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viernes, 24 de julio de 2009

El arte de amar, 50 años después

De camino para el aeropuerto de El Prat, ayer me compré en la FNAC de L’Ila El arte de amar de Erich Fromm. Publicado en 1959, creo que todos lo hemos leído en algún momento de nuestra vida (un servidor, en los 80). Quería saber hasta qué punto resistía el tiempo este texto escrito hace 50 años. Y me he quedado maravillado.

Apenas 128 páginas, de una profundidad asombrosa. Fromm se pregunta: “¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo. ¿O es una sensación placentera, cuya experiencia es una cuestión de azar, algo con lo que uno “tropieza” si tiene suerte?” Fromm se basa en la primera opción: el asunto no es “ser amado” (el problema del amor como objeto y no como facultad), sino saber amar. “En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de los bienes y del trabajo” (si esto pensaba –y escribía- el bueno de Erich en los 50m, alucinaría con el consumismo actual).

Ciertamente, “no existe ninguna otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor.” Por ello, el autor nos propone tomar consciencia de que el amor es un arte, tal como el arte de vivir. Y dominar la teoría y la práctica de este arte.

Su “teoría del amor” parte de la angustia que produce la separatividad. “El hombre –de todas las edades y culturas- enfrenta la solución de un problema que es siempre el mismo: el problema de cómo superar la separatividad, cómo lograr la unión, cómo trascender la propia vida individual y encontrar compensación.” Y añade: “En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de los autómatas, de hombres que han perdido la individualidad. Hoy en día, igualdad significa ‘identidad’ antes que ‘unidad’. Es la identidad de las abstracciones, de los hombres que trabajan en los mismos empleos, que tienen idénticas diversiones, que leen los mismos periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas. (…) Así como la moderna producción en masa requiere la estandarización de los productos, así el proceso social requiere la estandarización del hombre, y esa estandarización es llamada “igualdad”.” Profundísimo.

Fromm llama amor al “logro de la unión interpersonal”. Para él “el amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un “estar continuado”, no un “súbito arranque”. En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor, afirmando que es fundamentalmente dar, no recibir.” Y lo explica a partir de la filosofía de Spinoza: “En el ejercicio de un afecto activo, el hombre es libre, es el amo de su afecto; en el afecto pasivo, el hombre se ve impulsado, es objeto de motivaciones de las que no se percata. Spinoza llega de tal modo a afirmar que la virtud y el poder son una y la misma cosa. La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acción, la práctica del poder humano, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión”.

En el dar está la expresión de mi vitalidad. “El avaro que se preocupa angustiosamente por la pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí.” Porque “el amor es un poder que produce amor”. Sí, “el maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista –siempre y cuando no se traten como objetos, sino que estén relacionados entre sí de una forma genuina y productiva-.”

Hay cuatro elementos comunes a todas las formas de amor: cuidado (“el amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”), responsabilidad (Fromm cita la terrible pregunta de Caín: ¿acaso soy el guardián de mi hermano?), respeto (el amor es hijo de la libertad) y conocimiento. “En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.” Tipos de amor (según la clase de objeto que se ama): Amor fraternal, Amor materno, Amor erótico (“anhelo de fusión completa”), Amor a sí mismo (que no conviene identificar, como hizo Calvino, con narcisismo, la vuelta de la líbido hacia el propio ser; “La afirmación de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios está arraigada en la propia capacidad de amar, esto es, en el cuidado, en el respeto, en la responsabilidad y en el conocimiento”; las personas egoístas son incapaces de amar a los demás porque son incapaces de amarse a sí mismas) y el Amor a Dios (el bien supremo, el valor más deseable).

Erich Fromm nos enseña que “el amor no es el resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el contrario, la felicidad sexual –y aun el conocimiento de la llamada técnica sexual- es el resultado del amor.” Para Freud, el amor es básicamente un fenómeno sexual. Para Fromm, es lo contrario. “El amor como satisfacción sexual recíproca y el amor como “trabajo en equipo” y como refugio de la soledad, constituyen las dos formas “normales” de la desintegración del amor en la sociedad occidental contemporánea, de la patología del amor socialmente determinado.”

Sobre la práctica del amor, el autor no nos propone recetas, sino disciplina, concentración (para concentrarse, es importante aprender a estar solo con uno mismo), paciencia y “preocupación suprema por el dominio del arte”. Fromm considera que “como importa evitar la conversación trivial, importa también evitar las malas compañías. Por malas compañías no entiendo sólo la gente viciosa y destructiva, cuya órbita es venenosa y deprimente. Me refiero también a la compañía de zombies, de seres cuya alma está muerta, aunque su cuerpo siga vivo; a individuos cuyo pensamiento y conversación son triviales; que parlotean en lugar de hablar, y que afirman opiniones que son clisés en lugar en lugar de pensar.”

La fe es una de las condiciones de la existencia humana. “¿Qué es la fe? ¿Es la fe necesariamente una cuestión de creencia en Dios, o en doctrinas religiosas? ¿Está inevitablemente en contraste u oposición con la razón y el pensamiento racional?” Fromm distingue entre fe racional (“convicción arraigada en la propia experiencia mental y afectiva”) y fe irracional (“creencia basada en la sumisión a una autoridad irracional”). La fe racional no es certeza en algo, sino certeza y firmeza en nuestras propias convicciones. “Al tiempo que la fe irracional es la aceptación de algo como verdadero sólo porque así lo afirma una autoridad y la mayoría, la fe racional tiene sus raíces en una convicción independiente basada en el propio pensamiento y observación productivos, a pesar de la opinión de la mayoría”. Debemos tener fe (racional) en nosotros mismos y en las potencialidades de los demás.

Erich Fromm era tajante al respecto: “El principio sobre el que se basa la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles”. Por ello, “la gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”. Porque “nuestra sociedad está regida por una burocracia administrativa, por políticos profesionales; los individuos son motivados por sugestiones colectivas; su finalidad es producir más y consumir más, como objetivos en sí mismos. Todas las actividades están subordinadas a metas económicas, los medios se han convertido en fines; el hombre es un autómata –bien alimentado, bien vestido, pero sin interés fundamental alguno en lo que constituye su cualidad y función peculiarmente humana-. Si el hombre quiere ser capaz de amar, debe colocarse en su lugar supremo. La máquina económica debe servirlo, en lugar de ser él quien esté a su servicio. Debe capacitarse para compartir la experiencia en lugar de compartir, en el mejor de los casos, sus beneficios. La sociedad debe organizarse en tal forma que la naturaleza social y amorosa del hombre no esté separada de su existencia social, sino que se una a ella. Si es verdad, como he tratado de demostrar, que el amor es la única respuesta satisfactoria al problema de la existencia humana, entonces toda sociedad que excluya, relativamente, el desarrollo del amor, a la larga perece a causa de sus propia contradicción con las necesidades básicas de la naturaleza del hombre (…) Tener fe en la posibilidad del amor como un fenómeno social y no sólo excepcional e individual, es tener una fe racional basada en la comprensión de la naturaleza misma del hombre.”

50 años después de su publicación, tengo la impresión de que esta obra es más necesaria que nunca. Hoy, FROM(M) suena más a campañas televisivas para que no comamos “pezqueñines” y nos alimentemos de bonito del norte que a uno de los pensadores más profundos de las últimas décadas. Afortunadamente, estamos ante un cambio de época.