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sábado, 23 de julio de 2011

La sabiduría de la Toscana

Sábado veraniego en Madrid. Esta mañana Zoe me ha llevado a ver “Los pingüinos del Señor Popper”, basada en un clásico de la literatura infantil de los años 30. La peli ni está mal para niños, que se entretienen mucho con los pingüinos. Reconozco que soy benevolente con el protagonista, Jim Carrey, a diferencia de muchos que no soportan su histrionismo.

He estado leyendo “La sabiduría de la Toscana”, de Ferenc Máté. Ferenc es originario de la Transilvania húngara, ha vivido en Vancouver, Nueva York, Roma y París. Desde hace 20 años reside en la Toscana, donde dirige su propia bodega. Ha escrito “Un viñedo en la Toscana”, “Una vida razonable” y “Las colinas de la Toscana”.

¿Cuál es el secreto de esta bellísima región europea? Para el autor, la clave (que es el subtítulo del libro) es que “los sueños pueden hacerse realidad”. A diferencia de los romanos, los toscanos (de origen etrusco) son muy amantes de la libertad y no desean forjar imperios. “Apreciamos nuestra libertad y respetamos la del prójimo”.

“Tal vez lo que sorprende más a primera vista es la tranquilidad con la que se vive y se saborea la vida”. La experiencia les ha enseñado que cada momento, bien aprovechado, puede ser el mejor. Calidad en las cosas de la vida diaria, ciudades ausentes de coches, como Pienza o Siena. Las mesas parpadean de noche en las terrazas a la luz de las velas. Barrios con tradiciones. Y una idea clara del buen y mal gobierno (como puede verse en el fresco del ayuntamiento de Siena). El malo, que lleva a la decadencia, se define como. “Le interesa más proteger su propio interés que el bien común”.

Dieta mediterránea: aceite de oliva, frutas y verduras, pan, legumbres, pasta, pollo y sólo carne roja esporádicamente. El huerto te alimenta y te mantiene en forma. Y un sistema sanitario (con asistencia primaria, con familiares que acompañan al hospital) envidiable para EE UU.

“Más vale buen vecino que pariente ni primo”, dice una refrán toscano. El vecindario se aprecia mucho; sirve de apoyo, de red… El autor recoge un estudio de la Facultad de Medicina de Harvard, con una muestra de más de 5.000 personas revisada cada 2-4 años. Un compañero de trabajo feliz no generaba necesariamente felicidad en uno; un cónyuge feliz aumentaba la propia felicidad un 8%; un hermano/a feliz, un 14%; un vecino feliz, un 34%. Sorprendente. “Las personas estamos integradas en redes sociales, y la salud y el bienestar de una persona afecta a la salud y el bienestar de las demás” (Nicholas Christakis, director del estudio). “Es bueno sentirse útil”.

Domingos sagrados, partidos de fútbol, dulce hogar (según las encuestas, siete de cada diez personas viviría en una aldea si pudiera, para alejarse de los peligros de la gran ciudad, vivir donde a uno le conozcan y donde a uno le valoren). Un sitio donde se pueda jugar. Penny Wilson, experta en proyectos de juego, ha escrito: “El juego es parte instintiva y central de la infancia, que cada vez se ve sometida a más presiones, y ha indicios de que la ausencia de juego espontáneo deja un legado social determinado durante mucho tiempo. El juego permite a los niños desarrollar sus emociones. Cuando uno juega, descubre quién es… Y el mundo del juego está siendo invadido. (…) Me asusta esa generación de niños que crece sin haber jugado”.

El contacto con la naturaleza nos alimenta, nos mantiene vivos, nos da seguridad verdadera. En el libro, Máté diferencia entre diversión y entretenimiento: “La primera es una apasionada manera de vivir la vida; la segunda, observar que alguien lo hace por nosotros”. Y propone cultivar los alimentos por salud, riqueza, sabor, ecología y vínculos familiares.

La casa toscana es simple y sólida, con una amplia cocina, su comedor, lavadero… Allí se reúne la familia (una familia multigeneracional) y los amigos. Se vive una vida real y no virtual. Frente a la era de ansiedad, la contagiosa alegría de vivir de la Toscana. La ecociudad de la Expo 2010, en una isla cercana a Shanghai “no difiere mucho de las construidas por los europeos hace 1.000 años” (Burckhard Bilger). El libro dedica sus 37 últimas páginas a un recetario de Pino Luongo, 50ª generación de una familia toscana.

“Siempre he creído que detrás de cada fracaso se esconde una gran oportunidad. Puede que ahora estemos en ese instante raro y catastrófico en que tenemos la ocasión de reflexionar, y tal vez crear un nuevo Renacimiento” (Ferenc Máté).

El modelo de la Toscana es muy similar al de la Provenza francesa, tan atractiva para la creatividad, o de nuestra querida Extremadura. La ventaja es cómo lo ponen en valor.

Por la tarde, Zoe y yo hemos estado jugando al fútbol, he visto el segundo partido de pretemporada del Valencia (nueva victoria del equipo de Emery, esta vez frente al Leicester) y hemos visto en el Disney Cinemagic “Piratas del Caribe. La maldición de la perla negra”.