nacer un nuevo partido contrario al euro, la Alternativa por Alemania, pero hasta ahora sus proyecciones más optimistas le dan un 2% de los votos en las elecciones generales de septiembre. Puede que los alemanes ya no tengan afecto al euro, pero eso no quiere decir que deseen dejarlo.”
¿Y España? “Durante décadas, España pensó que su relación con Europa reflejaba el dictamen de Ortega y Gasset: “España es el problema y Europa la solución”. La espectacular caída sin precedentes de la confianza en la UE desde que comenzó la crisis no es solo resultado de las medidas de austeridad. Al fin y al cabo, los españoles tuvieron que someterse a dolorosas reformas para entrar en la Unión y después en el euro, además de superar su trágico pasado. Sin embargo, ahora, la falta de una visión clara sobre el futuro nacional y el europeo hace que los sacrificios que se les exigen no cuenten con consenso ni legitimidad. Los españoles no culpan a Europa de la crisis ni quieren abandonar el euro. Lo que ha erosionado su lealtad a Europa y su confianza en ella es que no tienen voz ni voto y no pueden discutir unas políticas que es evidente que no están funcionando. Los españoles no se han vuelto euroescépticos, pero sí unos feroces eurocríticos.”
Lo comentaba en Del Capitalismo al Talentismo: Alemania empieza ganando las guerras (mundiales, y la actual guerra económica) y las acaba perdiendo. Ojalá también pierda las semis de la Champions, por partida doble. Una final española en Wembley sabría ahora mejor que nunca.