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jueves, 26 de julio de 2012

El divorcio de Rajoy


Permanecer estas semanas al otro lado del Atlántico te aporta una distancia, no solo geográfica sino mental y emocional, que te permite escribir entre otras cosas sobre temas controvertidos del Liderazgo.
Entre ellos, el divorcio de Rajoy. Y no me refiero a un cambio en el estado civil de Don Mariano (le deseo todo lo mejor con su esposa, Elvira Fernández Balboa, con quien “matrimonió” un 28 de diciembre de 1996), sino en el divorcio entre el presidente del gobierno y una buena parte de la ciudadanía española.
En términos cuantitativos, según los expertos de Sigma Dos el Partido Popular ha perdido desde el 20-N nueve puntos en intención de voto, lo que no deja de ser una barbaridad. Un 56% de los españoles tiene una mala imagen del Sr. Rajoy Brey, y un 18% buena (el consuelo que le puede quedar al partido gobernante es que el principal partido de la oposición no recoge prácticamente nada de ese desencanto y que el Sr. Pérez Rubalcaba es aún peor valorado que el primer ministro).
En términos cualitativos, un par de opiniones al respecto. En un artículo titulado Nuestro Monti, el polémico periodista Salvador Sostres escribía: “Rajoy no se comerá los turrones. Tal vez no pase ni de octubre en La Moncloa. Ha demostrado una deslealtad absoluta y una flagrante deslealtad hacia los españoles. Quiso ayudar a su amigote a ser presidente de Andalucía, con el éxito que todos pudimos conocer, y un intolerable ejercicio de irresponsabilidad y de necedad dejó de tomar las urgentes medidas que España necesitaba. Y luego tampoco ha hecho nada, o casi nada, tal que creyendo que, si no era tan drástico, no sufriría tanto desgaste. La catástrofe es de dimensiones tales que Rajoy ha perdido cualquier credibilidad en Europa, y por incompetencia y cobardía ha acabado de hundir lo poco que quedaba en pie. No era mucho, pero era algo. De haber tenido coraje, determinación y valentía, habría podido sentar ya las bases de la recuperación. El único debate serio es quién será nuestro Monti. Rajoy caerá en otoño, si es que no cae mañana, o pasado. La situación era especialmente difícil, pero él ha resultado especialmente nefasto” (El Mundo, 24 de julio).
José Antonio Zarzalejos, por su parte, escribía en Elconfidencial.com (25 de julio) lo siguiente: “El volumen de la ausencia de Mariano Rajoy resultó de tal calibre que demedió hasta niveles insospechados su ya deteriorado liderazgo. Si cuando colapsa el sistema económico; si cuando nuestras empresas sufren una descapitalización que las retrotrae a valoraciones de hace diez años; si nuestro diferencial financiero con el bono alemán está disparado (638) –y se ha doblado en menos de seis meses-; si pagamos intereses insoportables en la financiación con letras con vencimientos a meses; si el exsupervisor financiero pone en la picota al Ejecutivo e inserta una cuña en el corazón del propio Partido Popular, si Francia e Italia se indignan con nuestro ministerio de Exteriores, si cunde el desconcierto… y el presidente del Gobierno no se digna lanzar un mensaje -bastaba un canutazo, una aparición, una entrevista- es que Mariano Rajoy no está a la altura de las circunstancias y desde luego, se encuentra sideralmente alejado de las expectativas de sus votantes -entre los que me cuento, por cierto-que comienzan a experimentar la amargura de la más terrible simetría coloquial que recorre los mentideros de la Villa y Corte según la cual, Zapatero fue al PSOE lo que Rajoy es al PP. ¿Exageración?, ¿decepción?, ¿rabia?, ¿impotencia?... Cabe la esperanza de que si así fuese –si ese paralelismo resultase cierto- el PP no se parezca al PSOE y los populares no permitan que su líder y el del Gobierno destroce a la derecha española y condene a nuestra democracia a un mapa partidario a la griega”. Las de Sostres y Zarzalejos no pasarían de ser un paz de voces críticas (muy duras, eso sí) si el primero no escribiera en El Mundo, diario que pidió abiertamente el voto para Rajoy el 20-N y el Sr. Zarzalejos no hubiera sido director del ABC de 1999 a 2008.
Cuando hay un divorcio entre el líder y buena parte de sus seguidores, ¿qué podemos hacer? ¿qué podemos aprender?
No por casualidad, en el último número de Mente Sana, la revista que dirige Jorge Bucay, hay un artículo muy interesante de la Dra. Rosa Rabbani, especialista en terapia familiar sistémica, sobre Cuatro factores que predicen el divorcio. El primero es diferenciar una queja (que se basa en una conducta) de una crítica (que está dirigida a la persona). “Una queja manifiesta una acción específica que debe ser corregida de un modo muy concreto; la crítica es una enmienda a la totalidad cargada de juicio acusatorio. Es importante prestar atención a las palabras”.
La segunda clave es el desprecio, “hermano gemelo de la crítica”. Se manifiesta a través del sarcasmo, el cinismo, la burla, la hostilidad. La respuesta al desprecio es la actitud defensiva, o la evasión. “Cuando la víctima vislumbra que (su pareja) está a punto de estallar, intenta evitar el conflicto a toda costa, y por eso huye; una fuga que suele traducirse en una ‘desconexión emocional’ de la relación”. Para muestra, nuestro presidente del gobierno, taciturno, dirigiéndose a los olímpicos españoles antes de partir hacia los juegos de Londres.
La evasión de uno provoca la soledad del otro: tercera clave. “Sin embargo”, nos enseña la Dra. Rabbani, “la habilidad que mejor predice la felicidad y sostenibilidad de una relación es la capacidad de ejercer intentos de desagravio”. Es decir, los esfuerzos por mitigar la tensión. En otras palabras, pedir disculpas, corregir errores… En definitiva, la combinación de críticas, desprecio, actitud defensiva y evasión predicen en un 82% el fracaso de una relación. Porcentaje que se eleva al 90% si no hay capacidad de ejercer el desagravio.
Si deseamos una relación, según John Gottman, hacen falta en pareja cinco emociones positivas por cada emoción negativa. Y en términos organizativos, al menos tres emociones positivas por negativa (Barbara Fredrickson). Si un/a líder solo te aporta emociones negativas, por voluntarioso que sea, se está suicidando como tal.

Para aprender de aquello en lo que La Roja funciona y nuestro país (todavía) no, siete diferencias básicas entre el caso que nos ocupa y el admirado Vicente del Bosque:
- Aunque algunos periodistas se quejaron de que jugara el primer partido de la Eurocopa sin delantero centro, no le criticaron a él como seleccionador. Nadie dudaba de su voluntad y de su capacidad de trabajo.
- No se empecinó, sino que realizó cambios de jugadores que siempre resultaron acertados. Corregir es de sabios.
- Siempre dio la cara, antes y después de los partidos. No se ocultó jamás, ni en el empate ni en la victoria. Y fue el primero en la autocrítica.
- Le dijo asertivamente a los españoles cuál era su parte en esto (“hemos pasado de pobres a ricos en poco tiempo”).
- Apostó por el equipo por encima de los individuos, generando un clima de satisfacción, rendimiento y desarrollo. Talento colectivo desde la responsabilidad.
- Mantuvo una identidad, un modo de juego, por encima de las polémicas.
- Desde su estilo “zen”, tan tranquilo, y su filosofía de que “todo lo que sucede, conviene”, se permitió ironizar y mostrar sentido del humor.

Estas siete diferencias pueden resumirse en una: el líder de La Roja nos dio esperanzas para ganar la Eurocopa. Porque la Esperanza es más importante que el miedo. El miedo nos bloquea, saca lo peor de cada uno de nosotros; la esperanza ilusionante eleva nuestra capacidad y nuestro compromiso y nos hace fluir.