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viernes, 7 de enero de 2011

Un Londres diferente

Salida a Londres a las 7.55 de la mañana con Zoe. En el avión he estado leyendo la prensa del día, y me ha interesado particularmente el artículo de Fernando Vallespín Gran metáfora, que es el siguiente:
“Cualquiera con un mínimo de sensibilidad intelectual, incluso estética, no puede dejar de sentir un sobresalto cada vez que pasa zapeando por donde estuvo en su día CNN+ y se encuentra con lo que ahora ocupa su lugar. Este malestar seguramente deriva del hecho de que sabemos que aquí se ha producido algo más que un mero intercambio de canales. Estamos ante un caso de libro de la fagocitación de una cadena de información seria y de rigor por parte de una de las manifestaciones más burdas de la novedosa "cultura popular". Es difícil encontrar un ejemplo tan gráfico de la lucha darwinista por las audiencias bajo el signo de la nueva sociedad de masas. Lo que hemos perdido y lo que lo ha sustituido se ha convertido, de golpe, en una metáfora extraordinaria de lo que de una forma más pausada ha venido pasando en nuestro país -y no sólo- a lo largo de los últimos años: la progresiva e implacable banalización del espacio público.
El problema es que cuando estos escasos oasis mediáticos se secan, como acaba de ocurrir con CNN+, ya nada o casi nada puede impedir la propagación del desierto. Con la digna excepción de algunos medios públicos, si consiguen sobrevivir. Como muestra la oferta que encontramos en la multiplicidad de canales de TDT, la nueva pluralidad televisiva no ha aumentado un ápice el acceso a algún programa que fomente el desarrollo de una cultura pública crítica y exigente. Como en su día ocurriera en Italia, este proceso de gradual banalización se ha ido implantando de forma silenciosa y en nombre de valores tan dignos como el entretenimiento y la diversión. Poco a poco, sin embargo, se ha logrado laminar las fuentes que mantenían viva lo poco que quedaba de la cultura política tradicional, casi de la cultura a secas. En una deliciosa ironía del destino, y por seguir en ese mismo país, el empresario que se encargó de empujar a los márgenes mediáticos a quien no participara de su filosofía acabó de primer ministro, e incluso se permitió gobernar como un entertainer, con velinas incluidas.
El resultado, lo sabemos también por Italia, es la progresiva infantilización y despolitización de la sociedad. Es una sociedad de la distracción, en su doble sentido, el de esparcimiento, y el de la falta de atención, sobre todo hacia lo que debiera importarnos como ciudadanos. Lo público, nuestro mundo común, ya no gira predominantemente en torno a la discusión de las cuestiones políticas, sino hacia personajes populares que exhiben impúdicamente su vida privada. El escenario público se llena de trivialidades; se fomentan los tópicos y todo lo que alimenta el morbo. Lo malo es que, por el camino, estas lógicas del espacio público televisivo acaban colonizando al final a la discusión política misma. Lo importante es captar la atención de estos ciudadanos distraídos, aunque para ello haya que ir a La Noria. Es el signo de los tiempos.
Se dirá, y no es un argumento baladí, que esto es lo que la gente quiere ver, y que quiénes somos nosotros, sus críticos elitistas, para imponer nada. Ahora que tanto se habla de los mercados, esta sería otra de sus manifestaciones: el ajuste perfecto entre oferta y demanda televisiva. Lo malo, como ya observaría Tocqueville cuando se refería a la "tiranía de la mayoría", es que esta siempre tiene la tendencia a arrogarse la razón, a presentarse como el poder moral supremo. Y la consecuencia es la presión hacia la conformidad, con las elecciones de los muchos, la anulación del juicio individual diferente, la homogeneización de los gustos y la imposibilidad de imaginar algo distinto de lo dado, de lo que se nos ofrece como normal.
Tampoco cabe confiar demasiado en el sistema educativo como factor de resistencia y como esperanza en un cambio de tendencia. Entre otras cosas porque hoy los valores, el conocimiento y la visión general de la realidad nos los transmiten sobre todo los medios de comunicación. El papel de la educación sigue siendo central, pero no debe ser nada fácil para los educadores competir con un mundo en el que aquello que enseñan a sus alumnos y se supone importante apenas tiene después algún reflejo en el espacio público más amplio. Ocurre más bien al revés: aquello de lo que allí se empapan, de lo que allí consumen, condiciona después su rendimiento escolar. La distracción acaba predominando también aquí sobre el esfuerzo, el esfuerzo de pensar. Y la creación de individuos autónomos y críticos con capacidad para resistirse a las pulsiones de la masa se convierte en un recurso más escaso cada vez”.

Entre los personajes de este 2011, el actor Luis Tosar: “Soy un tipo de pueblo que se mueve bien por las ciudades”. “Gracias a la película de Iciar Bollain, he estado por primera vez en Los Ángeles, en Hollywood. Y es genial: cuatro callejuelas, un centro comercial, una montaña y unos carteles, y hacen que nos parezca la leche. Es un imaginario muy bien montado. Eso es espectáculo, el buen montaje con elementos tan sencillos”.

Llegada puntual a Gatwick (de hecho, con 10 minutos de adelanto, según el piloto) y hemos tomado el Gatwick Express hasta Victoria Station (30 minutos en un tren que sale del aeropuerto cada cuarto de hora). Día típicamente londinense: lluvioso y a 4 grados, aunque la sensación térmica no era excesivamente fría.
Nos alojamos en el Crowne Plaza London Kensington, un hotel que está en el 100 de Cromwell Road, cerca de Harrods, el Museo de Historia Natural y el Victoria y Alberto. El plan para cada uno de estos tres días (hasta el domingo por la noche, que volvemos a Madrid) es visitar un par de museos, hacer compras y ver los sitios más representativos de la capital británica, porque Zoe, con 10 años recién cumplidos, es la primera vez que viene a Londres. Con la libra esterlina a 1’2 euros, esta ciudad que a todos nos ha parecido carísima es especialmente asequible.

La primera visita ha sido al Madame Tussaud’s, el museo de cera más conocido del mundo. Hemos tenido que esperar alrededor de una hora en la cola (se las ingenian para que el tiempo se te pase rápido) y después hemos disfrutado de un espectáculo colosal. Poco lugar para la historia (excepto la zona de la familia real británica, muy concurrida) y mucho para el cine, la televisión, la música (Lady Gaga ya tiene su sitio especial) y el deporte (con Lewis Hamilton, Tiger Woods, Cassius Clay, Mourinho, Beckham, CR7; su tuvieran a nuestros campeones no sé la que montarían). En la zona de la política actual, Obama en el despacho oval, Merkel, Sarkozy, Putin… Los buenos (Gandhi, Dalai Lama, Mandela, Juan Pablo II) y los ‘malos’ (Hitler, Saddam Hussein). David Cameron, Tony Blair, Margaret Thatcher (a Gordon Brown lo han retirado). Y tres espectáculos: Scream (de terror, que no hemos visto), una visita histórica a Londres dentro de un “taxi” y los Superhéroes de Marvel (Spiderman, Hulk, Lobezno, Iron Man, Capitán América y Ms Marvel) en un espectáculo de 4D (3D más asientos con todo tipo de efectos). Un museo enormemente entretenido, con una calidad de servicio exquisita. Para los niños, una delicia.

Después de una comida rápida en el Pizza Hut de al lado, visita a la casa-museo de Sherlock Holmes en Baker Street. Un pequeño edificio de cuatro plantas, abierto en 1990 como museo, con un montón de piezas de la época. A Zoe le ha encantado. Junto al Museo, una tienda especializada en Los Betles y otra de Rock & Roll.

De ahí a Hamley’s, probablemente la mejor tienda de juguetes del mundo, con 250 años de antigüedad, que está situada en Regent Street. Siete plantas, todos los juguetes que uno pueda imaginar y una cafetería en el ático para poder descansar algo. Bajo la lluvia, hemos recorrido en el West End Regent Street hacia Oxford Circus (Desigual, Niketown) y por Oxford Street (Zara, Swatch, Máximo Dutti) hasta The Disney Store. Segunda gran parada de la tarde.

Ya habiendo anochecido, hemos tomado un taxi para que bajara por New Bond Street, Burlington, Vigo Street y Regent St. (Nacional Geographic) hasta Piccadilly Circus, de ahí a Trafalgar Square, el Big Ben y la Abadía de Westminster y al hotel, pasando por delante de Harrods en Knightsbridge.
Finalmente, hemos cenado en Garfunkel’s, en Cromwell Street y hemos visto en la tele de la habitación Iron Man 2, que es una de acción bastante entretenida.

Londres es una de las ciudades turísticas más emblemáticas el planeta. Tiene tanto que ofrecer, lo pone en valor tan bien, con un servicio tan notable… Y en estos tiempos, a precios competitivos. Deberíamos aprender en nuestro país cómo hacer las cosas así, pensando en el cliente y no en nosotros mismos.