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martes, 23 de diciembre de 2008

La élite del poder

Apenas falta una semana para que acabe el año y seguimos de viajes, propuestas, proyectos, etc.

He comprado esta mañana en la T4 de Barajas el libro El Club de los elegidos. Cómo la élite del poder mundial gobierna el mundo, de David Rothkopf. Más de 500 páginas. El autor es profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Columbia y ha trabajado con Henry Kissinger, entre otros personajes influyentes. No pretende alimentar una teoría de la conspiración (el dominio del mundo) sino escribir sobre el poder, concentrado en unos pocos. De hecho, según Rothkopf, son uno entre un millón: apenas poco más de 6.000 personas sobre la población mundial de 6.500 millones.

Este experto señala que es difícil cuantificar el poder: riqueza, posición, acceso, ideas… "No hay un parámetro universalmente aceptado para medir el poder, de modo que, en cierta medida, el juicio subjetivo es inevitable”. Elaborar una lista es un esfuerzo vano, por la movilidad del poder. Al día siguiente, quedaría obsoleta (las personas van y vienen de los puestos, algunas se jubilan, otras mueren, sufren reveses profesionales o financieros, son encarceladas, etc).

Desigualdad. La fortuna de las 1.000 personas más ricas del planeta –los archimillonarios- es el doble del ingreso de los 2.500 millones de personas más pobres. Y sin embargo, como dijo en su día John Lehman, ex secretario de Marina de EEUU, “el poder corrompe. El poder absoluto parece muy limpio”. El autor es visitante asiduo del Foro Económico Mundial de Davos, donde se reúnen desde 1971 más de 2.000 líderes mundiales cada mes de enero. Rothkopf habló allí con Paulo Coelho. El autor de El Alquimista ha ido a Davos durante los últimos 10 años. En sus palabras: “El mito clásico sobre Davos es que ellos están aquí para dividirse el pasterl, para conseguir su porción. Pero ésa no es mi visión. Creo que en Davos hay dos niveles: uno es el nivel empresarial, que no lo entiendo completamente, y otro es el humano. Crea una especia de concienciación constructiva. (…) En efecto, tenemos una reunión de élite. Pero no para ordenar el mundo sino para vernos mutuamente.” Y añadió: “Necesitamos creer en un sistema. Necesitamos creer en poderes más elevados. El caos y el azar hacen la vida demasiado amenazadora, demasiado difícil de comprender. Por eso los seres humanos buscamos el orden en el universo”. Un planteamiento similar, según nos recuerda este libro, al de Charles Wright Mills (La élite del poder, 1956): “La idea de que todo va a la deriva es, en gran parte, una proyección fatalista de la propia sensación de impotencia y quizá, si uno ha sido alguna vez hombre de principios políticamente activo, un alivio de la propia culpa. La idea de que toda la historia se debe a la conspiración de un conjunto de villanos fñacilmente localizables, o de héroes, es una proyección del esfuerzo que nos impone comprender cómo los cambios en la estructura de la sociedad abren oportunidades a las diferentes élites, y cómo las diferentes élites las aprovechan o las ignoran. Aceptar uno u otro punto de vista –toda la historia como una conspiración o toda la historia como algo sin rumbo fijo- es evitar el esfuerzo de comprender las realidades del poder y los caminos de poderoso.”

Citando a Churchill: “Todos somos gusanos, pero yo soy una luciérnaga”. Es lo que el profesor Sherwin Rosen llamó, en un artículo de 1981, “la Economía de las superestrellas”. Otros dos profesores de la misma universidad, Steven Kaplan y Joshua Rauh, analizaron que en 1995 había 1.259 deportistas que ganaban más de medio millón de dólares anuales y sólo 37 ganaban más de 5 M $. En 2004, eran 2.000 y 369 deportistas, respectivamente. ¿Quiénes son esos 6.000 poderosos? Los líderes políticos de las principales potencias, los ejecutivos clave de las 2.000 primeras compañías, los 1.000 archimillonarios del planeta, los artistas, científicos, académicos y escritores más influyentes y los líderes religiosos de las principales confesiones.

Las dos caras del poder. “Con frecuencia, el poder surge del hecho de estar en el lugar apropiado en el momento oportuno. A veces, surge no del carácter sino de los defectos de la personalidad: la crueldad, el obsesivo compromiso con una sola idea o la codicia”.

Grandes corporaciones. En 2007, el PIB mundial fue de 47 B $. Las ventas de las 250 principales empresas fue de 14’87 B $, un tercio del PIB mundial. Las de las cinco mayores (Wal-Mart, ExxonMobil, Shell, BP, GM) fue de 1’5 B $, una cifra superior al PIB de todas las naciones con excepción de siete. De las economías más poderosas (PIB o ventas de más de 50.000 M $), que son 166, 60 son países y 106 empresas: 53 en Europa, 38 en Estados Unidos, 8 en Japón. Las 2.000 compañías más grandes del mundo venden conjuntamente por 27 B $ y poseen activos de 107 B $ (según McKinsey, el volumen de activos negociados en el mundo es de 140 B $). Concentración: si en 1983, las 500 mayores compañías suponían el 15% del PIB global, 25 años más tarde se ha más que duplicado hasta casi el 40%. Un poder extraordinariamente concentrado.

“Para los miembros de la clase superior, hay algo más valioso que el oro, la plata, las piedras preciosas o el petróleo: el acceso. La importancia del acceso surge del hecho de que la única cosa que ni el dinero ni el poder pueden comprar es el tiempo. (…) El acceso y la exclusividad van de acuerdo y, en muchos aspectos del estilo de vida de la clase superior, significan lo mismo”. Y Rothkopf añade: “Las comunidades de liderazgo se conectan a través de todos los grupos de poder importantes en las empresas y las finanzas, la política y el complejo militar-industrial, las artes y el mundo de las ideas. De hecho, esas conexiones son una característica distintiva de los miembros de la clase superior, como la riqueza o la posición social. Investíguelas, y encontrará una serie eslabonada de conexiones que vinculan a grupos notablemente diversos. Estas conexiones reducen los grados de separación entre las personas, permitiéndoles acceder a otras cuando lo necesitan, operar en el nivel más alto y eficiente posible y, al hacerlo, mantener sus estatus; porque el acceso es celosamente protegido por las personas que lo poseen.”

El libro trata la desigualdad (con el caso de Chile, la economía más eficiente y abierta de Iberoamérica y una de las de mayor desigualdad: el 20% más rico concentra el 67% de la riqueza nacional, el 20% más pobre no supera el 1%). “El punto más débil de la globalización es el desequilibrio entre la esfera nacional de los gobiernos y la naturaleza global de los mercados. Un sistema económico saludable requiere de un delicado compromiso entre ambas partes. Si usted avanza demasiado en una dirección, puede tener un sistema autárquico y proteccionista. Si avanza demasiado en la otra dirección, tendrá una economía mundial inestable, con poco apoyo social y político para aquellos que se supone que debe ayudar” (Daniel Rodrik, Harvard).

Hace un siglo, la desproporción entre países ricos y pobres era de 9 a 1. Ahora es de 100 a 1. El PIB per capita de Luxemburgo es 267 veces el de Guinea-Bissau (en los 70, la proporción entre EEUU y Bangladesh era de 88 a 1). El coeficiente Gini de mundo es 65, según Milanovic en La era de las desigualdades.

Es también la desigualdad de la suerte: en EEUU, hay menos de un 2% de probabilidad de que una persona cuyos padres están en el 60% inferior de renta termine en el 5% superior. Los estadounidense nacidos de padres en el 20% inferior tienen un 40% de probabilidad de permanecer en ese nivel (Tom Herz, American University). Y en Europa, la movilidad es menor.

Retribución de la Alta Dirección: en EEUU, la remuneración del Consejero Delegado ha crecido más de 4 veces desde 1993 y es 364 veces el sueldo de un empleado medio (10 veces la proporción de finales de los 70). Será por la escasez del talento directivo, por las comisiones de retribuciones de los consejos (llamadas por Warren Buffet en alguna ocasión, “obedientes perritos falderos”), por la conexión entre los propios ejecutivos…

El poder, siempre según Rothkopf, proviene de la ambición (y en su caso, de la codicia) y de la inercia. Es el poder de los apellidos, de las instituciones, del dinero (en el primer trimestre de 2007, el principal donante con más de 500.000 $ en contribuciones a campañas presidenciales en EEUU fue… Goldman Sachs. Los 9 siguientes: UBS, Credit Suisse, Merrill Lynch, Morgan Stanley, Lehman Brothers, Bear Stearns y dos fondos), de la política, de la fuerza (militar) o de las redes (tejido conectivo).

Finalmente, el libro dedica 15 páginas al Foro Económico Mundial de David y 6 a Bilderberg y la Comisión Trilateral (a las que califica como “dos reuniones de ancianos”), además de menciones a la IGC (Iniciativa Global de Clinton), al Club Bohemian Grove de California, al Foro Boao de Asia y a la reunión de padres e hijos de América Latina (promovida por Carlos Slim).

Para “llegar a ser miembro de la clase superior”, Rothkopf propone 8 claves:
- Haber nacido varón (en un planeta en el que el 51% son mujeres, sólo el 6’3% del poder es femenino)
- Ser un baby boomer (sólo el 3% de la clase superior tiene menos de 40 años y el 45% supera los 60. La edad media es 58 años).
- Remontar las raíces culturales de Europa: EEUU tiene el 17% de todos los poderosos. 10 naciones (además de EEUU, China, Gran Bretaña, India, Brasil, Rusia, Alemania, Japón, México y Francia) representan el 57%. Asia es ya un tercio del total… y creciendo.
- Haber asistido a una universidad de élite: el 30% ha asistido a una de las 20 universidades más prestigiosas, encabezadas por Stanford, Harvard y Chicago. Mientras que el 9% de los estadounidenses posee estudios de postgrado, el 4/5 de los poderosos lo tienen. Sólo el 2% no tiene ni educación secundaria.
- Entrar en la empresa o en las finanzas: el 63% de los poderosos se dedica al comercio o las finanzas. El 18%, a la política. Al ejército, el 7% y los líderes religiosos, el 4%. El 2% es “el poder en la sombra”.
- Tener una base de poder institucional: menos del 2% de la clase superior no están asociados con una compañía, un gobierno, una iglesia, un medio de comunicación, una fundación, una red terrorista… de la cual obtienen poder y lo proyectan.
- Ser rico: el 60% de la élite del poder son millonarios.
- Ser afortunado: la respuesta es la suerte, al menos en parte.

¿Hay una “psicopatología del éxito”? La novena regla es, para el autor, desearlo con todas tus fuerzas. Si bien la gran mayoría de los poderosos actúa con sensatez, abundan los obsesivos (independientes y concienzudos), los narcisistas (emocionalmente retraídos y muy desconfiados) y otras alteraciones asociadas con el poder (como asumir riesgos excesivos: adictos a las endorfinas).

En fin, un libro muy interesante. Para el profesor Rothkopf, ni siquiera en los países democráticos la meritocracia es lo que parece.