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martes, 30 de marzo de 2010

La prosperidad del mal

Daniel Cohen, VP de la Escuela de Economía de París y editorialista de Le Monde, ha publicado La prosperidad del mal (en el original francés, La prosperidad del vicio). El vicio al que se refiere el profesor Cohen, el pecado capital que causa la prosperidad, no es la avaricia, sino la envidia.

Desde la noche de los tiempos hasta el siglo XVIII, la renta media de la humanidad estaba estancada, porque todo progreso económico acarreaba casi simultáneamente un crecimiento demográfico (la llamada “ley de Malthus”). Cantillon dirá a mediados del XVIII que cuando los hombres no están apremiados por el hambre se reproducen “como ratas en un granero”. “La ley de Malthus invalida las categorías habituales del bien y del mal. La vida en Tahití, por ejemplo, es paradisíaca, pero eso gracias a una dosis elevada de infanticidio. Más de dos terceras partes de los recién nacidos eran eliminados inmediatamente ahogándolos, estrangulándolos o rompiéndolos el cuello. En efecto, todo lo que contribuye a incrementar la mortalidad resulta ser bueno porque reduce la lucha por las tierras disponibles. Por el contrario, la higiene pública se vuelve contra las sociedades que las respetan. Si el europeo es en promedio más rico que el chino a principios del siglo XVIII es porque es sucio. Para mayor beneficio suyo el europeo no se lava, en tanto que el chino o el japonés se baña siempre que puede. Los europeos de cualquier clase social no tenían nada que objetar ante el hecho de tener un retrete contiguo a sus viviendas a pesar de los problemas de olor. Los japoneses son en comparación modelos absolutos de limpieza. Las calles se lavan con regularidad, antes de entrar en casa se quitan los zapatos… Eso explica que sean más numerosos y más pobres. Es el reino de la prosperidad del vicio.”
En el año 1000, India y China tenían el 50% de la población y la riqueza mundiales (Europa, el 10%). Francis Bacon consideraba que los tres descubrimientos fundamentales del mundo moderno fueron la brújula (para la navegación), la imprenta (para el intercambio de ideas) y la pólvora (para la guerra). Tres inventos chinos. ¿Por qué China no tuvo un Copérnico, un Descartes, un Galileo, un Newton? Tras la invasión de los mogoles en el XIV, China se cierra en sí misma. Europa inventa el Estado-nación, a medio camino entre la ciudad (la polis como Atenas, la ciudad-estado como Florencia o Venecia) y el Imperio (Carlomagno, Roma). Aunque domine en un momento dado (España, Inglaterra, Francia, Holanda), ninguna potencia europea conseguirá imponerse como Imperio.
La ley de Malthus (que convirtió a la economía en una “ciencia lúgubre”) tiene un corolario: trabajar mucho no compensa. Los cazadores-recolectores ganaban tanto como los obreros ingleses de la primera industria, pero trabajando muy poco. A comienzo del siglo XIX un obrero trabajaba diez horas al día y 300 días al año. Los huis de Venezuela trabajan dos horas al día. La transición demográfica (según el autor, iniciada en Francia) significa pasar de 10 hijos por mujer a los dos o menos actuales (1'85 en todo el mundo en 2050).
La revolución industrial provocó una respuesta maltusiana: la población inglesa pasó de 7 millones en 1701 a 8’5 millones en 1801 y a 15 millones en 1841. Sin embargo, la renta per capita crece un 10%. La respuesta no está en un mejor aprovechamiento de la tierra (que siga la ley de rendimientos decrecientes) sino en la exportación de bienes industriales a cambio de productos agrícolas. “Si la falta de esclavos puso su firma en la decadencia del Imperio romano, es la abundancia de la esclavitud africana la que permitirá el auge del Imperio británico”.
La industria sigue la ley de rendimientos constantes, si bien el capital explota al trabajo. “A este niño mío cuando tenía siete años solía llevarle a cuestas a la fábrica, ida y vuelta, a causa de la nieve, y casi siempre trabajaba dieciséis horas. No pocas veces me arrodillaba para darle de comer mientras estaba ante la máquina, pues no debía abandonarla ni interrumpir su trabajo” (testimonio de una madre que recoge Karl Marx en El Capital). Sin embargo, como han demostrado Paul Romer y Robert Lucas, cuanto más desarrollan los mercados, más interesante resulta innovar. La propia riqueza se autoalimenta y los rendimientos son crecientes.
La I Guerra Mundial es consecuencia de la prosperidad; la II Guerra Mundial, de la crisis (el crac del 29). “La moral, la política, la literatura y las religiones se han unido en esta gran conspiración: la creación del ahorro. Un hombre rico irá finalmente al Reino de los Cielos con tal de que haya ahorrado”, escribe Keynes en los años 20. Tras la II GM, ocurre lo que en Francia se ha llamado “Los 30 Gloriosos”. El paso de la agricultura a la industria y de ésta a los servicios. Por cierto, el autor no menciona el Plan Marshall. En 1945, el nivel de vida de los franceses era un 35% del de EEUU; en 1975, era del 75%. Francia creció al 5% anual y EEUU al 2’5%.
Estado del bienestar: en noviembre de 1940 encarga a Beveridge que analice el papel del Estado tras la guerra, para que luche contra “los cinco azotes de la humanidad: la enfermedad, la ignorancia, la dependencia, la decadencia y la infravivienda”. Cohen compara la sanidad europea con la de EEUU. Allí el gasto en sanidad es del 15% del PIB (un 50% más que a este lado del Atlántico), en tanto que 47 M de estadounidenses carecen por completo de cobertura social.
La riqueza no da la felicidad. La felicidad es cuestión de solidez financiera, de familia y de salud (por este orden, según las encuestas). La riqueza no da la felicidad porque el consumo es una droga (procura placer efímero, pero su falta genera desesperación). Es la envidia, respecto a la felicidad, la que mueve el mundo. “Por envidia o por un sueño, cada uno ajusta sus aspiraciones a las de su grupo de referencia”.
La pasión: Para juzgar el comportamiento de los hombres “hay que tener en cuenta el papel de la pasión, incluso en aquellos asuntos en los que se supone que sólo obedecen al interés” (cardenal de Retz). Quienes hemos visto “El secreto de sus ojos” de Campanella, Óscar y Goya a la Mejor película extranjera, recordamos la escena de la pasión y el fan de Racing de Avellaneda.
China está siguiendo, a juicio de Cohen, la misma estrategia del “milagro japonés”: moneda sistemáticamente infravalorada (exportación), educación intensiva (en 2025 más chinos hablarán inglés que en el resto del mundo) y tasas de ahorro del 50% (consumismo, pero altos márgenes). China es “una nueva plutocracia”, cuyo factor de crecimiento es el enriquecimiento personal. India es otra cosa. Según McKinsey, se divide en 1’2 M de familias muy ricas, 40 M de familias con estándares occidentales de consumo, 110 M de familias con una renta entre 1.500 y 4.000 $/año (miseria) y los parias, la mayoría del país.
Daniel Cohen finaliza con dos ideas importantes: la tecnología permite rendimientos crecientes y el peligro del crac ecológico (como le pasó a otras civilizaciones: la sumeria, la maya). En el cibermundo, el capitalismo inmaterial, Europa está retrasada respecto a EEUU. En la sociedad del espectáculo, en el star system, “the winner takes it all” (el ganador se lo lleva todo). Muchos artistas, muchos futbolistas, muchos periodistas, cobran sueldos míseros esperando convertirse en estrellas. Es lo que toca en la industria creativa: o marca blanca o estrella.
Interesante reflexión sobre la economía y sobre el futuro.

1 comentario:

In Lak'ech dijo...

Creo que la prosperidad en ese caso es por que uno mismo lo permite.
La misma gente se deja que jueguen con ellos mismos en vez de plantarse y hacer que se hagan las cosas bien.