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sábado, 30 de julio de 2011

Los pitufos y Nueva York

Esta mañana Zoe y un servidor hemos ido a ver “Los pitufos en 3D”, una de las muchísimas películas para niños de este verano. Entre superhéroes, Cars, Kung Fu Panda, Pitufos, etc. es difícil encontrar en la cartelera una peli para mayores. La crítica de Fausto Fernández en Fotogramas (3 estrellas) es la siguiente: “Los pitufos creados por Peyo eran algo así como un chute de posthippismo comunero con gotas de lisergia infantil. Los dibujos animados de la Hannah-Barbera los americanizaron a base de humor sitcom muy ochentero, así que mi curiosidad ante su salto al cine era grande. Ante todo, el film de Raja Gosnell, heredero y alumno de Chris Columbus, es irreprochable cine familiar, de aventuras y nuevo tour de force tecnológico en la convivencia entre seres creados por ordenador (extremadamente reales) y actores de carne y hueso (a veces muy cartoon).
Pero tiene bastantes más elementos de interés, como su aire de comedia neoyorquina amable, sofisticada y a ratos hasta bohemia y cáustica (el mundillo de la publicidad y la cosmética). Incluso hay una ironía en la cruzada de los diminutos protagonistas descubriendo la enormidad absurda de un mundo moderno donde Google puede ser un grimorio hipnótico, y una tienda de juguetes un campo de batalla lleno de chistes autorreferenciales. Con el esprit de la Amblin primigenia, Los Pitufos acaban ganándonos el corazón cuando entra en escena Gargamel, un Hank Azaria que roba la película gracias a una abracadabrante interpretación, escatológica, socarrona y delirante. ¿Nos hallamos ante el nuevo Peter Sellers?”.

La ciudad de Nueva York sale maravillosamente tratada, una vez más. Hoy mi amigo John Carlin precisamente escribe en El País un artículo sumamente interesante, “Desamor neoyorkino”
“La primera vez que fui a Nueva York fue a los cinco años. Habré visitado la ciudad unas 30 veces desde entonces. Tuve la oportunidad de ir a vivir ahí hace un tiempo, por trabajo. Durante años me lamenté de no haberlo hecho. Ya no.
Tras una estancia de nueve días, acabo de volver a España, encantado, reafirmado en mi convicción de que el spanish way of life es superior al de allá.
Es muy sencillo. La sociedad aquí es más civilizada. En Nueva York se me hace imposible olvidar que, pese a nuestras grandes pretensiones, los seres humanos somos una especie animal más. Vistos desde las alturas de sus grandes edificios, los neoyorquinos parecen hormigas; vistos desde abajo, se confirma que lo son. Desfilan por las calles frenéticos, la mirada fija, con un único y terrible objetivo: sobrevivir.
Mi desamor neoyorquino creo que comenzó hace unos cinco años cuando fui a cenar al que me habían dicho era el mejor restaurante de la ciudad. La comida estuvo excelente pero lo que primaba era la prisa y el indisimulado descaro comercial, las mesas pegadas la una a la otra, enemigas de la intimidad. El instante en que acabamos nuestro último plato, apareció la camarera con la cuenta. Váyanse ya: otro cliente espera; otro que nos dejará la propina obligatoria del 20% del total.
Y ahí se colocó todo en su lugar. Entendí, y lo entiendo más cada vez que voy, por qué los taxistas son todos unos psicópatas; por qué las personas que te atienden en las tiendas, los puestos de hot dogs, los bares, son tan bruscas; por qué si pides ayuda a alguien en las laberínticas estaciones de metro te miran -si te miran- con desprecio. ¿No ves que no tengo tiempo, imbécil? Todos están en una carrera permanente por conseguir dinero, más dinero. La sonrisa, si se da, no es sincera: es un arma de codicia más. Nada es gratis. Todos quieren sacarte algo. Si no hay nada que sacar, no existes.
España es más civilizada porque tenemos otro concepto de lo que es importante en el tiempo que nos toca entre nacer y morir. Queremos dinero, pero queremos otras cosas también. Pausar, charlar, disfrutar del calor humano. Nunca seremos tan ricos como ellos, pero somos más felices -y más dignos-. El animal hispano está en una fase de evolución superior al animal neoyorquino. Hemos salido de la jungla y aprendido el valor de saber vivir”.

Una ciudad preciosa para visitar, en la que yo no viviría. Sin falsos patriotismos, también creo que el “Spanish way of life” es superior. Cáceres, por ejemplo. La segunda ciudad mejor iluminada de Europa (tras Florencia) es una preciosidad desconocida por muchos.
He disfrutado de la entrevista de Daniel Verdú a Simon Rattle (Director de la Filarmónica de Berlín) en Santiago de Compostela: “La Filarmónica es una democracia en todos los sentidos”. 128 maestros de 25 nacionalidades que votan a mano alzada a su director. Ve a Gustavo Dudamel como su sucesor.

Nueva York está en uno de las novedades editoriales, “El techo del mundo”, de David Zurdo y Ángel Gutiérrez. El pasado 1 de mayo el Empire State Building cumplió 80 años. En pleno crack del 29, unos emprendedores se marcaron un reto ambicioso. El edificio tardó casi dos décadas en ser rentable y fue el edificio más alto del mundo hasta 1972.

En Expansión & Empleo, “Las pistas para ser un buen fichaje” de Montse Mateos, con opiniones de Carlos Alemany (Korn Ferry), Plácido Fajardo (Leaders Trust), Ramón Bartolomé (Heidrick & Struggles), Carlos Monserrate (Odgers Berndtson), Jesús Morcillo (Russell Reynolds), José Ignacio Jiménez (Norman Broadbent), Ignacio Gil Casares (Spencer Stuart) y Sergi Pérez (HayGroup). Interesante el dato de que el Interim Management ha crecido un 40% anual.
También en E&E, Tino Fernández se pregunta “¿Puedo llegar a amar un trabajo que odio?”, con opiniones de Ignacio García de Leániz, Ovidio Peñalver, Montse Ventosa y Jorge Cagigas. El dato (que no aparece en el artículo, aunque es de Gallup) es que el 80% de los empleados no está plenamente comprometido con su trabajo, no lo disfruta. Es, en general, cuestión de jefes poco competentes (mala calidad directiva) y, aunque Shakespeare escribió que el amor y el odio son las dos caras de una misma moneda, la clave está en el perdón del profesional (“El perdón es la única venganza aprobada por el Universo”, Silvia Schmidt; “Perdona siempre a tu enemigo, no hay nada que le enfurezca más”, Óscar Wilde). Particularmente, un servidor nunca vuelve a la empresa en la que ya ha trabajado.

Mi agradecimiento a quienes, como John, nos ayudan a poner en valor lo nuestro. Y a Montse y Tino, cuyas reflexiones nos sirven para pensar en cómo mejorar como líderes.