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miércoles, 18 de agosto de 2010

El Reino Blanco

Estos son días
especialmente indicados
para leer poesía.

Ayer encontré en El Tranvía (la librería del Moda Shopping) El Reino Blanco, el último libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca. Profesor de Investigación en el CSIC, Luis Alberto recoge en este libro noventa poemas escritos en su gran mayoría entre 2006 y 2009. Su último libro de poemas, La vida en llamas (2006) también fue publicado por Visor. El Reino Blanco forma parte de la colección Palabra de Honor, que dirigen Luis García Montero y Jesús García Sánchez.

Tengo un especial cariño y admiración por Luis Alberto. Es uno de nuestros grandes pensadores. Fue muy generoso concediéndome el prólogo de mi libro Leonardo da Vinci y su Códice para el Liderazgo, en el que escribió: “Se han publicado muchos libros sobre Leonardo, pero en ninguno he visto tan vivo al maestro como en éste.” Desde entonces, hace cuatro años, son escasas las ocasiones en las que he podido disfrutar con este genio de la poesía, la traducción y la crítica literaria diálogos profundos cara a cara. La esperanza es lo último que se pierde.

El Reino Blanco (título que toma de un texto de Marcel Schwob, sobre un reino rojo, un reino negro y un reino blanco), se divide en diez epígrafes: Sueños, Hojas de otoño, Puertas y paisajes, Quince haikus asonantados y cinco seguidillas fetichistas, Tríptico de Foxá, Caprichos, Homenajes, El cuervo, Recuerdos y Paseo vespertino.

Maravilloso lo que provoca la poesía de LAC en nuestra alma. De esos noventa poemas, sin prescindir de ninguna de ellos, me quedaría con dos haikus: I love you y Tempus non fugit, un Paisaje: La Venus de los tacones y el poema que cierra el libro: Cadena Perpetua.

I LOVE YOU
Me lo dijeron
con la voz de tus ojos
el mar y el viento.

TEMPUS NON FUGIT
Reloj de arena.
Me subo a tu cintura
y el tiempo cesa.

LA VENUS DE LOS TACONES
Me han regalado en el bazar del sueño
estos zapatos para ti: la punta
traspasaría yelmos y corazas
si sirviera de flecha, y el tacón,
con sus quince centímetros, podría
clavarse en tu garganta sin que apenas
brotara sangre. Tiéndete en el suelo,
cierra los ojos, pierde la memoria
e intenta no pensar y no sentir,
que quiero pasear el Minotauro
de mis tacones por tu laberinto.


CADENA PERPETUA

Cortaron el silencio con suspiros, jadeos,
susurros de la ropa al caer por el suelo.

Se dijeron palabras que nunca se habían dicho,
palabras enemigas del tiempo y del olvido.

Y fueron cuidadosos, y atentos, y sensibles
el uno con el otro, y se sintieron libres

en su mutua cadena perpetua de caricias,
tan libres como nunca lo fueron en su vida.

Y de repente, el mundo se eclipsó para ellos
durante un breve instante que les pareció eterno.


Creo que mi manera particular de practicar la meditación es leer poesía. Gracias, Luis Alberto, por un libro tan imprescindible para la mente y el corazón. Gracias a los grandes poetas españoles que tenemos junto a nosotros, que nos abren la puerta de la percepción para mostrarnos que es infinita.