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martes, 14 de julio de 2009

Sevilla, balcón de Sócrates


Celebro el 14 de julio, la toma de la Bastilla, con un AVE a Sevilla. Voy escuchando sendos CDs de dos cantantes a las que admiro mucho, los “grandes éxitos” de Rosana y “Lo mejor de tu vida” de Tamara. Preciosos. Me quedo con una maravillosa , muy jazzística, versión de Tamara de una canción compuesta por Armando Manzanedo que popularizara la gran Rocío Durcal, “Cómo han pasado los años”.

Cómo han pasado los años
cómo cambiaron las cosas
y aquí estamos lado a lado
como dos enamorados
como la primera vez.
Cómo han pasado los años
qué mundo tan diferente
y aquí estamos frente a frente
como dos adolescentes
que se miran sin hablar.
Si parece que fue anoche
que bailamos abrazados
y juramos un te quiero
que nos dimos por entero
y en secreto murmuramos
nada nos va a separar
Cómo han pasado los años
las vueltas que dio la vida
nuestro amor siguió creciendo
y con el nos fue envolviendo
Habrán pasado los años
pero el tiempo no ha podido
hacer que pase lo nuestro.
Si parece que fue anoche
que bailamos abrazados
y juramos un te quiero
que nos dimos por entero
y en secreto murmuramos
nada nosva a separar.
Cómo han pasado los años
las vueltas que dio la vida
nuestro amor siguió creciendo
y con el nos fue envolviendo
Habrán pasado los años
pero el tiempo no ha podido
hacer que pase lo nuestro.


Leo entretanto El balcón de Sócrates, de José María Barrio, profesor de Antropología Pedagógica de la Universidad Complutense, considerado una de las figuras de la actual filosofía de la educación. La tesis que presenta en esta obra es muy clara: es imposible educar desde la actitud de relativismo escéptico que domina el actual contexto cultural europeo. Hemos de volver al diálogo significativo, al arte de la mayéutica, al pensamiento de Sócrates y Aristóteles. “La educación se produce en el diálogo –esto ya lo sabemos desde Sócrates- pero éste no surge únicamente de hablar el mismo lenguaje, sino sobre todo de hablar de lo mismo. Sin embargo, “la palabra ya no es un instrumento para descubrir la realidad y su relieve –lo bueno, lo justo, lo bello- sino para manipularla y para dominar a los demás”. El nihilismo postmodermno y postilustrado desactiva las fuerzas de una cultura que amenaza desmoronarse al dejar “sin sentido” la pregunta por el sentido y el anhelo de trascendencia. El profesor Barrio nos propone actualizar la convergencia aristotélica entre ética, economía y política. “La amistad es una virtud, o algo acompañado de virtud, y además es necesario para la vida”. Qué distinto del individualismo imperante. “Lo propio de la política es emprender actividades en común, y sobre todo una: el diálogo”. Efectivamente, sin verdad no hay paideia, ni praxis, ni ethos.

Estoy con José Mª Barrio: desde el nihilismo banal, sólo queda hueco para el espectáculo. Sin embargo, hay esperanza. El autor cita al maestro Laín Entralgo: “la relación educativa es una dual y conjunta posesión de la verdad y de sí mismo: Enseñando el maestro y aprendiendo el discípulo, uno y otro aprenden a convivir en la verdad y en una personal, compartida y mutuamente donadora posesión de sí (…) Sólo aquél que a través de esa chispa en la mirada del discípulo ha llegado a sentir tenuemente en su propia alma esa sutil, fugaz y amenazada impresión de eternidad, sólo ese -os lo aseguro- sabe con personal certeza lo que de veras es la vocación de enseñar”. Y concluye Barrio: “Hacer algo por otro es más importante que cambiar el mundo. Quizá, en el fondo, no hay otra forma que lograr un cambio en el mundo que realmente valga la pena”.

En Sevilla, la ciudad que aparece en más óperas de la historia, comienzo mi personal viaje por los “1.000 sitios que ver (o revisitar, en muchos casos) antes de morir”. Tras la jornada (cierra a las 20.30 horas), decido encaminarme al Museo de Bellas Artes, el mejor museo de Andalucía y una de los dos mejores pinacotecas del país. Desde la Giralda, el taxi me lleva junto a los Reales Alcázares por los jardines de María Luisa (pasando por la universidad, antigua fábrica de tabacos) hacia el Guadalquivir, por el paseo de Colón (Torre del oro, Plaza de toros de la Maestranza) hasta la plaza del museo, con un monumento a Murillo. Es el antiguo convento de la Merced Descalza fundado por San Pedro Nolasco en terrenos cedidos por el rey Fernando III tras conquistar Sevilla. Convertido en museo en la primera mitad del XIX con motivo de la desamortización, las aportaciones de grandes filántropos y la labor de la Junta de Andalucía (57 obras incorporadas en los últimos 15 años) lo han convertido en una gran pinacoteca, que se conserva magníficamente. Destaca la pintura y escultura sevillana del siglo XV y los grandes maestros del barroco sevillano, Valdés Leal, Bartolomé Esteban Murillo y Francisco Zurbarán (especialmente, San Hugo en el refectorio de los cartujos). También he disfrutado de los Velázquez, Goya, del retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano Valeriano, de las obras de Zuloaga

Desde el pasado 17 de junio y hasta el 13 de junio, el museo exhibe una exposición del Settecento veneciano. 51 obras de Antonio Palestra, Antonio Bellucci, Marco y Sebastiano Ricci, Gian Antonio Pellegrini, Rosalba Carriera, Jacopo Amigoni, Gian Battista Tiepolo, su hijo, Gian Domenico, Carlevarijs, Canaletto, Bellotto, Marieschi, Guardi, Cimaroli, Zuccarelli y Zais. Impresionante esta muestra de arte del siglo XVIII; procedente de una decena de museos italianos.

Con una temperatura mucho más benigna de lo habitual en el verano de la ciudad, me he encaminado por la calle Alfonso XII a la famosísima calle Sierpes (paradita por la librería Beta, en el número 25 de la calle, un antiguo teatro preciosamente conservado), hasta la Plaza de San Francisco, donde se encuentra el Ayuntamiento. De ahí por la Avenida de la Constitución, por donde circula el tranvía (y donde está la FNAC) hasta la Catedral.

Sevilla tiene un color especial. Como dice la canción:

Me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva.
Pasear por esas callecitas tan estrechas.
Quiero ser un vagabundo más,
tapado por estrellas
que alumbran mi ciudad.

Me senté en una plaza llena de colores,
y aspiré el suave aroma que dejan las flores,
al amanecer.
Quiero ser un vagabundo más,
tapado por estrellas que alumbran mi ciudad.

Recorrer senderos del parque de María Luisa, y tirar
piropos que se eleven con la brisa
al amanecer.

Compartir en la noche un momento,
compartir en silencio
el deseo de vivir.

Y jugar
a ser paloma que cruza Triana,
ser jardín entre naranjos blancos de azahares.
Compartir en la noche un momento,
compartir en silencio
el deseo de vivir.

Me da igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva."

Qué suerte tener tan cerca Sevilla.