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sábado, 23 de junio de 2012

La grandeza de GALIARDO


Las dos sesiones de Coaching de Equipo en el Programa de Liderazgo Innovador y Coaching Estratégico de ESIC Zaragoza han sido una maravilla. Básicamente, porque los integrantes del Programa son un Equipazo y da gusto aprender juntos. Mi agradecimiento y mi felicitación a Gabriela, Mª José “Vendaval”, Noelia, Silvia, Alfredo, Hans, Javier, Jesús, Jorge, José Antonio, José Luis, Juan L. y Juan R. Sois una maravilla de personas y de profesionales.
         Y eso que esta mañana estaba un poco “tocado” por el fallecimiento ayer del gran Juan Luis Galiardo. He tratado de acordarme cuándo conocí a Galiardo por primera vez; seguro que fue Manolo, un amigo común, quien nos lo presentó. Recuerdo que presentamos mi libro “Shakespeare y el desarrollo del liderazgo”, con su obra Humo (en escena, Juan Luis Galiardo y Kiti Manver, nada menos), organizado por APD con el patrocinio de Vodafone, Caja España y Kellogs. Y luego nos fuimos a cenar por ahí. Rubén Turienzo (Carisma Complex) recordaba hoy en Facebook que en la presentación de su Dirige de cine, que tuve el honor de prologar, le pedimos un día antes que participara en la presentación (el director de cine que teníamos previsto se quedó colgado en Bruselas) y por supuesto se prestó, haciendo una presentación maravillosa. Cena en Granada, con Manolo, Kiti Manver y su hermana, tras disfrutar de un A la luz de Góngora, en el que componía un Polifemo espectacular. En unos premios en Madrid (en el hoy teatro Haagen Dazs). En el Museo del Ferrocarril, cuando grababa las obras de Valle Inclán para televisión (Martes de Carnaval). Y en Sevilla… Me acongojó (de lo bien que lo hizo) como el General Armada en la serie sobre el 23-F. Y la última vez, también en la capital hispalense, con parte de su familia, tras disfrutar de un Avaro de Moliére que refleja como pocos esta actual crisis de valores. Muchos recuerdos de estos años, de un Galiardo sensacional para el que actuar servía de terapia. Él se consideraba un huérfano (en todas las mujeres a quien buscaba era a su madre) que había vivido de todo… ¡Qué talento tan impresionante!  
Gaditano (de San Roque) de nacimiento, extremeño (Badajoz), de infancia, ciudadano del mundo… Decía Juan Luis que le hubiera gustado ser como las 3 F: Fernán Gómez, Francisco Rabal y Fernando Rey. Pero él tenía identidad propia: era Galiardo, a secas. Yo le decía, en muchas ocasiones, que era el mejor actor del cine y teatro español que nos quedaba vivo. Con sus propias ideas, con su ímpetu, con su grandeza.
Su obra, sus interpretaciones, quedan para siempre. Como homenaje hoy, después del partido de La Roja contra Francia, en plena noche de San Juan (víspera de su cumpleaños y del mío) me voy a ver en la 1 de TVE El caballero Don Quijote. ¡Qué gran película de Gutiérrez Aragón, producida por Juan Gona, con Carlos Iglesias como Sancho. Lloré en su día cuando la vi en el cine y me ocurrirá lo mismo, hoy (los Quijotes merecen nuestras más íntimas emociones). Galiardo es, junto con Peter O’ Toole, el único que ha interpretado al Caballero de la Triste Figura y a su autor, Miguel de Cervantes.
Estos días voy a volver a disfrutar además de cintas como Miguel y William, de Inés París (donde interpreta a un Cervantes maduro, pura fascinación); Suspiros de España (y Portugal), de José Luis García Sánchez (una comedia divertidísima, en la que hace tándem con Echanove); Familia, de Fernando León de Aranoa (Galiardo se alquila una familia a su gusto); La chispa de la vida, de Álex de la Iglesia (en la que interpreta al alcalde de Cartagena; brutal); Soldadito español (donde Juan Luis hace de padre de Paco Bas, el soldadito protagonista novio de Maribel Verdú) y Marco Antonio y Cleopatra, dirigida por Charlton Heston (la mayor historia de amor del teatro shakespeariano, muy por delante de Romeo y Julieta). Con la de esta noche, siete pelis como siete soles. De sus 180 películas, tendrán que quedar para más adelante Estrés es tres tres, de Carlos Saura, las otras dos de la trilogía de Suspiros de España, El disputado voto del señor Cayo y Don Juan, mi querido fantasma.  
De las declaraciones de sus compañeros de profesión en el tanatorio de la M-30 me quedo con las de Juan Echanove (“Galiardo interpretaba a "dentelladas", era un "actor felino" de un "talento enorme" y una gran "fuerza de la naturaleza". Estaba hecho para "vivir al límite" y ser generoso, y dotado de una "pasión desbordante". "No dejaba indiferente a nadie. Consiguió borrar las huellas de lo malo y meterlas en las huellas de lo bueno. Tengo de él recuerdos imborrables. Era un ejemplo de entereza y de privacidad"), de Imanol Arias (ha destacado de Juan Luis su "enorme vitalidad", su "cariño por la vida" y el hecho de que se "extralimitaba en todo lo bueno y era tacaño con lo malo"), de Jesús Bonilla (ha dicho de Galiardo que se ocupaba más de sus compañeros que de él mismo y que le debe "media vida"), del director José Luis Cuerda (que se veía con Juan Luis "más en la vida civil que en la profesional" y que él tenía el "talento metido en los cajones". "En cuanto abría los cajones, el talento salía zumbando (...). Era una lagartija con la cabeza. Es uno de los actores que han hecho que el cine español sea muchísimo mejor de lo que dicen aquellos que no van a ver cine español") o de Alberto Closas (que ha destacado de Galiardo su carisma, su pasión y su vitalidad). En un mundo donde la mayoría quiere “quedar bien”, “adaptarse” y “pasar desapercibido”, el bueno de Juan Luis Galiardo era una fuerza de la naturaleza con motor propio, que sabía exprimir la vida.

“No renuncio a mi época de galán, pero no es la más hermosa de mi vida. De no haber sido actor, me hubiera gustado ser un atleta. (…) Creo que no hubiera sido un buen ingeniero agrónomo”. “Uno es de joven Tenorio y Quijote cuando avanzas en el tiempo. La suma del Quijote es un Tenorio devenido en hidalgo”. “El cine te da una enorme popularidad; la televisión, populismo. Y el teatro te da dignidad” (Juan Luis Galiardo).
Le habría gustado interpretar al Rey Lear en teatro. Y a mí, ayudarle a escribir su biografía. Porque la grandeza de Galiardo es la grandeza de nuestro país, que últimamente confunde, como ha dicho Eduardo Galeano, la grandeza con lo grandote.