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martes, 9 de noviembre de 2010

De Platón a Lacan... y a Llach

Segunda jornada del Master Internacional en Fundesem, con profesionales provenientes de Venezuela y de Colombia. Hemos trabajado las siete actividades de liderazgo, con ejemplos prácticos de cómo resolver dilemas de liderazgo, la relación entre el liderazgo y ser un equipo de verdad y las claves del liderazgo capacitador. Mi agradecimiento a todos y cada uno de los participantes en este programa, desde Juan Carlos a Willyenis (tal como estaban sentados hoy), pasando por Adriana, Hugo, Rafael, Alexi, Juan Manuel y todos los demás. Ha sido un placer y un disfrute trabajar hoy con todos vosotros y espero que nos volvamos a ver muy pronto.

En el aeropuerto y en el vuelo de vuelta a Madrid, he estado leyendo El amor puro. De Platón a Lacán, de Jacques Le Brun, director de estudios de la École practique des hautes études. « ¿El amor puro ? Un amor incondicional cuyo último criterio sería el rechazo de toda recompensa, un amor que encontraría su goce en la ruina de todo goce y ocasionaría junto a la pérdida de sí, la pérdida del amor e incluso la pérdida de Dios”.

El autor parte de François Fenélon (cuyas obras ha editado) y en particular de su Sobre el puro amor. Se remonta Fenélon de Cicerón a Sócrates y se centra en Platón y en su Banquete: “Hay algo más divino en quien ama que en el que es amado”. El amor platónico, “doctrina de Sócrates”, es divinización e inspiración. “El amor diviniza al hombre, lo inspira, lo transporta”.

En el siguiente capítulo, se fija en Moisés (que aplacó a Dios tras el incidente del becerro de oro) y a San Pablo (Epístola a los Romanos). “Gozar” o “utilizar” (está en San Agustín): hay utilidad en todo goce. Y después se centra en la pasión de Gisélidis (una figura que aparece en el Decamerón de Bocaccio, a través de Petrarca y llega al siglo XVII, a Perrault) y en el emblema del amor puro, Caritée: “Una mujer con una antorcha y un cántaro en las manos para apagar el infierno y derretir el Paraíso”, cantado por la mística Râbià al-Adawwiyya en el siglo VIII:
Te amo con dos amores, amor (interesado) en mi felicidad,
Y amor (perfecto, deseo de darte aquello) de lo que eres digno.
En cuanto al amor de mi felicidad, es que yo me ocupe
En pensar sólo en ti, con exclusión de Todo lo otro.
En cuanto al otro amor (por Tu bien), del que eres digno,
Es (mi deseo) que caigan Tus velos y que yo Te vea.
No hay gloria alguna para mí, ni en uno ni en el otro (amor),
Ah no, sino loas a Ti, tanto en éste como en aquél.

Fénelon (1651-1715) se encuentra con Madame de Guyon e “inventan el puro amor”. Se transforma “sin cesar de claridad en claridad, es decir, de amor en amor”. El amor puro de los místicos y de Fénelon resurge en la moral kantiana, en los Fundamentos para una metafísica de las costumbres (1785): la autonomía de la voluntad y en la Crítica de la razón práctica (1788): el supremo bien. En Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación: la vida de acuerdo a la razón no es “vida dichosa”. En Leopold von Sacher-Masoch: El Amor de Platón (1870): una reflexión sobre la felicidad. En Henri Bremond: Para la historia del problema del amor en la edad media (1908) y en el padre Pierre Rousselot: “todo hombre desea ser feliz”. Es la concepción “extática” (de éxtasis): frente al amor de codicia, amor de benevolencia.
De ahí a las críticas de Freud entre 1920 y 1930: Mas allá del principio del placer, El Yo y el Ello (1923)… Y los seminarios de Lacan: La ética del psicoanálisis (1959-1960) y La transferencia (1961).

Un libro de filosofía muy interesante. Particularmente, no me gustaría quedarme en Lacan, sino en Lluis Llach y en su Amor particular (http://www.youtube.com/watch?v=LsIBN644npQ), una de las canciones preferidas de Pep Guardiola, cuya letra recogemos en Mourinho versus Guardiola. Dos métodos para un mismo objetivo:

Cómo podría decírtelo
para que me fuese sencillo, para que te fuese verdad,
que a menudo me sé tan cerca de ti, si canto,
que a menudo te sé tan cerca de mi, si escuchas,
y pienso que nunca me atreví a decirte siquiera,
que debería agradecerte todo el tiempo que hace que te quiero.
Que juntos hemos caminado,en la alegría juntos,
en la pena juntos,
que a menudo has llenado la vaciedad de mis palabras
y en nuestra partida siempre me has dado un buen juego.
Por todo esto, y por lo que te escondo,
ahora quiero agradecerte todo el tiempo que hace que te quiero.
Te quiero, sí,
tal vez con timidez, tal vez sin saber quererte.
Te quiero, y te soy celoso
y lo poco que valgo me lo niego, si me niegas la ternura;
te quiero, y me sé feliz
cuando veo tu fuerza que empuja y se rebela.
Que yo, que yo...
Que pasarán los años,
llegará nuestro adiós, y así ha de ser,
y me pregunto si hallaré el gesto correcto,
y sabré acostumbrarme a tu ausencia.
Pero todo esto ya será otra historia,
ahora quiero agradecerte todo el tiempo que hace que te quiero.
Te quiero, sí,
tal vez con timidez, tal vez sin saber quererte,
te quiero y te soy celoso
y lo poco que valgo me lo niego, si me niegas la ternura;
te quiero, y me sé feliz
cuando veo tu fuerza que me empuja y se rebela.
Que yo, que yo, que yo, que yo...
Te quiero...