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domingo, 4 de abril de 2010

El centenario de la Gran Vía

Hoy la Gran Vía de Madrid cumple 100 años. El 4 de abril de 1910 a las 11 de la mañana S.M. el Rey Alfonso XIII dio el primer golpe de piqueta. Se derribaron más de 300 edificios para unir los barrios de Salamanca y Argüelles y no se terminó hasta casi la Guerra Civil. A cada tramo se le dio un nombre (Eduardo Dato, Pi y Margall, Conde de Peñalver) hasta que, durante la II República, se llamaron Avenida de México, Avenida de Rusia y Avenida de la CNT; en tras la guerra civil, Avenida de José Antonio. En 1981, con el Alcalde Tierno Galván (“el viejo profesor”), se convirtió en Gran Vía.
Todos los periódicos de la capital le han dedicado artículos al centenario. En la contraportada de La Razón, entrevista al gran Alfredo Amestoy (Bilbao, 1941), Presidente de la asociación de amigos de la Gran Vía: “Corre el riesgo de convertirse en Benidorm. Era señorial y se ha abaratado”. Ayer este periodista de raza, maestro del oficio, fue entrevistado en el programa La Noria de Tele 5. Otro nivel. En esta entrevista, AA dice que la Quinta Avenida no permitiría mendigos y prostitutas (los mendigos de la Gran Vía “pertenecen a mafias que se reparten las esquinas”). Dice del alcalde de Madrid que “no sabe qué hacer con la Gran Vía”. Y añade: “Los monólogos son la metáfora de la crisis: un hombre hablando solo. Y además es barato”. Lo mismo que opina mi amigo Juan Luis Galiardo, que está a cuatro días de estrenar El avaro de Moliére. Le deseo el mayor de los éxitos; se lo merece como pocos.
El País ha optado por llevar a la Gran Vía al genial pintor Antonio López, que la pintó durante cinco veranos (1975-1980): “Enrique Gran dio la definición: Es tan real como una enfermedad”. Y Rafael Moneo, el único Premio Pritzker español, la recorre. La Gran Vía la inicia el Edificio Metrópolis (Alcalá, 39), con cúpula de pizarra y victoria alada. En la zona de Red de San Luis, el Edificio Telefónica (Gran Vía, 28) fue el primer rascacielos contruido en Europa (1926-1929), con más de 89 metros y 14 plantas. El edificio Madrid-París (Gran Vía, 32) fue sede de unos grandes almacenes y ahora lo es de la cadena SER. La Casa Matesanz (Gran Vía, 27) tiene un estilo importado de Chicago y el Palacio de la Música (Gran Vía, 35). En la plaza del Callao, el Cine Callao (1926-1927), cine, discoteca y oficinas, el Palacio de la Prensa (Gran Vía, 46) y el Edificio Carrión (Gran Vía, 41), inspirado en Nueva York, alberga el cine Capitol, hotel, cafetería, restaurante y sala de fiestas. Hacia la plaza de España, la zona con más cines y locales de ocio, con el edificio Coliséum (1931-1933). En la misma plaza, la Torre de Madrid (1954-1960), que fue el rascacielos de hormigón más alto de Europa durante siete años. “Siempre me ha interesado más la vida de la Gran Vía que su arquitectura”, ha dicho Moneo.
El Mundo también le dedica un especial a la Gran Vía y entrevista al dramaturgo Ignacio Amestoy (hermano de Alfredo): “la Gran Vía es el pulmón, Sol el corazón y la M-30 las arterias”. En ABC, Alberto Ruiz Gallardón escribe en la Tercera, El triunfo de la modernidad: “La Gran Vía encarna, desde el momento mismo de su concepción, y durante su desarrollo posterior hasta finales de los años veinte, el triunfo de la modernidad, gracias a la visión y la audacia de aquellos que supieron poner el Ayuntamiento de Madrid al servicio de una empresa renovadora que habría de preparar la ciudad para los retos que el nuevo siglo le tenía reservados.”
Esta Gran Vía centenaria me trae un montón de buenos recuerdos. De estudiante universitario, solía ir a la Academia Foro que estaba en la Red de San Luis. Mi padre trabajaba en el grupo Caja Territorial, en un edificio que hoy es hotel… Muchas veces he ido al cine (la primera película de Zoe, cuando tenía 2 años, fue una premier en el Palacio de la Música), a comprar libros a La Casa del Libro, la FNAC o EL Corte Inglés, a disfrutar de musicales, a ir de copar en mis años mozos…

Del resto de la prensa, me quedo con el análisis de Sara Lee en España (se queda con Cafés Marcilla y Bimbo), el artículo de Vidal Maté en El País Negocios; en el mismo suplemento, el artículo de Guillermo de la Dehesa, Los efectos de la falta de confianza: “La confianza es el elemento clave del funcionamiento de una sociedad y de una economía”. Del suplemento de Economía de El Mundo, destacaría la entrevista a Jean Azéma, Consejero Delegado de Groupama: “El contexto económico actual penaliza a España” y el artículo de C. Llorente sobre Leche Pascual, “obligada a crecer para sobrevivir”.

Y por supuesto, tres fenómenos:
- El Córner Inglés de John Carlin: Messi y Maradona en el diván. De nuevo, la centralidad del entrenador. “¿Será consciente Maradona del impacto destructivo que está teniendo sobre Messi, y sobre sí mismo como entrenador?” “Que se fije en Pep Guardiola, el entrenador del Barça, que mima a Messi en privado, seguro, y en público no deja a) de elogiarle; b) de recordar que el peso de los resultados recae en todo el equipo, no sólo en él.
- Eduard Punset, en Excusas para no pensar (XL Semanal): Los niños aprenden hoy a focalizar la atención, la gestión de las emociones, la resolución de conflictos y la compasión/el altruismo.
- Borja Vilaseca, en El País Semanal: “¿El enemigo está fuera o dentro?”. Mi admirado Borja cita a William Shakespeare: “Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo, no sea que te chamusques a ti mismo” y nos propone un libro (Transformar la ira en calma interior, de Mike George), una película (Crash, de Paul Haggis), una canción (La danza del fuego, de Mago de Oz), así como un proverbio chino: “Ámame cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito”.

Esta mañana he estado viendo El concierto, del director rumano afincado en Francia Radu Mahielaunu. Una película amable sobre el poder de la música y de la redención. El argumento es el siguiente: “En su juventud Andreï Filipov fue un consumado maestro musical, prodigioso director de la orquesta del mítico Teatro Bolshoi de Moscú. Pero, treinta años atrás, fue consifderado un enemigo del pueblo por negarse a expulsar a los judíos que había en su orquesta. La consecuencia de esa 'insurrección' fue el desmantelamiento inmediato del grupo y la caída en desgracia de todos los instrumentistas. Humillado, Filipov es en la actualidad quien pasa la fregona en el teatro, mientras que sus compañeros músicos, entre ellos su mejor amigo, el violenchelista Sacha, han salido adelante trapicheando en trabajos de poca monta, viviendo prácticamente en la miseria. Sin embargo, por casualidad, mientras limpia el despacho del actual director del Bolshoi, cae en manos de Filipov un fax procedente de París en el que invitan a la orquesta para tocar en el espléndido Théâtre du Châtelet. El antiguo músico idea rápidamente un plan: reunir furtivamente a sus antiguos compañeros y hacerse pasar por la verdadera orquesta del Bolshoi para celebrar en París su primer concierto en tres décadas.”