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miércoles, 8 de agosto de 2012

El retorno de las águilas y los jaguares


Estoy viendo poco estos Juegos Olímpicos de Londres. Ayer estuve disfrutando de la semifinales de fútbol entre la Tri, la selección mexicana, y los japoneses. Un gran triunfo de México, que disputará la final frente a Brasil. Luis Fernando Tena, el coach mexicano, planteó muy bien el partido y remontó el 0-1 inicial con un 3-1.
Creo que el “cerebro triuno”, hallazgo del neurólogo Paul MacLean en 1978 (el hecho cierto de que todos los seres humanos portamos tres cerebros: el viceral o cerebro del reptil, el emocional propio de los mamíferos y el racional) es muy similar a la mitología prehispánica, con las figuras de la serpiente (emplumada), el jaguar y el águila.
Quetzalcóatl, que en náhuatl significa “serpiente emplumada”, es el principal dios de las pueblo azteca y representa la dualidad (la serpiente es lo primitivo, lo físico, y las plumas, lo espiritual). Los mayas lo llamaron Kukulkán. Se opone a Tezcaltilpoca (“señor del espejo humeante”), representado por un jaguar.
El jaguar es el animal totémico principal de los toltecas, guardián de los misterios de la noche. La serpiente-jaguar explicaba la fecundidad y el nacimiento de las personas.
La leyenda del águila y el nopal explica la fundación de la ciudad de México y está presente en la bandera y el escudo del país. Durante la civilización azteca (o mexica) los guerreros jaguar eran las “fuerzas especiales” provenientes de la clase baja, en tanto que los guerreros águila pertenecían a la nobleza. Águilas y jaguares representaban la luz y la oscuridad en la mitología azteca. Los guerreros jaguar estaban en el frente del campo de batalla; los guerreros águila eran exploradores, espías y mensajeros.
He estado leyendo El retorno de las águilas y los jaguares. Una visión espiritual para enfrentar a la delincuencia y el narcotráfico, de Antonio Velasco Piña, uno de los grandes exponentes de la mexicanidad. Su tesis es que la mayor parte de sus compatriotas piensan que “México está en guerra y la está perdiendo”. Parecería que no tiene posibilidades de ganarla. Sin embargo, el autor cita tres ejemplos de contiendas desiguales en las que el más poderoso perdió: Estados Unidos contra Vietnam, la guerra entre Japón y el Imperio Mongol en el siglo XIII y la campaña napoleónica de Rusia. En los tres casos, se dieron entre los vencedores Liderazgo (Ho Chi Min, Vo Nguye Giap; el Emperador y los Samurái; el zar Alejandro I y el general Kutúzov), la fuerza de un pueblo que no quería ser conquistado y las fuerzas de la naturaleza (el tifón kamikaze, el general invierno).
Frente a una visión eurocéntrica, lineal y materialista de la historia, Antonio Velasco opone la lucha entre dos fuerzas cósmicas, el bien y el mal (las fuerzas celestiales y las demoniacas). En 1933 llegó al poder Hitler, que deseaba “un centro magnético mental con suficiente poder para cumplir los fines trazados por voluntades superiores”. Su movimiento fracasó, pero acabada la II Guerra Mundial, se inició la Tercera, no entre EE UU y la URSS, sino entre los productores y traficantes de droga y el poder establecido. En 1950, China invadió el Tibet y en 1959 pretendió dar muerte al Dalai Lama, que huyó. La suerte parecía echada.
En 1968, Regina, una dakini (ser celestial de naturaleza femenina que tomó transitoriamente un cuerpo humano para realizar una misión específica) realizó el 21 de marzo su primera tarea: “romper la cárcel de la Luna” (liberar durante 6 meses a las personas de su ensoñación).  Fue un primer momento de liberación. El 21 de septiembre dejó de funcionar en Teotihuacan la Pirámide de la Luna, por lo que el satélite terrestre ejerció de nuevo sobre los seres humanos la fascinación que les impedía ver la realidad.
A partir de julio de 1991, el mal (a partir de una figura que el autor llama “Sr. Trong”) tomó la delantera: ataque a la memoria de los Niños Héroes, asesinato del Cardenal Posadas, asesinato de Colosio (sucesor de Carlos Salinas de Gortari como candidato del PRI), derrumbe de la economía de la nación, revuelta de Chiapas…
El 2 de octubre de 1988, siempre según Antonio Velasco, tuvo lugar el primer Ritual Olmeca de la Nueva Era. Un millar de personas, de blanco, en silencio desde Tlatelolco al Zócalo. Fue un detonador: caída del Muro de Berlín, fin de la URSS. El segundo Ritual Olmeca fue seis años después, en 1994. Los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatepélt entraron en erupción. “La luz desplazó a las tinieblas”.
Igual que hiciera con los Niños Héroes, el Sr. Trong trató de desprestigiar a la Virgen de Guadalupe (“la aparición de 1531 no es un hecho histórico y el vidente no existió nunca”) y obtuvo justo lo contrario (SS Juan Pablo II canonizó a Juan Diego): “El acto de terrorismo intelectual se había traducido en un total fracaso”.
Tras la desaparición (suicidio) del Sr. Trong en diciembre de 1996, la delincuencia logró notables avances. El PRI cayó en 2000 y tras el mandato de Vicente Fox, el también panista Felipe Calderón trató en 2006 de luchar contra el narco con el ejército y la marina. Más de 50.000 muertos y no se ve el final del conflicto.
Frente al temor y el desconcierto, el despertar de la conciencia. El 2 de octubre de 2011 tuvo lugar el Cuarto Ritual Olmeca, con Águilas y Jaguares y con guerreros espirituales de otros países de Europa y Asia.
Sea o no sobrenatural, el libro alberga una buena tesis: con Liderazgo, una comunidad decidida y las fuerzas de la naturaleza se puede ganar cualquier conflicto. Y a los narcos se les puede atacar donde más les duele, su fuente de poder: la circulación del dinero (el libro recuerda que Eliot Ness no era propiamente un policía, sino un contable, y pilló a Al Capone a través de un delito de evasión fiscal).
Necesitamos la fuerza emocional del Jaguar y la Visión del Águila.

Mi agradecimiento a todas las personas que ayer, ante el riesgo de llegada del Huracán Ernesto a esta zona del mundo, se esforzaron por que no hubiera accidentes ni desgracias personales.