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domingo, 30 de agosto de 2009

Sonidos de Tokio

Esta mañana he ido a ver Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet. Soy un gran aficionado a su cine, por lo que espero lo mejor de todo lo que la Coixet hace. Además, el otro compré en la librería Troa la narración que ella hace a partir del guión de la película, en la colección Andanzas de Tusquets, por lo que ya sabía de qué iba y me he dedicado a disfrutarla (la peli puede verse en versión original japonesa con subtítulos en inglés en el Ciné Cité Manoteras, pero no me he atrevido a tanto, al menos la primera vez).

¿De qué va Mapa de los sonidos de Tokio? De un padre destrozado por el suicidio de su hija (Midori), del novio de ésta (David) y de una asesina a sueldo que hace doble vida como limpiadora en el mercado de pescado (Ryu) y que, encargada por el padre de matar al novio, no puede hacerlo porque se relaciona con él. Todo esto, narrado por un grabador de sonidos amigo de Ryu. Pero en realidad el argumento no importa. El Mapa es una excusa de Isabel Coixet para adentrarnos, con cariño y fascinación pero sin pasarse, en una ciudad como la capital japonesa. Si Ridley Scott, después de hacer Blade Runner, encontró en Osaka la realidad de sus pesadillas futuristas (Black Rain) y Sofía Coppola nos convertía en unos turistas más en Japón, sintiéndonos extraterrestres (Lost in Translation), Isabel demuestra que adora la cultura del país del sol naciente y generosamente quiere transmitirnos sus peculiaridades, desde la comida a sus cementerios.

Quien quiera ver esta cinta, ha de estar preparado para un distinto ritmo temporal. Según Steve Taylor, profesor de la universidad de Manchester y autor de Creando el tiempo, “no hay necesidad de que el tiempo nos oprima tanto. Podemos hacer que transcurra más despacio e incluso trascenderlo totalmente. El tiempo no tiene por qué dominarnos: nosotros podemos controlarlo. Es muy sensato que, para vivir lo máximo posible, procuremos comer alimentos saludables y hacer ejercicio, pero también podemos alargar la vida aumentando la cantidad de tiempo que sentimos. Para conseguirlo, debemos saber por qué el tiempo parece transcurrir a distinta velocidad en diferentes situaciones.” El profesor Taylor nos enseña que la velocidad del tiempo está determinada por la cantidad de impresiones que registra nuestra mente. Por ello, para los niños, que todo es nuevo, el tiempo pasa lentamente. Para los adultos anclados en la rutina, pasa muy deprisa.

Y eso es precisamente lo que hace Isabel Coixet con nosotros como espectadores: ofrecernos experiencias nuevas, para congelar la plena consciencia del momento. No es algo fácil (a algunos espectadores que estaban en la sala, la película les ha parecido lentísima, un rollo), pero es muy interesante si así te lo tomas. Por eso, la novelización de la película que hace Isabel (64 “cintas”) se inicia con una cita de Junichiro Tanizaki en su Elogio de la sombra: “Cuando los occidentales hablan de ‘los misterios de Oriente’ es muy posible que con ello se refieran a esa calma algo inquietante que genera la sombra.”

Primer impacto visual: Roppongi Hills. Unos directivos, japoneses y occidentales, están comiendo sushi sobre una modelo desnuda. Beben cerveza, sake y vodka. “Tiene que haber otra forma de hacer negocios”, dice hastiado Nagara-san, el padre de Midori. “Sí, pero no es tan rentable”, le responde su ejecutivo principal, Isoza-san. En ese momento, al señor Nagara le dan, por teléfono, la noticia del suicidio de su hija. Esta escena es como de película japonesa: el dolor del padre, rompiéndolo todo, la chica huyendo, el resto de los comensales, divertidos y ajenos a lo que está pasando.
Segundo impacto: el mercado de Tsujiki a las cuatro de la mañana. Manipuladoras de pescado que después se duchan y se limpian con jabón (nada que ver con las conserveras de Los lunes al sol, avergonzadas de sí mismas). Tercero: un bar de ramen en Koenji; los japoneses sorben sonoramente la sopa. El grabador de sonidos nos recuerda al protagonista de La vida de los otros, pero en este caso su “voyeurismo auditivo” no está justificado por las órdenes de la Stasi, sino por el mercado audiovisual (graba y vende) y por su propio placer (es un ser acompañante, pasivo). Y otros impactos: el cementerio de Ueno (Ryu va a limpiar las tumbas de aquéllos a los que ha asesinado por encargo): “El silencio de un cementerio en verano es como ningún otro silencio del mundo. Nunca rompimos ese silencio”. El último mensaje de la suicida, en su apartamento de Omotesando: “¿Por qué no me amaste tanto como yo te amé a ti?”
Hasta ahora hemos “sentido” dolor, rencor, silencio. Pero surge el personaje de David, un catalán que regenta una tienda de vinos (Vinidiana), en el que comprobamos que, tan lejos, pueden disfrutar de los deliciosos caldos de Torres. Ryu y el señor Isoza se citan en un parque de atracciones kitsch, Hanayashiki, y realizan su “transacción” (la foto de David, el dinero) en una cabina de la noria. David le seduce a Ryu de alguna forma (“¿sensual? No sabía que había vinos sensuales” “Todo puede ser sensual”; le ofrece probar un vino del año de su nacimiento (1980), “tu dinero no sirve aquí”, le pide que le salve la vida: “No puedo cenar solo esta noche. Si ceno solo esta noche, beberé demasiado y, si bebo demasiado, me pondré horriblemente triste y, si me pongo horriblemente triste, lloraré, la gente se burlará de mí y empezaré a pensar en todas las razones que tengo para hacerme el harakiri”. La iniciativa de David, encantadora, contrasta en Ryu con la pasividad del grabador de sonidos, tediosa.
David y Ryu toman una sopa de ramen (ella hace ruido sorbiendo la sopa, él no) en Shimokitazawa. Ríen juntos (definitivamente, es cuando la conquista). Después pasean, hablan de pachinko (un juego de bolitas luminosas que te aturde e hipnotiza), de karaoke, de la novia de David que se suicidó hace un mes. Bueno, en realidad habla él y ella escucha: “Todas esas chorradas sobre la diferencia entre los japoneses y el resto del mundo… No somos tan diferentes, al menos los hombres no lo somos. Los hombres somos exactamente igual de capullos en todos los países; yo he hecho exactamente lo que cualquier hombre del mundo, africano, americano, japonés, francés…: sólo he hablado de mí y no te he hecho una sola pregunta sobre ti, si vives sola o con alguien, dónde trabajas, las cosas que te gustan…”
Después van a un “Love hotel”, el Bastille, una torre Eiffel de color rosa que emite ráfagas de luz verde. Eligen una habitación que reproduce un vagón de metro, y hacen el amor (con rabia, con profunda tristeza, él recordando a su novia fallecida, ella dejándose llevar). Allí irán varias veces (David es “un hombre honesto sin alma. Eso da mucho miedo”), seremos espectadores del sexo oral de un catador de vinos a una limpiadora de pescado (“estoy muy orgullosa de haber dirigido la escena en que David se saca un pelito de la boca después de hacerle un cunnilingus a Ryu”, ha declarado la Coixet) y escuchamos la preciosa versión de Hibari Misora de La vie en rose. Todo un descubrimiento. El grabador de sonidos se da cuenta de que “(desde que Ryu estaba con David) había un brillo nuevo en sus ojos. Sólo su silencio era el mismo”.
Nagara-san, a quien vemos ausente en una reunión del consejo de su empresa en Aoama, desea venganza. Y su fiel Isoza, a falta de Ryu, se la va a proporcionar (este episodio me recordó a la madrastra de Blancanieves y al lacayo incapaz de matarla). David piensa volverse a Barcelona y Yoshi, que se va a quedar la tienda de vinos, le comenta: “sé que no es asunto mío y, aun a riesgo de dinamitar la idea que los occidentales tenéis de la discreción oriental, voy a hacerlo: Midori se creía sus propias películas. Midori había escuchado demasiadas veces Madame Butterfly. Midori no se suicidó porque no la quisieras o porque no supieras hacerla feliz o porque una vez llegaras media hora tarde a una cita o en un restaurante miraras diez segundos de más a la camarera. Midori se suicidó para fastidiar a su padre y de paso fastidiarte a ti. No me parece una razón suficiente para que siga jodiéndote la vida después de muerta”.
Ryu cree que la gente no cambia (“La única cosa a la que temía Ryu era al miedo. Y al amor, claro”). Cuando David se va a despedir de ella en el mercado de pescado, aparece Isoza-san y, al disparar a David, Ryu se interpone. “Sé que a Ryu le hubiera gustado saber que, cuando volvió a Barcelona, él pasó un tiempo sin saber quién era ni donde estaba”. Monta una tienda de productos japoneses, hace catas de sake, ve pelis como Tokio story, de Ozu, una y otra vez… “Y aunque se casó y tuvo un hijo, siempre guardó en su corazón un cuarto secreto en forma de vagón de metro donde alguna que otra vez, cuando su vida se le antojaba completamente irreal, le esperaba Ryu.” Me ha recordado al final de El Príncipe de las mareas (aquella película de Barbra Streisand y Nick Nolte, basada en una excelente novela).
Último impacto. El narrador, el grabador de sonidos limpia la tumba de Ryu. “El deseo que Ryu escribió en las tablillas del templo de Kamagome se cumplió”. Los románticos empedernidos podemos pensar que era conocer el Amor.

Isabel Coixet me ha contagiado su “nipónfilia”. Ella, que siempre habla en sus pelis de personajes solos, disfruta de su hija Zoe (12 años, cuatro más que la mía) y prepara nuevos proyectos. Reconozco que hay que educar en cierto modo la mirada (y la audición) para degustar un cine tan exquisito.

El Mapa no es el territorio. Pero puede guiarnos por él, si sabemos aprovecharlo con franca humildad, capacidad de observación y valentía.

3 comentarios:

Ana Maria Llopis dijo...

Juan Carlos he estado allí y en el mercado de pescado con mi hijo Jaime de madrugada, Roppongi Hills con un Zara y un museo de la familia Mori en el centro comercial rascacielos y además me leí el Elogio de las sombras de Tanizaki una joya me los regalo un japonés para entender mejor las diferencias... wow cuantos puntos de intersección. Te estoy twiteando mas vale que te apuntes

ana maría

Alegria De La Huerta dijo...

Muchísimas gracias por este intenso repaso de la película. Hace un ratillo que la he ido a ver y después me he pasado por un japonés a cenar... qué menos después de una peli en la que se pasan la mitad del tiempo comiendo.

Buscaba precisamente la cita del cementerio, muchas gracias. También buscaba algo que dice al final de la peli pero necesitaría el guión, sabrías donde econtrarlo?

Me gustaría tener los datos bibliográficos de este libro que dices que has leído, es la novelización del guión?

Pues quizás en la tablilla ella pedía poder liberarse de la angustia que le generaba ese peso de tantas muertes ajenas.

Por cierto, deberías verla en versión original porqué sino te pierdes parte de la idea original de la peli que son los sonidos... escuchar los sonidos reales de ambientación, de las botas de plástico, del latir del corazón, de la voz de Rinko, del inglés de Sergi López y de tantas cosas que te pierdes si la ves doblada ;)

circulopolar dijo...

Precisamente ayer vi la peli.
Muy buen relato del comentario, a mi la parte que más me gustó de la peli fue la conversación en la que dice algo asi como

-Nunca te habia visto sonreir como ahora
-Y yo nunca te habia visto dibujar un koala con soja
-La gente cambia
-No, la gente no cambia, cambian las circunstancias...

Un saludo polar