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domingo, 29 de mayo de 2011

Pequeñas mentiras y grandes hazañas

Esta mañana he estado viendo “Pequeñas mentiras sin importancia”, avalada por más de cinco millones de espectadores en Francia. La historia de un grupo de amigos que dejan a uno de ellos tirado en el hospital, en París (sufre un accidente de moto, literalmente arrollado por un caminón) y se dedican a pasar el mes de vacaciones en Aquitania. Gente de entre 30 y 40, inmaduros, con sus neuras y un escasísimo autocontrol.

En la revista Fotogramas, Desirée de Fez está a favor de la peli (cuatro estrellas sobre cinco) y comenta lo siguiente: “Los amigos de 'Pequeñas mentiras sin importancia', un grupo de burgueses franceses en torno a los 40, prefieren dejar solo en el hospital a un amigo que ha tenido un accidente a sacrificar sus vacaciones en la playa. Esa decisión inicial funciona como declaración de principios: por buenas que sean las experiencias de los personajes en esos días, aspectos como la tristeza, el egoísmo, la culpa y la angustia van a estar allí, con ellos, y a hacerles evolucionar o aceptar su mezquindad. En esa tesitura, entre el canto a la amistad y el mapa de las miserias humanas, se mueve la cinta, que halla el balance perfecto entre ambas variables mediante un sabio cruce de géneros. Con un esquema similar al de 'Reencuentro' (Lawrence Kasdan, 1983) o 'Los amigos de Peter' (Kenneth Branagh, 1992), el film salta con naturalidad del drama doloroso a la comedia chiflada, y subraya lo caprichosa que es la vida. Tiene algún toque moralista, una selección de canciones poco acertada y un final con brillos (como el sublime speech de Marion Cotillard), pero lacrimógeno. Pero son males menores en una cinta escrita con lucidez y emoción, y con algo menos común de lo habitual: personajes. Los amigos de 'Pequeñas mentiras sin importancia' se parecen a alguien y a nadie, causan identificación y a la vez son únicos”.

Jordi Costa, en la misma revista, se manifiesta en contra (dos estrellas sobre cinco) y dice lo siguiente: “Este supuesto diagnóstico de la generación del narcisismo y la inmadurez multiforme se abre con una ambiciosa demostración de fuerza: uno de esos ejercicios formales sostenidos que espolean el asombro del espectador, quien no podrá dejar de preguntarse cómo demonios ha sido ejecutado el virtuoso número de magia. Desgraciadamente, después de esto, lo único ambicioso está en la imprudente generosidad del metraje. Hay veces en que, para juzgar una película, basta con afinar el oído en una platea llena. En este caso, la calidad de las risas recogidas en ese trabajo de campo son el peor dictamen: risas pequeñoburguesas, desecadas de todo placer y toda alegría, condescendientes, desgranadas como mero trámite. Risas que, en definitiva, hablan del fracaso de la disección crítica de este grupo, atrapado entre el recuerdo de 'Reencuentro' y 'Los amigos de Peter', que, al final, recibirá un chaparrón de explícita moralina en boca del buen salvaje de turno. El resultado es de esas películas en las que cuesta decidir qué elemento conquista el top de la repelencia: si el ceño fruncido de una Marion Cotillard forzando su registro de intensa o la fatal, inevitable, canción de Antony and the Johnsons”. En este caso, me siento más cerca de Jordi que de Desirée.

Por otro lado, seguimos disfrutando de las enormes hazañas del deporte español: tras la Final de la Champions del Barça, otra Final de Champions (ésta, de balonmano) entre el FC Barcelona y el Ciudad Real. Alonso no pudo derrotar a Vettel en el GP de Mónaco por pura mala suerte y Alberto Contador, el nuevo Induráin, consigue su segundo Giro en la carrera más dura de su vida. Estamos todos con él en el próximo Tour de Francia. La semana que entra, vuelve La Roja, de nuevo en América.

¿Qué genera tanto éxito en un país como el nuestro, sumido en tan profunda crisis? Grandes entrenadores, esfuerzo, pasión y sistema, un marcador, la sensación de disfrute que conlleva extraordinarias consecuencias. El polo opuesto a la política, a la educación, a muchas organizaciones empresariales, en las que se echan a faltar proyectos ilusionantes, credibilidad en los dirigentes, ambientes de trabajo de satisfacción, rendimiento y desarrollo, culturas del esfuerzo, cooperación, profesionales que se sienten compensados. ¿No seremos capaces de aprender, en otros ámbitos de la vida, de las maravillas del deporte español?

Mi agradecimiento a ellos: a Pep y sus jugadores, a Alberto, a Fernando, a Rafa (que sigue en Roland Garros), a Xavi Pascual, a Talant Djushebaev…