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domingo, 15 de noviembre de 2009

Cocineros e ilusión

Cine matinal. Esta mañana hemos ido a ver Julie & Julia, una comedia de Nora Ephron “basada en dos historias reales”, con Merryl Streep y Amy Adams.
Me gusta el cine de Nora Ephron (la guionista de “Cuando Harry encontró a Sally” y productora de “Silkwood”; la guionista y directora de “Algo para recordar” (Sleepless in Seattle), “Tienes un e-mail” o “Embrujada”), pero esta “Julie & Julia” es una película fallida. No transmite emociones en absoluta. La historia tiene muchas posibilidades, tanto por la biografía de Julia Child (1912-2004, fue una gran chef que vivió en Francia tres años, estudió en la academia Le Cordon Bleu y fundó Les tríos gourmandes, hasta que volvió a EEUU y empezó a escribir sobre cocina en The Boston Globe. En 1963 comenzó en TV con The French Chef, que duró más de una década. Fue portada de Time, escribió una veintena de libros y doce programas de TV hasta el 2000. En 1981 fundó el Instituto Americano de Comida y Vino) como, en menor medida, por la de Julie Powell (la bloggera texana de 36 años que en 2002 se comprometió a hacer en un año las 524 recetas de Julia Child y comentarlas en su blog; el resultado fue el libro en 2005 y la película, estrenada en EEUU este verano).
La película ha cosechado buenas críticas en su país (un inmerecido 7’5 sobre 10 en IMDB) y ha recaudado 89 M $ (más del doble de los 40 M que costó). Sin embargo, comparto la crítica del maestro Mirito Torreiro en Fotogramas: “Convertida en jugoso negocio para las grandes empresas que se dedican al entretenimiento, la reivindicación de la memoria obliterada de las mujeres empieza a convertirse en un manoseado cliché. Nada mejor para ilustrarlo que esta historia relativamente desconocida, la de la primera mujer estadounidense que escribió manuales de alta cocina y que se codeó con los chefs de cuisine, todos hombres, de su tiempo, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Y a esa historia se le agrega otra, en presente, la de una joven que encuentra su lugar en el mundo emulando las proezas gastronómicas de la pionera. El problema es que todo respira un aire déjà vu invencible. Por un lado, porque muestra a ambas mujeres como seres a salvo de cualquier crítica (y obviando, de paso, que el marido de la cocinera era uno de los creadores de la CIA). Por el otro, porque utiliza recursos de una relamida, artera eficacia: cómo no caer rendidos ante el encanto, tan concienzudamente trabajado, de una Meryl Streep más paleta que nunca. Eficaz, qué duda cabe, lo es; también, sobada, previsible, perfectamente olvidable.”
Eso sí, cómo ponen los estadounidenses en valor a los suyos: a la introductora de la cocina francesa en su país y a una joven escritora con aficiones gastronómicas. Aquí tenemos a varios de los mejores chefs del planeta… y ninguna película sobre ellos. Sólo una excepción: El pez, el pollo y el cangrejo real (2008), un excelente documental de José Luis López Linares con guión del propio José Luis y el productor Antonio Saura que muestra a Jesús Almagro, campeón de España, presentándose al Bocuse d’Or.

El séptimo arte vive una historia de amor con la cocina: la alemana Deliciosa Martha, de Sandra Nettelbeck, 2001 (su remake USA, Sin reservas, era infumable); Ratatouille, de Brad Bird, 2007; El festín de Babette, de Gabriel Axel, 1987; Como agua para chocolate, de Alfonso Arau, 1992; Chocolat, de Lasse Hallstrom, 2000; Comer, beber, amar, de Ang Lee, 1994; Un toque de canela, de Tassos Boulmetis, 2003; American Cuisine, de Jean-Yves Pitoun, 1998; Estómago, de Marcos Jorge, 2007; Dieta mediterránea, de Joaquín Oristrell, 2009. Evidentemente, Julie & Julia no está en mi "alineación ideal" de cine gastronómico.
Lo que sí es encomiable de la peli de Nora Ephron es que las dos Julias, que trabajan como funcionarias y sufren una vida aburrida, descubren (tardíamente) su verdadera vocación entre fogones.

Ayer encontré en la librería de El Corte Inglés, por “causalidad” un libro de Julián Marías, Breve tratado de la ilusión (Alianza Editorial, H 4426, 6’75 €). Un libro precioso, escrito hace 25 años, en el que se nos descubre que la palabra, significando “burla, escarnio”, sólo en castellano posee una acepción positiva. Fue probablemente Espronceda (1808-1842) el descubridor del nuevo sentido de la voz “ilusión”, como “lo que haría la felicidad del individuo si se realizase”. Aparece en su poema El Pelayo, en El estudiante de Salamanca (“Una ilusión acarició su mente:/ alma celeste para amar nacida,/ era el amor de su vivir la fuente,/ estaba junto a su ilusión la vida”), y así la utilizan Zorrilla, Hartzenbusch, Ventura de la Vega, Alberto Lista, Tamayo y Baus, Juan Valera. La ilusión (en positivo) como innovación romántica. “Los Schlegel, Tieck, Heine, Borrow, Richard Ford, Stendhal, Gautier, hasta Edmundo de Amicis ya en la segunda mitad del siglo, se sienten inclinados a conocer lo español y encuentran en ello vida, pasión, entusiasmo, algo distinto del utilitarismo, de la ambición, sobre todo económica, del gris que creen percibir en otras porciones de nuestro continente, incluso en sus naciones propias.” Porque, “España no es inteligible, especialmente en los últimos dos siglos, si no se la ve como distendida entre esa dualidad ilusión-desilusión.”
La ilusión, siempre según el maestro Marías, es de “condición futuriza”, no puede reducirse a alegría o entusiasmo, porque significa anticipación. Víspera del gozo (Pedro Salinas). Posee un “carácter fontanal”, inseparable del deseo (condición necesaria, pero no suficiente); pero es un “deseo con argumento”, asociada a la vida biográfica (que va más allá de la vida biológica), con un carácter dramático que el deseo no posee. “No se puede ‘contar’ un deseo, sino analizarlo o describirlo, pero sí una ilusión.” Estar ilusionado no es una emoción (pasajera, agitación del ánimo) sino una pasión (duradera, que permanece). Por eso, la ilusión puede ser (debe ser, añadiría un servidor) una forma de vida. “La vida ilusionada se proyecta vectorialmente en muchas direcciones, con intensidades variables, con resultados inciertos y azarosos.”
Ilusión y vocación. Don Julián nos recuerda de su Introducción a la filosofía (1947) que “oscilamos, pues, entre el azar y la necesidad; a la combinación de ambos se llama desde hace milenios destino, pero no se ha solido entender bien, porque se lo ha interpretado casi siempre desde una mentalidad de ‘cosas’, no como destino personal. Y quien gobierna esa pareja y enemiga azar-necesidad –que habita en la imaginación- es la libertad. El destino tiene que ser aceptado, adoptado, apropiado, hecho ‘mío’; no es objeto de elección, pero tiene que ser elegido; sólo así es rigurosamente destino personal o, con otro nombre, vocación. En rigor, nunca me siento más ‘yo’ -yo mismo- que frente a un contenido azaroso que irrumpe en mi vida, cuando reacciono a él de una manera que brota de la raíz de mi persona; cuando descubro en él el destino que no se elige, y elijo hacerlo mío, serle fiel; en otras palabras, elijo ser yo ese azar inelegible.” Por eso, “el destino es mi vocación y la realidad de ésta es lo que llamamos felicidad.” Maravillosa resolución del dilema.
La ilusión es el gran ingrediente de toda vocación, el que mide el grado de autenticidad de las diversas trayectorias vitales. “Lo que más puede descubrir a nuestros propios ojos quiénes somos verdaderamente, es decir, quién pretendemos ser últimamente, es el balance insobornable de nuestra ilusión.”
Ilusión por uno mismo, su “mismidad” (no confundir con narcisismo). Como explica Unamuno en su Abel Sánchez, un tremendo análisis sobre la envidia, este pecado surge de la falta de amor a sí mismo. La ilusión en la amistad, a través de la tertulia (las auténticas, las que se van perdiendo). La amistad como con-curso de dos vidas, como Don Quijote y Sancho. La de maestro y discípulo; la de varón y mujer, la amorosa. Julián Marías nos pone como ejemplo Pepita Jiménez (1874), de Juan Valera. La historia de una espléndida ilusión. “El enamoramiento consiste en que la persona de la cual estoy enamorado se convierte en mi proyecto. No tengo proyecto hacia ella, sino con ella, como ingrediente de mi proyecto. Sin ella, no soy en rigor yo.” El profesor Marías nos habla del Amor como forma de vocación personal.
La ilusión de la presencia, como en San Juan de la Cruz (“Cuando tú me mirabas,/ su gracia en ti mis ojos imprimían;/ por eso me adamabas,/ y en eso merecían/ los míos adorar lo que en ti vían.”).
Aunque existe ilusionarse, para el profesor Marías “el verbo de la ilusión es desvivirse”. Una palabra renacentista, del doctor Andrés Laguna. “Cuando el español se interesa profunda y apasionadamente por algo, cuando siente amor, afán, solicitud, cuidado, preocupación, inquietud, impaciencia o viva esperanza, decimos que se desvive.” Y el libro concluye: “¿No es asombroso que la palabra illusio, ‘engaño’, ‘escarnecimiento’, ‘burla’ o ‘error’, palabra resabiada, cautelosa, escéptica, haya venido a significar la versión inocente, activa, confiada, amorosa hacia la realidad, y sobre todo la realidad personal? La forma plena y positiva de desvivirse es poseer ilusión: es la condición de que la vida, sin más restricción, valga la pena ser vivida. Esas dos palabras nuestras tan españolas nos permiten descubrir, desde nuestra propia instalación, una dimensión esencial de la vida humana, su condición amorosa, su inseguridad, su dramatismo.”. .
He visto ilusión, en la prensa de hoy, en la entrevista de Borja Vilaseca a Álex Rovira (dos grandes amigos), en la entrevista a Jesús Mª Iturrioz, Consejero Delegado del Banco Madrid (otro gran amigo, a quien admiro muchísimo), en la concesión del Premio Fedepe a Carlota Mateos e Isabel Llorens (Rusticae) como Mujeres Empresarias… Y poco más. No he visto ilusión en el Congreso de Barcelona, ni en la acción de gobierno, ni en las opiniones de los 100 grandes empresarios que en el nº 100 de Mercados de El Mundo son preguntados por que hacer para salir de la crisis (casi todos hablan de productividad/competitividad, de modelos económicos, de presión fiscal, de pacto social, de educación… ni uno de ellos menciona la palabra “ilusión”). La crisis de Liderazgo se muestra en este déficit de ilusión.