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sábado, 11 de diciembre de 2010

La sencillez de su honestidad

Sábado con Zoe y su mejor amiga, Ana María. Hemos ido por la mañana a hacer deporte en la Ciudad Deportiva Valdelasfuentes de Alcobendas, con sus toboganes de agua (cada una se ha lanzado por el tobogán casi 50 veces) y sus 12 piscinas (de olas, jacuzzis, de nado, pozos fríos, etc). Hemos comido en el restaurante de Valdelasfuentes (las niñas, espaguetis y escalope, lo típico) y por la tarde han disfrutado de Diverfarm, la Feria Infantil iniciativa de Sapos y princesas e IFEMA. De nuevo, el Liderazgo Femenino; en este caso, de Nora Kurtin, fundadora y CEO de esta iniciativa para niños hasta 12 años. Enhorabuena, Nora, por el éxito de este Diverfarm (las entradas estaban agotadas).

He disfrutado muchísimo del libro Últimas cartas (1532-1535) de Tomás Moro, en una cuidada edición (del inglés y del latín) y traducción de Álvaro Silva. Se trata de 30 cartas que van desde que Moro dimite a petición propia como Lord Canciller de Inglaterra (desde su casa de Chelsea a su amigo Erasmo, el 14 de junio de 1532) hasta la que envía a su hija Margaret Roper antes de ser ejecutado (desde la Torre de Londres, el 5 de julio de 1535). Álvaro Silva, en su introducción, cita a John Neuman: “La vida de un hombre está en sus cartas”. Y describe estos últimos años de la correspondencia del autor de Utopía, desde su jubilación voluntaria (“Moro es libre de hacer lo que le plazca con su tiempo”) hasta que la defensa de su conciencia le acarreó la muerte.

Excelente decisión la de que la primera carta recogida del libro sea a su amigo Erasmo de Rótterdam, con quien le unía más de tres décadas de profunda relación (precisamente la carta que inaugura la correspondencia de Tomás Moro es a Erasmo el 28 de octubre de 1499, y en ella le dice: “La verdad es que no espero una sola carta, sino todo un montón de cartas, y uno tan grande que pudiera romper la espalda de un esclavo egipcio”. Utopía data de 1516, y desde entonces hasta 1532 Tomás Moro ha estado en cargos públicos y escribiendo textos de defensa de la fe frente a los protestantes. Es de imaginar que en su retiro de Chelsea trabajaría en nuevos proyectos de humanidades. En esta primera carta del libro, Moro escribe: “Mi querido Erasmo, no todos somos Erasmo. Los demás hemos de contentarnos con la esperanza de que recibiremos el maravilloso talento que Dios te ha concedido casi de manera única en toda la humanidad. ¿Quién se atrevería a prometer lo que tú consigues? A pesar de estar abrumado por el peso de tus años y el constante padecimiento de dolencias que serían agotadoras y opresivas en un joven lleno de salud, nunca a lo largo de tu vida has dejado de informar a todo el mundo con publicaciones excepcionales”. Y añade que “el ejército de críticos vocingleros que te rodea y te ataca no ha conseguido disuadirte de seguir publicando, aunque al parecer tienen suficiente poder para aplastar el corazón de un Hércules. Tales individuos están siempre irritados contigo porque envidian tus talentos incomparables y tu erudición, aún más grande que éstos. Se dan cuenta de que esas cualidades únicas de dones innatos y de trabajo intenso están muy lejos de su alcance; y a pesar de todo, casi reventando de envidia, no pueden soportar ser muy inferiores a ti. De ahí que, por supuesto, se pongan de acuerdo y se empeñen con todas sus fuerzas, por medio de un incesante abuso personal, en hacer lo posible por arrojar tu honor, tan elevado a su vergonzoso nivel”. Y concluye: “Enhorabuena, pues, querido Erasmo, por tus excelentes cualidades. Si en alguna ocasión un hombre bueno se inquieta y perturba por algo, aunque no tenga motivo serio, no te rebajes haciendo adaptaciones a causa del pío sentir de tales personas. Por lo que se refiere a esos individuos malvados que gruñen y muerden, ignóralos, y, tranquilo, sin un solo titubeo, continúa promoviendo el desarrollo intelectual y el avance de la virtud”. Sabios consejos que el propio Tomás Moro se aplicará ante los corruptos y envidiosos.
También del 14 de junio de 1532 es la carta a Johannes Cochlaeus, un sacerdote que trabajó para una posible reconciliación entre Lutero y los católicos. Tomás Moro había escrito la Respuesta a Lutero (1523), el Diálogo sobre las herejías (1529) y la Súplica de las almas (1529). A Moro le preocupaba el impacto de las ideas protestantes no sólo la vida eclesial, sino en la sociedad civil (el capitalismo salvaje tal como lo hemos conocido). En su “apasionada convicción”, Moro escribió sobre los herejes: “Esta casta de hombres se me hace del todo repugnante, y de tal modo que, su no vuelven a sus sentidos, quiero ser tan odioso a sus ojos como pueda. Y la razón es que cuanto mejor los conozco tanto más me asusta pensar lo que el mundo sufrirá por su culpa”.

Enrique VIII se proclama Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra y Moro queda bajo sospecha. El libro recoge su única carta a Elizabeth Barton (una monja que sería ejecutada como traidora) y varias a Thomas Cromwell y al rey Enrique VIII (marzo de 1534) en el que le pide que estime de alguna manera “la sencillez de mi honestidad”. Me ha gustado, de la carta de Simon Grynaeus a su hijo John Moro la siguiente descripción: “Tal era su amor por las humanidades que encontraba tiempo en sus ocupaciones públicas y privadas para tener largas conversaciones conmigo”.

El lunes 13 de abril de 1534, Tomás Moro fue llevado a la Torre de Londres y nunca más regresaría al pequeño paraíso familiar de Chelsea. En la primera carta desde la Torre (la nº 12) a su hija Margaret, deja claro que su negativa a aceptar el juramento no era fruto de la terquedad intelectual ni del fanatismo religioso, sino una decisión de su conciencia largamente sopesada. El texto recoge ocho cartas de Tomás Moro a su hija Margaret Roper y tres de ella. Alice Alington (hija de la segunda mujer de Moro) le cuenta a su hermanastra Margaret una fábula de Esopo para demostrarle que su padre “no debería ser tan escrupuloso de conciencia”. La fábula es la siguiente: “Érase un país en donde casi todos los habitantes eran tontos, salvo unos pocos que eran sabios. Y éstos, por su sabiduría, supieron que iba a caer una gran lluvia que haría tontos a todos los que por ella se mojaran o ensuciaran. Ellos, viendo esto, hicieron cuevas bajo tierra hasta que pasó la lluvia. Salieron luego pensando hacer con los tontos lo que a ellos les gustara, y gobernarlos a placer. Pero los tontos no quisieron nada de eso, sino que se gobernarían a sí mismos, con su poca maña. Y cuando vieron los sabios que no podrían obtener su propósito, desearon haber estado bajo la lluvia y haberse ensuciado sus vestidos con los tontos”. Tomás Moro responde a través de su hija Meg: “Si esos sabios al salir después de la lluvia al encuentro de todos los hombres necios desearon también ser necios porque no podían gobernarlos, me parece entonces que la lluvia fue tan torrencial que, a través de la tierra, penetró en sus cuevas y cayó sobre sus cabezas, llegando a mojarles la piel, y haciéndoles más tontos que los que se quedaron afuera. Pues, si hubieran tenido una pizca de seso, habrían visto que, aun si hubieran sido también necios, eso no hubiera sido suficiente para hacerlos gobernantes de los otros necios, así como tampoco habría mayor razón para que éstos gobernasen sobre ellos, y de entre tantos necios, sería imposible que a todos les fuera dado gobernar. El que anhelaran tanto llevar el gobierno entre necios que, para conseguirlo, hubieran perdido gustosos sus sesos, volviéndose tontos también, muestra que la lluvia de necedad les había mojado, y bien. Verdaderamente, si antes de que viniera la lluvia pensaron que los demás se harían necios, y entonces fueron ellos mismos tan necios que desearon, o tan locos que pensaron que era su deber, siendo tan pocos, gobernar entre tantos tontos, sin siquiera tener seso para considerar que no hay nadie más ingobernable que quienes carecen de inteligencia y son estúpidos, en ese caso, esos sabios del cuento eran necios de remate eran necios antes de que llegara la lluvia”. Y remata: “No soy Edipo, soy Moro” (loco, en griego).

“Me propongo no depender de la fama del mundo”, le escribe Tomás Moro al Sr. Leder, vicario de Ware (carta nº 25), que tal vez había escuchado el rumor de que Moro había capitulado. Las dos últimas cartas son a Antonio Bonvisi, “el mejor amigo de todos los amigos, y para mí, merecidamente, el más querido”, en la que proclama: “la felicidad de una amistad tan fiel y tan constante, en contra de los adversos vientos de la fortuna, es una rareza y, sin duda, un regalo noble y augusto que procede de una especial benevolencia de Dios”. Y la última carta, a Margaret Roper: “Hija mía, nunca me ha gustado tanto tu conducta conmigo como cuando me besaste la última vez, porque me agrada ver cómo la caridad tierna y el amor filial no tienen tiempo de considerar la cortesía mundana”. El amor es más poderoso que la muerte.

Excelente este libro epistolar que recoge, en las notas de la carta 16 (“A todos mis amigos”) la famosa descripción de Erasmo sobre Tomás Moro: “Parece haber nacido y haber sido hecho para la amistad; nadie tiene un corazón más abierto y sincero para hacer amigos o mayor tenacidad para conservarlos. Ni tiene miedo alguno de aquella plétora de amistades contra la que Hesíodo nos advierte. Para todos tiene abierto el camino a un lugar seguro en su afecto. En la elección de los amigos no es difícil de complacer; en sostener la amistad es el más flexible de los hombre; y en mantenerla el más indefectible. Si por cualquier circunstancia ha escogido a uno cuyas faltas no puede enmendar, espera a que se presente una oportunidad de soltarse, desatando el nudo de la amistad en lugar de romperlo. Cuando se encuentra con gente de su gusto, abierta y franca, goza tanto de su compañía y conversación que uno pensaría fuera para él el placer más grande en la vida”. ¡Qué gran modelo de conducta!

Este texto me ha traído deliciosos recuerdos de cuando un servidor investigaba sobre Tomás Moro, Erasmo de Rótterdam, el Cardenal Cisneros, Carlos V, Luis Vives… en esa “edad de oro de la intelectualidad europea” para el libro El triunfo del Humanismo. Lástima que Lutero, Calvino, Trento, Enrique VIII e Isabel I, Felipe II, acabaran con todo aquello. Reeleré estas navidades Utopía y volveré a ver la película Un hombre para la eternidad.

Desgraciadamente, la envidia sobre la admiración sigue de moda. Mi amigo Gabriel Masfurroll titula su columna sabatina en Marca, Pep, “’you’ll never walk alone’. Se refiere a las injuriosas críticas sobre Guardiola y el viaje del Barça a Pamplona de esta semana. “Aquí la envidia es el deporte nacional”, escribe Gabriel. “Hay que criticar, menospreciar, difamar, confundir. Mancha, que algo queda”. Cita a nuestro querido amigo José Antonio Marina, que “detesta al que no admira a nadie y critica al que admira a quien no merece” porque “el respeto es la respuesta adecuada ante la dignidad. La admiración es el reconocimiento ante lo superior, sin envidia ni mezquindad. Ese sentimiento me parece necesario para el progreso de una sociedad. Una sana democracia defiende la igualdad pero premia la excelencia. Una sociedad incapaz de admirar, que sospecha de todo lo bueno, lo más probable es que se hunda en un desprecio generalizado y suicida”.

Mi agradecimiento a todos los grandes hombres a los que admiro: Erasmo, Tomás Moro, Luis Vives, y también mis amigos contemporáneos, como José Antonio Marina y Gabriel Masfurroll. Cuentan con la profundidad de su pensamiento y la sencillez de su honestidad.