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sábado, 26 de marzo de 2011

Las ventajas del deseo

Tranquila jornada de sábado; almuerzo familiar en el Marca Sports Café y visita a librerías (me he comprado “La próxima década”, de George Friedman, entre otros).

De la prensa de hoy, me quedo con el artículo de David Alandete sobre los siete espectáculos del Cirque du Soleil en Las Vegas, “Europa es de Marte y EE UU de Venus” de Timothy Garton Ash y, en los suplementos de Empresa de los diarios económicos, “¿Sabe tu jefe que buscas trabajo?” de Tino Fernández (en el 85% de las ocasiones, quien busca trabajo es quien ya lo tiene). Me resulta curioso que se siga hablando de “retención” (una mala traducción del inglés, porque retener es secuestrar) y no de “fidelización del talento”; el artículo de Ángela Méndez sobre el libro “La fuerza de la ilusión”, que ya he comentado muy favorablemente en este blog; “Trucos de la tele para una entrevista de trabajo” de Arancha Bustillo y, en Cinco Días, “Todo por el empleo” de Alfonso Simón (Aumenta la propensión a la movilidad y a aceptar un sueldo más bajo con tal de salir del paro) y la entrevista de Paz Álvarez a Olivier Mauny, CEO de ERES (Chanel).: “La vida es un eterno comienzo”., así como la entrevista de Julián Díez a Miguel de la Villa, DG del Mundobasket 2014: “El Mundial supondrá para España cientos de millones”.

He estado leyendo Las ventajas del deseo, de uno de los grandes de la economía conductual (behavioral economics), Dan Ariely. Subtitulado Cómo sacar partido de las irracionalidad en nuestras relaciones personales y laborales, viene a ser una segunda parte del exitoso Las trampas del deseo (que me recomendó en su día mi amigo el ingeniero conceptual Miguel Ángel). En aquél trataba los sesgos viscerales y/o emocionales que nos hacían tomar decisiones poco aconsejables. En éste se centra en la vertiente positiva de la irracionalidad (el cerebro del reptil y el sistema límbico que sólo tenemos los mamíferos).

En la primera parte del libro, Maneras insospechadas de desafiar la lógica en el trabajo, comenta:

- Por qué los grandes incentivos financieros no funcionan para mejorar el rendimiento. Los estudios en Norteamérica y en Madurai (India) demuestran que “usar dinero para motivar a las personas es una arma de doble filo. Los incentivos bajos o moderados pueden resultar útiles en el caso de tareas que requieren capacidad cognitiva. Pero cuando el incentivo es muy elevado, puede desviar la mayor parte de la atención y, por lo tanto, distraer la mente de la persona con fantasías sobre la recompensa. Esto puede generar estrés y acabar reduciendo el nivel de rendimiento”. Calcular el nivel óptimo de incentivos no es fácil.

- Cuando el trabajo pierde sentido, se pierde la motivación. Es el llamado contrafreeloading, término acuñado por el psicólogo de animales Glen Jensen: muchos animales (los mamíferos, añado) prefieren ganarse la comida que recibirla sin ningún esfuerzo. La alienación en el trabajo desmotiva. Como ha demostrado George Loewenstein, el sentido y la visión de conjunto son esenciales para la productividad en las actividades complejas.

- Sobrevaloramos nuestras propias creaciones (“efecto IKEA”) de lo que se derivan cuatro principios sobre el comportamiento humano: “El esfuerzo que ponemos en algo no sólo transforma al objeto. También nos transforma a nosotros y a nuestra valoración del objeto”; “Cuanto mayor trabajo, mayor amor”; “Nuestra sobrevaloración de las cosas que creamos llega a tal punto que asumimos que los demás comparten nuestra sesgada perspectiva”; “Cuando no podemos finalizar algo en lo que hemos puesto grandes esfuerzos, no nos sentimos tan apegados”.

- “Cualquier solución es buena mientras que sea mía”: solemos despreciar las ajenas. El autor pone el ejemplo de Thomas Edison y Nikolas Tesla con la corriente continua y alterna.

- Nos hace ansiar justicia el placer del castigo (“El Conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas). Las disculpas tienen en realidad más poder. “He aquí el defecto de la venganza: depende de la anticipación; la misma cosa es el dolor no el placer; o cuando menos el dolor es su principal finalidad” (Mark Twain). “La venganza no ofrece a las emociones mayor consuelo que el agua salada a la sed” (Walter Weckler). La venganza útil es la de Jeffrey Katzenberg con su antigua empresa, Disney. Cobró 280 M $, cofundó Dreamworks y la parodió en Shrek. La venganza puede ser constructiva (y entretenida).

La segunda parte trata de la vida personal (Maneras insospechadas de desafiar la lógica en el hogar):

- Adaptación: Nos acostumbramos a algunas cosas (pero no a todas ni siempre). Es el cuento de la rana hirviendo, la llamada “adaptación hedónica”. “Puesto que no conseguimos prever el alcance de nuestra adaptación hedónica, como consumidores solemos necesitar adquirir siempre nuevas cosas, con la esperanza de que un nuevo cacharro nos haga más felices”. La adaptación depende mucho de quienes nos rodean. “Todos nosotros somos como las ranas en el agua caliente. Nuestra tarea consiste en comprender cómo respondemos a la adaptación para poder sacar algún provecho de sus ventajas y evitar los inconvenientes. Para ello, conviene tomar la temperatura del agua. Cuando empieza a parecernos demasiado caliente, hay que escapar de un salto, buscar un estanque de agua fresca y reconocer y disfrutar los placeres de la vida”.

- El apareamiento selectivo. Los semejantes se atraen: “por lo general, las personas guapas ligan con otras personas guapas y los individuos ‘poco agraciados físicamente’ ligan con otros como ellos”. Adaptación: tendemos a desdeñar lo que no podemos conseguir. Para afrontar nuestras limitaciones físicas, podemos “alterar la percepción estética”, “reconsiderar la importancia de los atributos” o “no adaptarse”. Está demostrado que la primera y la tercera opciones no funcionan.

- Los mercados fallan. Por ejemplo, ligar por internet. Sus usuarios pasan más de 5 horas semanales y casi 7 horas escribiendo a sus posibles parejas. De esas 12 horas, obtienen 1’8 horas de encuentros, la mayoría frustrantes. El ligue virtual no suele funcionar porque “no diseñan páginas para Homer Simpson”. Es un fallo en el diseño del producto.

- Empatía y emociones. Somos más sensibles al sufrimiento individual que al de masas (“El síndrome de la víctima identificable”). Por tres factores: proximidad, intensidad, ”efecto de la gota de agua en el océano”). El pensamiento racional bloquea la empatía. “El sufrimiento de un individuo nos conmueve y nos moviliza, pero el de muchas personas, no”. La vida estadística interesa mucho menos.

- Por qué no conviene actuar sobre los efectos de sentimientos negativos. Porque las emociones son fugaces, pero intervienen decisivamente en las decisiones, y éstas ayudan a fundamentar las siguientes con un patrón. Emociones a corto orientan nuestros actos durante largo tiempo.

- Debemos combinar emocionalidad y racionalidad. Todos tenemos un Dr. Spock y un Homer Simpson. “Una de las mejores maneras de descubrir nuestros errores y los distintos modos de superarlos es realizar experimentos, reunir y examinar datos, comparar el efecto de las condiciones experimentales y de control, y analizar qué es lo que nos indican”. Como señaló Sherlock Holmes: “Teorizar antes de tener datos es un error capital”.

Mis agradecimientos de hoy a los investigadores de la economía conductual, como Dan Ariely, George Loewenstein, Danny Kahneman, el difunto Amos Tversky, George Ackerloff, Sendhil Mullainathan (muy interesante su vídeo en TED sobre las decisiones irracionales que perpetúan la pobreza, la desigualdad y la corrupción: www.ted.com/talks/sendhil_mullainathan.html)… Este campo es verdaderamente fascinante.