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jueves, 26 de abril de 2012

La penúltima carta de Emery


Regreso desde Alicante en tren (de doce a tres de la tarde), unas horas en Madrid y de nuevo viaje, a Galicia, en el vuelo de las once de la noche Madrid-Santiago. Mañana y pasado, Programa de Coaching en la Escuela de Negocios de NovaGalicia, sobre la Confianza: doce horas para trabajar con el alumno sobre la confianza ligada al desarrollo del talento. Un honor que podamos aprender juntos, casi monográficamente, sobre uno de los intangibles más importantes para las personas y las organizaciones.
De la prensa de hoy, me ha llamado la atención especialmente el artículo de Cayetano Ros en El País titulado La última carta de Emery. Cayetano es uno de los periodistas deportivos que más admiro personalmente, es valencianista desde muy pequeño (desde los dos años, creo) y demuestra un talento especial en esto de reflejar la realidad del fútbol en la ciudad del Turia. Lo mencionamos en distintas ocasiones en el libro Mentalidad Ganadora porque ha sido en general bastante ecuánime e incisivo respecto a Unai y su equipo.
El artículo mencionado es el siguiente:
“En sus cuatro años al frente del Valencia, Unai Emery (Hondarribia, Gipuzkoa; 1971) ha mantenido dos rituales inalterables. El primero, ir a recoger a su hijo Lander al colegio. Y el segundo, trabajar hasta altas horas de la madrugada en su piso de las afueras de la ciudad, cerca del nuevo estadio que él ya no disfrutará. Ahí le ha dado miles de vueltas a los entrenamientos y a los partidos como el de hoy en Mestalla. Tras anunciar el pasado viernes en el vestuario que no seguirá la próxima campaña, el técnico vasco se quitó un peso de encima. Y tocó el orgullo de sus jugadores, que liquidaron al Betis el domingo (4-0) para redimirse de las dos goleadas recibidas en el Manzanares y en Cornellà.
A Emery le quedan cinco partidos (seis si llega a la final) al frente del Valencia. A medida que la crispación contra él se fue extendiendo, entendió, hace un mes, que era la hora del adiós, sin un balance todavía de su etapa en Mestalla, sorprendentemente positivo: de 211 partidos, 102 victorias, 58 empates y 51 derrotas, 368 goles a favor y 252 en contra. Es decir, casi la mitad de triunfos y 116 tantos más anotados que recibidos.
Los jugadores valoran su enorme capacidad de trabajo, pero no han sentido pasión por el técnico
Su primera temporada fue la más prolífica en goles (68), aprovechando la exuberancia de Villa, Silva y Mata, pero también la peor en la clasificación (sexto en la Liga). Las dos siguientes aseguró el tercer puesto, aunque naufragó en Europa y en la Copa. Este curso le está costando afianzar la tercera plaza, justo cuando más lejos ha llegado en la Copa (semifinales) y en la Liga Europa: ha repartido más los esfuerzos.
El 18 de marzo de 2010, en Bremen, el Valencia se clasificó para los cuartos europeos empatando a cuatro contra el Werder. Fue la exaltación ofensiva de Villa (tres goles), Silva y Mata (el cuarto). A partir de ese verano, las tres estrellas fueron vendiéndose por las necesidades económicas del club. El reto consistía en mantener sin ellos la competitividad.
Entre los reproches al técnico, el principal ha sido su escasa solvencia defensiva respecto al último Valencia campeón, el de Rafa Benítez, bronco y copero, según la tradición. Los números lo confirman solo en parte. En la tabla de conjuntos menos goleados en la Liga, fue octavo en el primer curso, tercero en el segundo, cuarto en el tercero y marcha ahora quinto, con 42 goles encajados, igualado con el Atlético. Por el contrario, su Valencia sí ha desarrollado una clara identidad atacante, con dos laterales profundos, un media punta muy participativo en la creación y dos interiores de ida y vuelta.
El preparador vasco no tiene ninguna queja de la hinchada: siempre se ha sentido querido. Pero sí se considera víctima de la prensa local, refractaria a mirar en perspectiva su trayectoria. En la caseta, los jugadores valoran su enorme capacidad de trabajo, pero no han sentido pasión por el técnico. No ha habido un gran vínculo emocional entre ellos, a pesar de que Feghouli, una creación suya, le dedicara el gol ante el Granada hace dos meses.
Ante el Atlético, Emery confía en succionar la energía de un Mestalla repleto (48.000 espectadores) en una noche épica. Ante un rival replegado, sobre el que tratará de aprovechar su debilidad en la estrategia defensiva. Para llegar a la final, Emery necesita superar su talón de Aquiles.”
Hoy se enfrentaban el Valencia y el Atlético de Madrid por un puesto en la final de la Europa League. He visto la primera parte en casa y la segunda, en Barajas (el vuelo de las 21.30 h a La Coruña, lleno por la jornada de huelga de mañana, más de una hora de retraso; el de las 23.20h a Santiago, también una hora de retraso). La primera parte del Valencia, primorosa (los dos centrales del Atlético y su portero, Courtois, han evitado varios goles). En la segunda, la lesión de Canales (una auténtica lástima), un líder en el campo, cambió el rumbo del encuentro.
Unai Emery está cuajando la mejor temporada de su carrera como entrenador. Semifinalista de la Copa del Rey (eliminado por el FC Barcelona), semifinalista de la Europa League y de momento 3º en la Liga. Es hora de que sea feliz en otras tierras. Enhorabuena a los rojiblancos del Athletic (unos auténticos leones) y al Atleti del “Cholo” Simeone, que ha infundido energía a ese equipo.  
El fútbol puede ser deporte (con los valores que conlleva) y puede ser espectáculo. Me ha interesado, también en El País, la presentación del último libro de Mario Vargas Llosa, La sociedad del espectáculo, en un debate del Premio Nobel de Literatura hispanoperuano con el pensador francés Gilles Lipovetsky, moderado por Montserrat Iglesias, directora de cultura del Instituto Cervantes. “Su desplome (el de la alta cultura) ha significado el triunfo de una gran confusión y la caída de ciertos valores estéticos sobre los que no existe un canon, que la vieja cultura sí había establecido. Eso es extraordinario porque da libertad infinita, pero dentro de esa libertad podemos ser víctimas de los peores engaños. El más dramático, el de las artes plásticas”. Don Mario es un apasionado madridista que ayer sufriría lo propio, como millones de personas.
Mi lectura de hoy es un “futuro libro”, Inspiritismo. Amor por la actitudes que inspiran y su relación con la vida real, de Diana M. Orero. Diana es la directora del Instituto de Creatividad Aplicada (www.youtube.com/watch?v=yXvD6vAy4M4). Esta valenciana, plena de ilusión y energía, es una de las personas más creativas que uno puede conocer. Y su libro, un modelo con ocho actitudes (Einstein, Churchill, David, Corto Maltés, Celestina, Roosevelt, Gaudí, Gandhi), además de la de cada uno de nosotros. “El pensamiento creativo es como aprender a leer”. “La creatividad no se puede enseñar, pero se puede aprender”. “La gente no se resiste al cambio, se resiste a ser cambiada”. Brillante.
Mi agradecimiento a Diana y a su equipo de creativos de la historia cuya actitud marca la diferencia; y a los buenos entrenadores, como Unai, como Guardiola, como Mourinho, aunque los tres se hayan quedado este año a las puertas de la final europea.