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viernes, 17 de agosto de 2012

Diez diferencias -históricas- entre el éxito y el fracaso


En el tramo final de las vacaciones de Riviera Maya, he estado leyendo libros de Historia de España muy interesantes, ambos voluminosos (más de 500 páginas): el ya mencionado de Francisco García sobre Las Navas de Tolosa (edición del VIII Centenario) y La Gran Armada, del catedrático de historia Geoffrey Parker (autor de Felipe II. La biografía definitiva) y el arqueólogo submarino Colin Martin.
He disfrutado mucho de esta obra, un relato minucioso y delicioso sobre la mayor empresa de Felipe II que acaba con muchos mitos y demuestra que el desastre de la Armada invencible se debió tanto al mal tiempo como a las malas comunicaciones. Los barcos españoles debían encontrarse con el duque de Parma y su ejército para invadir Inglaterra, y efectivamente llegaron a Calais, pero la flota española no pudo esperar a Parma.
Tratando de trazar un paralelismo entre la batalla por excelencia de la Reconquista, en 1212, y la que inicia la decadencia del Imperio español en el verano de 1588, se demuestra que a lo largo de la historia, como en la vida empresarial y en el deporte, el éxito no es por casualidad. “la historia se sostiene por sí misma y los únicos pasados que han de olvidarse son los mitos” (Colin Martin y Geoffrey Parker, La Gran Armada).
He encontrado en el relato de la Armada Invencible una especie de decálogo para que podamos aprender y aplicar a nuestras realidades.
  
1. La microgestión del “Presidente”. Felipe II no heredó precisamente el talento de su padre, Carlos V (viajero, soldado, se expresaba fluidamente en cinco idiomas). Vestía siempre de negro (se sentía incómodo de otra manera), careció de buenos mentores y se refugió obsesivamente en la religión. Trabajaba más de 9 horas diarias, entre miles de papeles, en un diminuto despacho y era un obseso en supervisarlo absolutamente todo. Todas las órdenes debían llevar su firma personal. “La obsesión por el control de Felipe II no conocía límites”. Voluntarioso, nunca ocioso, microgestor.  
2. …Y su falta de cercanía. Dos niveles de Confianza. El Almirante Howard (el cuarto Howard que ocupaba el puesto de almirante bajo los Tudor) contaba con la entera confianza de su soberana, la reina Isabel I. Felipe II formulaba la estrategia (desde su despacho) y no permitía la más ligera desviación. El emperador nunca fue en persona a dar instrucciones a sus comandantes, a diferencia de la reina inglesa. Medina Sidonia, como antes Parma y santa Cruz, estaba convencido de que la “empresa de Inglaterra” iba al fracaso, pero no se atrevió a decírselo a su rey. Por el contrario, la reina Isabel tuvo su “arenga de victoria” en Tilbury el 18 de agosto, tras cuatro enfrentamientos.
3. La burocracia improductiva. Contra lo que se ha dicho históricamente, los barcos españoles no eran especialmente grandes, pero no disparaban sus cañones con la suficiente frecuencia. “La respuesta radica en los procedimientos y rutinas de combate altamente especializados para los que los españoles se habían equipado y preparado, pero que, llegado el momento, se mostraron incapaces de cumplir”. La estrategia británica fue aislar y hundir elementos separados de la flota española: “arrancar sus plumas poco a poco” (Howard).
4. La inexistencia de equipo. “Los españoles tenían más oficiales en sus barcos que nosotros; tienen un capitán para su barco, un capitán para sus artilleros y tantos capitanes como compañías de soldados; y sobre todo tienen un comandante sobre el resto, algo parecido a un coronel. Esto crea gran confusión, y constituye muchas veces causa de amotinamiento entre ellos. Alborotan y pelean normalmente a bordo de sus barcos, como si estuvieran en tierra” (sir William Monson, veterano de la campaña de la Armada, La deficiente gobernación de los buques españoles). “Sus barcos son manejados enloquecida y bestialmente, como pocilgas y rediles en comparación con los nuestros”. “Cada hombre es su propio cocinero y aquel que no es capaz de aderezar su propia comida ya puede ayunar”. Efectivamente, los barcos ingleses tenían cocina comunitaria y los españoles no.
5. La ausencia de comunicación. La Armada nunca llegó a ser una fuerza coherente. Mientras la Armada avanzaba de Lisboa hacia Flandes, la correspondencia era unidireccional: de Medina Sidonia a Parma, sin retorno. “Los mensajeros de la flota se retrasaron, porque Parma se puso en marcha tan pronto como recibió noticias de la aproximación de la Armada, después de un año espera. Por tanto, si estos mensajeros hubieran llegado un poco antes o si la Armada hubiera tardado un poco más, la conexión podría haberse hecho realidad”.
6. Cuidado con confundir la espiritualidad (valores, fe) con el fanatismo. Medina Sidonia no confiaba en el plan de Felipe II, “El Gran Designio”. Después de 32 años en el trono, el rey Felipe se consideraba omnisciente e inspirado por la divinidad. El monarca recurrió al imperialismo mesiánico. El grito de batalla: “Álzate, Oh Señor, y haz valer tu Causa”. “Siempre que un obstáculo amenazó la empresa, Felipe inisitió en que Dios obraría un milagro”. El milagro no se produjo. Y por cierto la tesorería del rey tuvo que suspender todos los pagos en 1596.
7. Las fuerzas de la naturaleza. El 30 de mayo la Armada zarpa de Lisboa (un temporal había dañado los barcos en noviembre anterior). Y el 19 de junio se refugia en La Coruña por otro temporal. El 30 de julio entra en el Canal de la Mancha. El 6 de agosto llega a Calais. El 10 de agosto de 1588, en el Mar del Norte, el tiempo fue anormalmente malo. Los vendavales (vientos de Dios, para los anglicanos) perjudicaron claramente a los españoles.
8. El talento del principal ejecutivo. Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, 12º Señor y 5º Marqués de Sanlúcar de Barrameda, 9º Conde de Niebla y 7º Duque de Medina Sidonia, capitán general del mar océano, con 125 barcos y 30.000 hombres de la Armada bajo su mando, era un hombre de tierra adentro, “sin ninguna experiencia previa acerca de la guerra marítima”. ¿Cómo es eso posible? Su antecesor –desde 1584- fue don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, el único Almirante de la historia que no perdió ninguna batalla naval (no, no fue Nelson, que perdió en Santa Cruz de Tenerife).  Es Bazán quien le oferta al rey un plan de invasión en marzo de 1586 con 55.000 soldados y 150 barcos, con oficiales administrativos, servicio médico y policía militar, que a buen seguro habría funcionado, pero murió en Lisboa en febrero de 1588, cinco meses antes de partir. Con Bazán, la conquista de Portugal y las Azores entre 1580 y 1583, pero ya no estaba. Medina Sidonia se resistió al nombramiento, pero Felipe II no aceptaba sugerencias. Tres meses después de la muerte de Santa Cruz en febrero, la flota estaba dispuesta para zarpar (130 barcos, 18.973 hombres). Frente a Medina Sidonia, la flota británica bajo el mando del lord almirante Howard y sir Francis Drake (el pirata que asoló el Atlántico y amenazó las costas gallegas).  
9. El aprendizaje como mejora radical. La verdadera humildad es aprender. “A pesar de la escasa ayuda del Consejo, Howard y su flota mejoraron radicalmente sus tácticas a medida que fue avanzando la campaña”. Todo lo contrario que la Armada: la burbuja de su invencibilidad se había pinchado. La flota inglesa “hizo buen uso de la muy fiable calidad de sus excelentes y veloces navíos, no abarrotados de soldados inútiles, sino con las cubiertas despejadas para el uso de la artillería, de manera que pudieran emplearlas a cualquier hora para dañar al enemigo” (Petruccio Ubaldino). El 10 de agosto, Medina Sidonia decidió regresar a España derrotado. El 21 de septiembre llegó a Santander con ocho maltrechos galeones.
10. Ahora vas… y lo cuentas. A pesar de todos los factores externos, los británicos vendieron su triunfo contra la Armada invencible como una aplastante victoria naval. Fervor patriótico, euforia de la salvación. “Los propagandistas se emplearon a fondo”, escriben los autores. Y alimentaron la “leyenda negra”, que los propios españoles nos hemos creído. El 10 de noviembre de 1588, Felipe II manifiesta desear la muerte. Dos semanas después, el 24 de noviembre, gran ceremonia de Acción de Gracias en la catedral de San Pablo de Londres.
¿De quién fue la culpa? ¿De Parma, que no apoyó a la flota? ¿De la inexperiencia de Medina Sidonia? ¿Del mal tiempo (“contra los hombres les envié, no contra los vientos y la mar”, al parecer dijo Felipe II según su biógrafo Baltasar Porreño)? “A pesar de sus defectos en cuanto a bastimentos, diseño, organización y liderazgo, la Armada había sido capaz de alcanzar Calais en perfecto orden, y de no haber sido por la estratagema de los brulotes, que rompió la disciplinada formación de la flota antes del enlace con Parma, el Gran Designio de Felipe II podía haberse coronado por el éxito”, opinan Martin y Parker. Con todo, los autores consideran que si hubieran llegado a las costas británicas, habrían destronado a Isabel Tudor. “Inglaterra carecía de los recursos vitales para resistir una invasión: si la Armada hubiera llegado a desembarcar, no se disponía de fortificaciones ni de dinero suficientes para detener a los españoles”. Una lástima.  

Imaginemos que es una especie de juego. Te aproximas al éxito si cuentas con 100 puntos, y puedes quitar 5 puntos por cada una de estas diez variables. Si en tu organización el “presidente” practica la microgestión, le falta cercanía, la burocracia es improductiva, no hay equipo ni comunicación, se confunden los valores con el fanatismo, actúa el clima, el principal ejecutivo carece de talento, no se aprende (los errores se convierten en fracasos) y no se difunden las mejores prácticas, es más que probable que los resultados no acompañen. ¡Qué mala suerte! Y no puede ser de otro modo.

Liderazgo, Talento, Desarrollo. Si no aprendemos de nuestra historia, estamos condenados a repetirla. Mi agradecimiento a los buenos historiadores, que tanto nos enseñan.