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domingo, 4 de septiembre de 2011

Mozart, Salieri y la Fluidez

Me he llevado la grata sorpresa de que en la selección de Economía y Empresa de este mes de septiembre de la cadena de librerías TROA han incluido el libro “Por qué necesitas un coach”, junto con lo último de Cossimo Chiesa (“Protagonista o espectador”), Regis de Fennys y Roger Peverelli (“Reinventar los servicios financieros”), Borja Prieto (“De parado a empresario”), Fernando Trías de Bes y Phillip Kotler (“Innovar para ganar”), Raghuram Rajan (“Grietas del sistema”), Dave y Wendy Ulrich (“El sentido de trabajar”), John Kenneth Galbraith (“La cultura de la insatisfacción”), John Kutson (“El negociador al minuto”) y Álvaro González Alorda (“El talking manager”). Todo un honor. Esta tarde he estado en la FNAC de Plaza Norte y tanto en ese establecimiento como en el de la cadena en Callao “Por qué necesitas un coach” estaba agotado. Están esperando nuevos ejemplares.

De la prensa de hoy, programa doble de John Carlin. En El País Semanal, un análisis del 11-S diez años después. John escribe sobre “Las raíces del desastre”. La CIA no pasó la información al FBI (que habría abortado este atroz atentado terrorista) porque “la CIA odiaba a John O’ Neill y al FBI, y sus jefes prefirieron poner sus memeces personales por encima de los intereses nacionales”. Si hubieran trabajado en equipo, miles de muertos (3.000 en las Torres Gemelas, un cuarto de millón en Irak y Afganistán) se habrían evitado. Impresionante la estupidez humana y excelente el análisis de Carlin.

En su columna “El corner inglés”, John Carlin nos habla de Mozart y de Salieri:

"El fútbol es infinitamente más importante que unos pedantillos del mundo de la cultura paseándose por la Royal Opera House", decía Terry Dicks, ex parlamentario conservador británico... Película recomendable para acompañar el principio de esta temporada de fútbol: Amadeus, ganadora de ocho Oscars, estrenada en 1984, cuando Guardiola era recogepelotas en el Camp Nou, Mourinho era un chaval de 21 años y Messi y Cristiano todavía no habían nacido.

La trama se centra en un señor que, carcomido por la envidia, acaba enloqueciendo ante el éxito y la admiración universal que cosecha su gran rival. El señor, que narra la historia de manera retrospectiva y confesional, es el compositor Antonio Salieri. El rival es Wolfgang Amadeus Mozart.

Salieri es el músico más famoso y reputado de Europa hasta que irrumpe en escena el joven Mozart, ante cuyo genio se rinden las multitudes. A Salieri le corroe el éxito de Mozart, y más aún porque sabe, en el fondo de su corazón, que su rival se lo merece. "Era música como nunca había oído", reconoce Salieri, llorando de rabia, "...como si estuviera oyendo la voz de Dios... La belleza más absoluta".

Salieri es un trabajador metódico y disciplinado con una ambición sin límites, pero va descubriendo que jamás podrá competir con la habilidad innata de Mozart. Sintiéndose traicionado por Dios, al que había encomendado sus sueños de gloria terrenal, quema la cruz que colgaba en su despacho y se entrega a Satanás. Lanza una campaña de mentiras contra Mozart y le tiende las trampas más viles con el objetivo de destruir su carrera y su reputación. Pero los tiros le salen por la culata y sufre una humillación tras otra. Resignado, por fin, a que no hay forma de combatir el talento sublime de Mozart, se propone matarle.

Lo que acaba ocurriendo es que Salieri, incapaz de engañarse a sí mismo -de ocultarse la lacerante verdad de que no está en la misma liga que Mozart- intenta matarse a sí mismo. Se corta la garganta con una navaja, pero le pillan a tiempo y pasa el resto de sus días en un manicomio.

Esta, en muy resumidas cuentas, es la historia de Amadeus. Tendrán que reconocer que hay algo ahí que nos recuerda a ciertos dramas que hemos vivido últimamente en el mundo del fútbol. La diferencia está en que una película tiene un principio y un fin mientras que en el fútbol la historia nunca se acaba de escribir; todo puede cambiar de una semana, o de una temporada, a otra. Existe siempre la ilusión de redención. Es decir, el equipo que colocamos, por razones obvias, en el papel de Salieri podría por fin emerger del oscuro y amargo pozo en el que se ha hundido. La temporada pasada ya tuvo la oportunidad de asomarse un poquito a la luz. Conquistó una Copa e incluso ganó una vez al detestado rival, aunque este se acabó llevando los trofeos más grandiosos además de los aplausos de las grandes masas.

Pero en el fútbol del siglo XXI, a diferencia de la música en el XVIII, no solo pesa la clase. También influyen, y mucho, las ganas y el dinero. El veredicto de la historia seguramente acabará poniendo las cosas en su sitio, como hizo con Salieri y con Mozart. Una cosa es ganar un trofeo, o dos, otra es conquistar la inmortalidad. Pero una revancha pasajera, hoy por hoy, no es nada descartable. Es perfectamente posible que esta temporada, tras años carcomido por la envidia, al borde de la locura, el Manchester City gane más títulos que el Manchester United.”

Efectivamente, el Talento de verdad no es fruto de la genética, de la predestinación, sino de la bioquímica, de la predisposición. Es la “habilidad innata” (en realidad, nata, natural) de Leo Messi, de Pep Guardiola, de Wolfgang Amadeus Mozart (que murió pobre y olvidado, devorado por el sistema). La que está basada en la Fluidez (retos que elevan nuestras capacidades). El Talento se forja desde el Disfrute, un maravilloso regalo de la naturaleza. Hacemos mejor lo que más nos gusta hacer.

José Antonio Marina, en IDEAS de El Mundo, nos habla de la Economía. “Una de las víctimas de esta crisis va a ser la Ciencia económica”. JAM nos recuerda que a orillas del lago Constanza se han reunido 17 premios Nóbel y 400 jóvenes economistas. El ministro alemán de finanzas se dirigió a ellos: “Sus ideas están muy bien en la teoría, pero en la práctica no nos ayudan a salir de la crisis”. Para la escuela austriaca, la Economía era la “teoría de la acción humana”. Marina prepara un libro sobre los vicios capitales y ha descubierto que, para los pensadores medievales, el dinero era “una ficción que despierta pasiones” (entendidas éstas como arrebato, irracionalidad). La “economía real” se separa de la “economía ficción”, basada en el dinero.

En una línea similar, la del “animal spirit” (Keynes), el economista Jeffrey D. Sachs (profesor en Columbia) comenta en El País Negocios sobre la Felicidad. Estamos en una época de vértigo y desigualdades. “El desarrollo económico que alivia la pobreza es un paso vital para fomentar la felicidad”. En EE UU en los últimos 40 años, pese al crecimiento del PIB, no ha mejorado la felicidad. “La búsqueda demencial de ganancias empresariales nos está amenazando a todos”.

Pensar que salimos de la crisis porque crece el PIB (y predecir, equivocadamente, que un determinado crecimiento del PIB asegura la creación de empleo, sin entrar en aspectos cualitativos como la empleabilidad, la calidad directiva y el nivel educativo) es una solemne tontería. En esta nueva era, se impone la economía conductual. La de las grandes obras de Mozart, compuestas con fluidez, y no la envidia de Salieri, altamente corrosiva.