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lunes, 12 de noviembre de 2012

Gestión del cambio... de época


Me encanta participar en los Cine Fórum Empresariales de APD. Toda una institución. Considero que el cine es “el método del caso del siglo XXI” y he tenido el privilegio de participar en todos los celebrados en el País Vasco (en el Guggenheim de Bilbao y en Deusto y la Kutxa en San Sebastián).
En el programa de hoy, The Artist, la gran película que cosechó 5 Oscars, 3 Globos de Oro, 7 BAFTA y 6 César el año pasado. “Una película francesa de drama y comedia romántica en el estilo de una película muda en blanco y negro. Escrita y dirigida por Michel Hazanavicius, está protagonizada por Jean Dujardin y Bérénice Bejo. La historia toma lugar en Hollywood, entre 1927 y 1932, y está enfocada en la relación de una vieja estrella del cine mudo y una exitosa actriz joven, cuando el cine mudo pasó de moda y fue reemplazado por el cine sonoro.
En el Hollywood de 1927, George Valentin es la mayor estrella del cine mudo, tiene el mundo a sus pies, posee fama y no envidia a nadie; pero debido a su arrogancia no se da cuenta de que el fin de su fama y estilo de vida está llegando. Por su parte, una bailarina llamada Peppy Miller empieza a ser la estrella del cine sonoro. Miller había sido descubierta por Valentin y se hizo famosa por su gran carisma y talento en el baile. Con la llegada del cine sonoro, todo Hollywood se renueva, pero Valentin rehúsa dejar de hacer lo que más ama, contar historias mudas. La pregunta es: ¿puede sobrevivir George Valentin a este nuevo mundo con sonido?”
Nos han dado la bienvenida al acto Carlos Ruiz, director de la Obra Social de Kutxa, y José Luis Larrea, consejero de APD y presidente de Ibermática. Tras la película, hemos tenido un coloquio con Juan Mari Aduriz, DG de Consultores Sayma; Santiago Barba, DG de Ekopet, y Tomás Elorriaga, Director de Banpro.
The Artist es una gran metáfora de la Gestión del Cambio (como tal, la he incluido en la Videografía del Talentismo, en el libro Del Capitalismo al Talentismo). Como el protagonista, que tuvo gran éxito en el cine mudo y se resiste a la transformación del sonoro (no por casualidad, precisamente durante la crisis del 29), nosotros y nuestras organizaciones nos resistimos a este cambio de época.
Ignacio García de Leániz, profesor de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares y excelente consultor (fuimos compañeros en el Andersen de los 80 y ahora estamos en algún proyecto juntos compartiendo cliente), escribió en abril de este año sobre The Artist lo siguiente:
“La película nos cautiva de principio a fin y no echamos de menos el parlamento humano. 


Si alguien ha meditado en el pasado siglo sobre la palabra y el silencio ese fue Heidegger en Ser y tiempo y después en su retiro de la Selva Negra, alejado de la algarabía y de las estridencias del mundo que tanto perturbaban también a nuestro Fray Luis de León y Pascal, como a cualquier persona que se precie de serlo. Y fue el pensador quien dejó bellamente escrito que el mandato del silencio surge precisamente cuando la lengua desfallece.
Y esto, nada menos, ha acontecido con el sonoro triunfo de la obra de Michel Hazanavicius justo en el entorno de un cine –reflejo de nuestro tiempo– donde los diálogos cada vez más empobrecidos se sustituyen o anulan por simples onomatopeyas o ruidos apenas ininteligibles, bajo una banda sonora torpe al oído. Como si el homo loquens hubiese ciertamente abdicado de hablar porque la palabra ya no significa nada a estas alturas de la vida y de la historia y no nos queda sino malbaratar nuestra capacidad fonética entre una sucesión de fotogramas sin argumento, que evocan el verso de Eliot en el que el mundo de hoy es “un montón de imágenes rotas”.
Y ante ello, ante el ocaso de la lengua que refleja la despersonalización del ser humano, The Artist se revuelve prodigiosa y paradójicamente con la sencillez del cine mudo y la nitidez del blanco y negro. La ironía –enorme– estriba en que nos cuenta mudamente el triunfo del cine sonoro a pesar de las resistencias y obstinaciones de su protagonista, George Valentin. Y me parece no haberse subrayado lo suficiente que el quid de la película reside precisamente aquí: en que en cierta manera –en mucha tal vez– nuestro protagonista tiene razón en su terquedad, como pensaban grandes directores provenientes del antiguo cine: Ford, Hitchcock, Von Stroheim, Lang Walsh, Chaplin.
Con la voz y el sonido –debido a la celda del micrófono– pierde el actor gran parte de su libertad y expresividad gestual y postural, esto es, su dominio de lo no verbal y por tanto su genuino valor como intérprete de cine y no de teatro. Y creo que todos convenimos en que el cine no es teatro filmado: luego la voz no es sino mero accidente del cual podemos en determinados momentos prescindir. Y The Artist resulta, así planteada, un inmenso momento silencioso que nos cautiva de principio a fin y donde no echamos para nada de menos el parlamento humano mientras que se nos pretende narrar la muerte del cine mudo… en una gran película sin voz, a modo de resurrección.
La tesis del director francés –en cuyo país tanto se estudia a Heidegger– resulta pues muy de nuestro pensador: el habla dificulta la comunicación y más cuando los vocablos están ya prostituidos al cabo de tanto uso y abuso. Por eso, en el callar de la película asistimos a su vez a la epifanía de una relación hondamente humana, como es la de Valentin y Peppy Miller. Y es que la persona se comunica con todo su yo corpóreo, más allá –o más acá– de la simple voz: porque acontece que lo verdaderamente importante en lo humano resulta inefable, como saben los poetas. Y en nuestra obra todo en su argumento y personaje es muy humano, como hace mucho que no se veía en una pantalla: por eso la comprendemos en su silencio tan intuitivamente bien. Y por eso en The Artist los registros no verbales –esa mirada, tal ademán, aquella postura– suponen tan suficiente carga comunicativa que somos capaces de seguir nuestra película muda sin ningún esfuerzo y sin echar de menos la palabra. Y su única secuencia sonora nos resulta en cambio cacofónica y fuera de lugar. ¿Mas, con todo y en el fondo, acaso no se están verdaderamente hablando Valentin y Miller de una forma realmente dialógica y por tanto restaurando la perdida plenitud del lenguaje, fieles al dicho de Heidegger de que “el resonar de la palabra auténtica sólo puede brotar del silencio”? ¿Y no será esta pequeña joya cinematográfica tal vez una especie de poesía –épica, lírica y elegíaca a un tiempo– filmada precisamente desde el “estatus del silencio”, allá donde fermenta el poema junto al ocaso de la palabra? Quizá por eso nos otorgue su visión tanto gozo y descanso como si fuera un balneario de convalecencia ante tanto ruido en torno.
Creo que algo muy parecido quería expresar Rilke en carta del 29 de octubre de 1903 al joven poeta Franz X. Kappus, cuando escribe que, con impresiones como la que nos regala la película, “uno puede resguardarse y recobrarse en gran medida del parloteo que lo rodea y aprende, despaciosamente, a reconocer las muy pocas cosas donde permanece algo de lo eterno y algo de lo solitario: aquello de lo que uno puede participar en silencio”. Y eso es precisamente lo que realmente nos es dado amar a los hombres. Como bien lo sabían George Valentin y Peppy Miller en esta muda historia de amor entrelazada con palabras sin lenguaje y silencios llenos de elocuencia. No dejen de disfrutarla silenciosamente.”

En el Talentismo, la necesidad de cambiar es más fuerte que nunca. Hemos de adaptarnos a un ritmo vertiginoso, y apostar decididamente por los conceptos, por las conductas adecuadas, por la generosidad.
Mi agradecimiento a Carlos, José Luis, Juan Mari, Santiago y Tomás. Y por supuesto, al equipo de APD Norte, con Mikel como líder.