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martes, 24 de mayo de 2011

"La que se avecina" y el Discurso de la derrota

Mucho calor hoy en Madrid. Por la mañana, en la oficina con reuniones internas y preparación de proyectos. Almuerzo en Saint James con dos de los mayores expertos en gestión de riesgos de nuestro país, para impulsar conjuntamente una mayor y mejor “Cultura del Riesgo” en las entidades financieras. Apenas medi docena de cajas y bancos gestionan el riesgo comercial de una forma avanzada. El resto debería mejorar considerablemente si quiere de verdad sobrevivir en estos tiempos “de mareas turbulentas”. De ellos depende, de que se reinventen desde un planteamiento estratégico del riesgo.

Por la tarde, he estado con mi buen amigo Leo Farache, uno de los grandes del marketing y la publicidad en España. Como siempre, rebosante de ideas estupendas; en varias de ellas me apetece un montón participar.

Han pasado 48 horas de la jornada electoral. Recibo el dato de que el domingo se siguió más la Fórmula 1 (el voluntarioso esfuerzo de nuestro Fernando Alonso por conseguir podio en Montmeló, lo que no pudo ser) y “La que se avecina” (me ahorro calificar esta serie de humor) que los programas sobre las elecciones. Sin comentarios.

Fran Carrillo, uno de los mayores expertos en comunicación política de nuestro país, escribió ayer en su blog “Discurseando” esta entrada, “El discurso de la derrota”.

“Aún más difícil que comunicar una victoria, es comunicar una derrota. Porque, con la segunda, la euforia que facilita la transmisión de emociones no existe, la visión del éxito conseguido desaparece y el pesimismo inunda el lenguaje no verbal a transmitir. Es el momento en el que el candidato/a perdedor/a debe reconocer que ha perdido, sentir no haber alcanzado las expectativas de los ciudadanos y mirar a estos a la cara (es decir, a la cámara) para asegurarles esperanza para el futuro, coherencia en los principios que ha defendido y corrección humilde pero firme de los errores cometidos. Para gobernar bien, primero hay que comunicar bien lo que luego vas a gestionar bien. Si comunicas mal, no gobiernas y, por tanto, no gestionas. Así que es la comunicación lo primero en lo que el candidato/a perdedor/a debe empezar a trabajar para reconquistar el gobierno.

Yo le diría a ese político/a derrotado/a que no es momento de falsas promesas, ni de excusas baratas, sino de acercarse al ciudadano, entender su mensaje y su elección y decirle que volverás dentro de cuatro años a defender tus ideas de la mejor forma que sabes. No debilites el discurso del contrario. Fortalece el tuyo.

El que mejor lo entendió la noche del 22M fue Jaime Lissavetzsky, candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid y ampliamente derrotado en la lucha por la misma. (consiguió 15 concejales por 31 de su oponente, Alberto Ruiz Gallardón). Un discurso breve, honesto y sincero en el que habló de decepción y de las ganas “de empezar a trabajar, desde mañana mismo, por ganarme la confianza de los madrileños”.

No todos usaron esta vía, no todos destilaron optimismo. Sun Tzu decía que "de una buena o mala decisión depende el éxito o fracaso de tu empresa". Si trazas bien la raya de tu comunicación, delimitarás mejor el camino de tu marca política. La pena es que no todos saben digerir la derrota ni, lo más importante, articular su discurso posterior. Por eso, dentro de cuatro años, seguirán fracasando en su empresa”.

Efectivamente, saber perder de verdad, digerir la derrota, es aprender de ella. Un auténtico signo de humildad. La ira y la tristeza han de dejar paso a la reflexión profunda (ni que decir tiene que el coaching viene que ni pintado para ello).

Mis agradecimientos hoy a Fran, Leo, Yago, Helena y Diego.

1 comentario:

Fran Carrillo Guerrero dijo...

Gracias Juan Carlos, por tu cariño y magisterio diario. Tu penúltimo libro, una delicia para el lector (avezado o no en conocimientos sobre coaching). Discurso, entendido como la manera en la que emprendemos un camino (discursus), un curso por la vía de la felicidad comunicativa acaba formando perfiles y afilando personalidades, también los malos, tristes, crispadores o inanes.