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sábado, 23 de mayo de 2009

Cómo educar genios

Hoy hemos estado trabajando en Florencia (en la sala de reuniones del Hotel Palazzo Rocassoli, un museo en sí mismo) los directivos de centros educativos –unos 40- y un servidor sobre Cómo educar genios. Hemos repasado el concepto de genio (de las diez acepciones del diccionario de la Real Academia, tres corresponden a variantes de “Capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”). Sabemos que no es sólo una capacidad mental, sino emocional, física, de valores, además de mental. Lo hemos conectado con el de talento (más allá de la inteligencia, de la apariencia, del don divino) y hemos desmitificado la genialidad con el ejemplo de Leonardo. El pintor toscazo fue, ante todo, un valiente que se atrevió a cambiar de contexto cuando aquél en el que se hallaba le aportaba poco. En la seunda parte, hemos analizado el proceso estratégico que va desde el talento a los resultados en los centros educativos y hemos revisado la labor de los equipos, la importancia de la inteligencia emocional, con los jefes tóxicos, con los océanos azules, con el desarrollo como complemento a la formación, con el coaching… Hemos pasado cinco horas estupendas, compartiendo aprendizaje y dialogando a alto nivel.

Después del almuerzo, en el mismo hotel, hemos partido para pasar la tarde en el Chianti, el corazón de la Toscana. Entre Florencia y Siena, el paisaje es el propio de las pinturas de los maestros renacentistas: colinas preciosas con viñedos y olivares, castillos en el horizonte, girasoles maravillosos... Esta parte de la Toscana es uno de los rincones más maravillosos del planeta.

Nos hemos detenido en Greve in Chianti, la capital no oficial de la comarca. Calles peatonales, una bellísima plaza y un ambiente tranquilo y relajado.

Y después, visita y cena en el Castello de Vicchiomaggio, construido en 957. Residencia de los Gherardini desde el siglo XIV, aquí nació Lisa, que se casaría con Francesco del Giocondo y que fuera pintado por Leonardo da Vinci en el retrato más famoso de la historia. Aquí se filmó Mucho ruido y pocas nueces, la genial comedia de Shakespeare interpretada en su versión cinematográfica por Kenneth Branagh, Emma Thomson, Denzel Washington y Keanu Reeves. Leonardo y Shakespeare unidos en este precioso castillo (www.vicchiomagio.it). ¿Quién puede pedir más?

Nos han contado el proceso de elaboración del Chianti Classico que aquí se fabrica, hemos paseado por el castillo (sus vistas son inmejorables), hemos catado un par de caldos que se producen allí y hemos disfrutado de una magnífica cena: pappardelle sulla nana, carne de jabalí con patatas y judías verdes, pastelitos mojados en vino dulce. Delicioso.

De vuelta a Florencia, un paseíto por el centro histórico y un sensacional helado de vainilla y limón frente a la plaza de la Signoria.

Entre el vuelo de ayer y la noche de hoy he estado leyendo el último libro de Vicente Verdú, El capitalismo funeral, subtitulado La crisis o la Tercera Guerra Mundial. Como todos los libros del autor, reflexiones profundas e información muy actualizada.

Para Verdú, no se trata sólo de una crisis económica (“¿Cómo sería posible aislar la disfunción del sistema capitalista de todas sus conjunciones, trenzados y adherencias al resto de los demás órganos del sistema político, mora, religioso, azaroso o sexual? (…) Continuar esta Gran Crisis en términos economicistas no es otra cosa que una actitud banal”). El autor nos recuerda que tres cuartas partes de las necesidades que existen en el mundo son románticas, “están basadas en visiones, idealismos, esperanzas, vicios, pecados y afectos”, que “la economía es la ciencia social matemáticamente más avanzada y la ciencia humana más atrasada”, que el mundo se preparaba para una explosión, que los países de mayor renta destinan un 40% de sus inversiones a cosas materiales y el 60% a inmateriales (experiencias), que “desde hace dos décadas la mentira pública y la corrupción a escala global era ya múltiple y multípara”, que “se puede saborear al máximo la muy variada imbecilidad del comportamiento humano durante un pánico, pues, mientras se suceden los momentos de gran tragedia, lo único que se pierde es dinero” (Galbraith), que respecto a la profusión de tarjetas de crédito, “el dinero que entregamos nos reduce, la tarjeta que exhibimos nos acredita”, que estamos en la III GM (“Durante la Primera Guerra Mundial un 5% de las víctimas fueron civiles, en la Segunda Guerra Mundial llegaron al 66% y en todas las guerras recientes la cifra se ha elevado hasta el 80 o el 90%. En esta Tercera Guerra Mundial, sumarial y transparente, todas las víctimas serán civiles”), que hemos vivido la “epidemia del valor” (“en octubre de 2008, las transacciones representaban 250 billones de euros, seis veces el montante de la riqueza real del mundo”), que “a los media, tan importantes hoy, les entusiasma la conmoción”, que “más de 50.000 europeos mueren cada año por infecciones contraídas durante su estancia en los hospitales”, que el miedo, que encoge y anestesia, “tiende a crear una sociedad anonadada y, a la vez, conformista, puesto que si aquello que asusta revela hoy una determinada proporción, los pronósticos sólo coinciden en el anuncio de que mañana crecerá la adversidad”, que “hasta la Revolución Francesa sentir miedo era una indignidad (Jean Delumeau), que hemos pasado al amor por las basuras (“La mafia, tan atenta a las altas rentabilidades, gestiona actualmente el 30% de las basuras de toda Italia”), que “el 90% de las riqueza mundial ha llegado a concentrarse en el 1% de sus habitantes”, que “el funeral del capitalismo es sin distinción el fin de una época, puesto que lo fracasado no es un orden de desarrollo económico o social sino el desarrollo de un orden conocido”.

Y cita a nuestra amiga Antonella Broglia: “Mientras en los últimos veinte años hemos tenido en el mundo tecnológico innovaciones de altísimo impacto, como el ordenador, el teléfono móvil, internet o la música digital, en el mundo del management no se ha inventado (prácticamente) nada”. Creo que sí se ha inventado mucho; sin embargo, el taylorismo campa por sus anchas.

Vicente Verdú deja una puerta abierta a la esperanza: “Para el trabajo, para la pareja, para el sexo, para el diseño, para la política, para el marketing o para el saber y el placer, puede hallarse a punto un nuevo sistema que ha descubierto su eficacia superior en la cooperación, la colaboración y la armonía con el otro y no en la vetustez de la violencia, el tóxico de los desprestigios y la pestilencia de la corrupción”. En esa esperanza creemos muchos.
Magnífico libro. Imprescindible.