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sábado, 14 de agosto de 2010

¿Elogio del chisme?

Esta tarde hemos ido a ver en los Multicines de Puerto Banús la película Killlers, una comedieta de verano a la mayor gloria de Ashton Kurchner (que es quien la produce, además de protagonizarla). Una mezcla de Los padres de ella (aquí el padre es Tom Selleck y no Robert de Niro), Misión imposible 3 (chica joven y guapa -Katherine Heigl- casada con agente de la CIA sin saberlo) y Sr. y Sra. Smith (los dos, a tiros contra el mundo). Y después cenita al aire libre, en una combinación de Asadores Segovianos y Cocedero Banús: ensalada césar y fritura malagueña.

He leído en Babelia (las paginas de artes de El País) de este sábado el artículo de Javier Gomá Lanzón Yo la adoro, pero… (elogio del chisme), que es el siguiente:
"Un índice del nivel cultural de un país es la calidad de las conversaciones sociales que mantienen sus ciudadanos por puro pasatiempo. El tiempo pasa quieras que no y el pasatiempo es aquello que torna ese pasar inexorable en algo deleitoso. La conversación de recreo, entre familiares y amigos, durante comidas y cenas, en la terraza de un bar sobre el asfalto o a la aireada orilla del mar, es, por el placer que produce, la forma suprema de entretener nuestros ocios. ¿Todos los países conversan igual? Yo creo que no y me temo que, en perspectiva comparada, la conversación española, por regla general, no pica muy alto. Al menos entre los hombres, cuyos temas versan normalmente sobre deportes, política, negocios, trabajo y mujeres. En tanto que éstas, las mujeres, además de pedirse mutuamente consejo sobre cuestiones prácticas -consecuencia de soportar aún hoy la mayor parte del peso de la casa y la organización familiar-, llevan con mucha más frecuencia esos temas de conversación amistosa hacia materias personales, íntimas y confidenciales. Si, en una reunión de hombres, uno inicia un argumento, por liviano que sea, sobre estas peliagudas arenas movedizas, al punto cae sobre él la tacha de "intenso", afectado o pedante. Posiblemente sea España el país con el menor número de pedantes de todo el mundo, porque una policía de lucha antipedantería está aquí siempre vigilante para que nadie escape a las pautas de roma conversación masculina. En cambio, las mujeres se intercambian noticias reservadas, abren su corazón a la amiga, comparten sus experiencias vitales y critican, critican mucho. Para introducir su crítica, usan una fórmula ad cautelam: "Yo adoro absolutamente a X (nombre de una amiga o conocida), pero...", y a continuación censuran algo del modo de ser de la aludida o de su comportamiento reciente. Dirán que, echándomelas al principio de feminista, al final me ha traicionado mi machismo recalcitrante que perpetúa roles tradicionales entregando a las mujeres al feo vicio del comadreo. Eso sería cierto si pensara que criticar es un ejercicio perverso, como de hecho parece creerlo la mayoría de la gente al mismo tiempo que lo practica con fruición. Pero yo tengo graves razones filosóficas para esbozar una apología del arraigado hábito de criticar a nuestro prójimo. Por supuesto, no me refiero a la maledicencia, la calumnia y la difamación, modos degenerados de la buena crítica; y, cierto, criticando a terceros nos arriesgamos a perjudicar famas y nombres.

Eppur...
Y, sin embargo, la crítica -el juicio que nos merecen los ejemplos de conductas y estilos de vida ajenos- constituye la única vía posible de aprendizaje moral. Esto se debe a la peculiar naturaleza de la verdad moral, tan distinta de la lógica o científica. Si queremos conocer una ley de la naturaleza, debemos estudiar las proposiciones conceptuales o matemáticas en las que viene enunciada; si quiero aprehender la esencia de una mesa, las mesas fenoménicas de mi experiencia sólo son andaderas que me elevan hacia su Idea y, comprendida ésta, los ejemplares empíricos de ella nada añaden a mi comprensión; la manzana que cae del árbol es un ejemplo de la ley de la gravedad, pero la concreta manzana que golpeó la peluca empolvada de Newton es irrelevante. ¿Sucede lo mismo con la verdad moral? Deseando comprender o que otro comprenda la esencia de la valentía, ¿echaré mano del diccionario o la enciclopedia para leer allí su definición? Seguro que no, porque, para cuestiones morales, la definición lógica no agota ni de lejos toda la verdad moral, la cual se revela en toda su plenitud exclusivamente a través de la concreción empírica del ejemplo: lo que la valentía sea se aprehende sólo mediante la intuición contenida en un ejemplo tangible de valentía, no a través de los tratados discursivos, porque sólo el ejemplo propone a la intuición del hombre, con evidencia sensible, la esencia de la acción enjuiciada. Aquí el ejemplo de la valentía pertenece a la esencia de la valentía, no funciona como la manzana de Newton. El entero aprendizaje moral del hombre, en fin, depende de un continuado juicio crítico sobre los ejemplos significativos que nos rodean.

En consecuencia, hay que criticar al prójimo, siempre y sin cesar (por una vez el deber coincide con la inclinación humana). La crítica -el cotilleo, las hablillas, el chisme- no sólo sazona el a veces rancio bocado de la vida, sino que es el vehículo privilegiado de acceso a la moralidad, pues sólo en el ejemplo criticado -la conducta de un tercero- comparece ante mí la virtud, presente o ausente, y se me hace intuible en su indefinible esencia. Imaginemos la primera cita de una pareja que desea conocerse mejor. Para ese fin, no le preguntará uno al otro si le agrada lo bueno, bello y honesto que hay en la vida, porque la previsible contestación positiva apenas permite avanzar en ese conocimiento. El momento decisivo de la conversación sobreviene al concretar los ejemplos donde se materializan dichas cualidades abstractas: un hecho histórico, un libro, una película, una canción; y, con especial intensidad, los ejemplos personales: amigos comunes, notoriedades públicas, políticos. Nuestra sentimentalidad, el hondón de nuestra alma, no se deja conocer directamente sino sólo por vía refleja, proyectándose sobre quienes son objeto de nuestros juicios morales.

Sócrates iba por las calles de Atenas preguntando qué es la virtud y se enredaba en interminables conversaciones con sus conciudadanos, que al final le costaron la vida exhibiendo un ejemplo imborrable de aquello mismo que preguntaba. Pero hemos visto que su interrogación estaba mal formulada, porque debía haber inquirido no qué es la virtud sino quién la encarna. Si, encontrándome con él en una de aquellas escenas que narra Platón, Sócrates me hubiera dirigido su conocida pregunta, yo le hubiera replicado: 'Yo te adoro, Sócrates, pero... la virtud eres tú'."

Me ha resultado extraño este artículo estival del autor de Ejemplaridad pública y director de la Fundación March. Estoy de acuerdo en que la calidad de las conversaciones sociales es un índice del nivel cultural de un país (y del clima y la cultura de una empresa). Creo que mayormente criticar suele ser la verbalización de la envidia, algo culturalmente tan nuestro, que elimina el mérito. Se debe hablar de la virtud y de quien la encarna, desde la admiración, desde el sano orgullo, y no desde la crítica.
Os pondré un ejemplo. El otro día, en una cena, una señora muy madridista junto a su marido, muy amigo, que también es “merengue”, me espetó: “¿Tú no odias a Guardiola?” (dando a entender claramente que ella sí). Evidentemente, no sabía quiénes son los autores del libro Liderazgo Guardiola, que también está funcionando y que tantas alegrías nos ha dado a Leonor Gallardo y a un servidor. Y continuó: “Es que yo lo veo muy falso, no sé”. Aproveché para cambiar de conversación.

Muy probablemente, si en lugar de criticar lo nuestro y enredarnos en chismes, nos dedicáramos a lo positivo y a lo práctico, nuestra economía estaría creciendo al ritmo de la locomotora alemana. Últimamente, estoy viendo algunos telediarios y programas de aquel país (aunque no entienda el idioma) y a fe que nos cotilleos lo que muestran a su audiencia.

Mi agradecimiento de hoy a todos los que habéis leído el borrador de El Mundial de La Roja. Os lo que he agradecido personal e individualmente y también quiero hacerlo aquí.

2 comentarios:

Paco dijo...

Sr. Cubeiro,

Ya que está en Marbella quisiera recomendarle (como Marbellero que soy) que no deje de visitar el restaurante Areté, situado en los bajos del edificio Mediterraneo en pleno

paseo marítimo. Su cocina está a la altura de su nombre que como sabe es un de los conceptos cruciales de la Antigua Grecia, y sus precios muy por debajo. Además de las

excelencias culinarias podrá disfrutar de una tertulia de alto nivel. Sus propietarios: la doctora Mª.Carmen Cuevas y su marido el psiquiatra Agustín arroyo estarán encantados de

recibirle. Yo soy un buen amigo de ambos y un buen cliente que al igual que Platon y Aristóteles busco siempre la areté y la encuentro en Areté.

www.restaurantearete.com

Un saludo,

Paco

Juan Carlos Cubeiro dijo...

Gracias, Paco, por el consejo.
Lástima que no lo haya leído a tiempo, pero me lo apunto.

Que el restaurante se llame Areté me parece de lo más sugerente. La excelencia, la virtud, el ideal de los antiguos griegos. Tuve una empresa de consultoría llamada Areté de 1992 a 1995.

Me apunto también la página web y los nombre de tus amigos, la Dra. Mª Carmen Cuevas y su marido el psiquiatra Agustín Arroyo para saludarles en cuanto vuelva a Marbella.

Un abrazo y gracias de nuevo,

Juan Carlos