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martes, 26 de agosto de 2008

El altruismo

Leo un interesantísimo libro, Qué es el altruismo. La búsqueda científica del origen de la generosidad, del biólogo neoyorkino Lee Alan Dugatkin (1962).

El texto parte de El origen de las especies, de Charles Darwin, y de un “cabo suelto” sobre la supervivencia del más apto: las abejas. Introducidas en Gran Bretaña en el 45 d.C., a mediados del XIX, cuando Darwin publica su obra, unos 500 autores ya las habían investigado. Darwin “estaba deslumbrado con las abejas”, porque las obreras eran auténticas altruistas. No se reproducen y suministran todo tipo de recursos a las reinas, que sí se reproducen. Defienden la colmena sacrificando su propia vida.

Tras Darwin, el príncipe ruso Piotr Kropotkin escribió La ayuda mutua (1902), en el que señalaba que el altruismo era frecuente y no tenía que ver necesariamente con las relaciones de parentesco. “¡No compitan! La competencia es siempre perjudicial para la especie y todos tenemos recursos para evitarla (…) Ésta es la consigna que nos transmiten el monte, el bosque, el río y el océano. Cooperen entonces, ¡practiquen la ayuda mutua! Tal es la enseñanza de la naturaleza y tal es el camino que han seguido los animales que alcanzaron la posición más alta dentro de sus respectivas clases”.

Kropotkin creía que la cuna del altruismo humano no era la familia sino la tribu o el grupo. Por ello, se oponía a las “especulaciones de Hobbes” (el hombre es un lobo para el hombre) o a las de Huxley (el “cancerbero” de Darwin). El medio ambiente y la ecología eran la clave para comprender por qué abundaba la “ayuda mutua”.

Warder Clyde Allee (1885-1955), un experimentador acérrimo, tomó el relevo de Kropotkin en la década de los 20 y escribió Cooperación entre animales, donde podemos leer: “Conocimientos muy difundidos acerca del papel que cumplen los procesos operativos entre los seres supervivientes pueden llevarnos a aceptar que la cooperación es un principio rector tanto para la teoría social como para el comportamiento humano. Cuando demos ese paso, se habrá alterado el curso de la historia humana.” Para Allee, nos recuerda Dugatkin, “la cooperación entre seres no emparentados es la esperanza más grande de supervivencia de la humanidad.”

William Hamilton (1936-2000) publicó su primer artículo científico, La evolución del comportamiento altruista, en 1963. En su modelo, para que la selección natural favorezca un gen que entraña altruismo, el coste del altruismo debe quedar compensado en cierta manera para el altruista. Es la llamada “regla de Hamilton”. En 1973, Lorenz, Tinbergen y Von Frisch recibieron el Premio Nóbel por sus investigaciones en comportamiento animal y 3 años más tarde Richard Dawkins publicó El gen egoísta. A finales de los 70, Robert Axelrod demostró la importancia de la cooperación para resolver el “dilema del prisionero”.

Altruismo, según el Diccionario de la Real Academia, es “Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio” (22ª edición). En el avance de la 23ª edición se incluye una segunda acepción, de la Ecología: “Fenómeno por el que algunos genes e individuos de la misma especie benefician a otros a costa de sí mismos.” Si la especie tiene memoria, tiene perspectiva, coopera. Es altruista. No va al regate en corto, es insolidaria… y se juega su supervivencia.

En el debate entre neandertales y cromagnones y por qué los primeros, físicamente mas fuertes, desaparecieron en beneficio de los segundos (el “homo sapiens”, durante décadas los antropólogos han defendido que nuestros antepasados poseían mejor tecnología. Hasta esta semana. Metin Eres, en el Journal of Human Evolution, ha demostrado que tecnológicamente no había ventaja de las herramientas de unos frente a otros.

Yo apuesto más por lo que en su día llamé “efecto Atapuerca”: los cromagnones cooperaban mejor. Por supuesto que los neandertales tenían lenguaje, estructura social, enterramientos… En palabras del investigador Juan Luis Arsuaga, “la mente no fosiliza, así que siempre se ha recurrido a evidencias indirectas, como las herramientas, para decir que los neandertales eran menos inteligentes. Pero lo único que veo distinto es la capacidad simbólica. No encontramos diferencias en lo desarrollado de la sociedad, en el uso del fuego, en la economía… Lo único que no hacían los neadertales era pintar”.

¿Nos parece poco? Pintar, perspectiva, pensamiento a largo plazo. Si sólo funciona la memoria a corto, el altruismo puede parecer una pérdida de tiempo y de dinero. Si se piensa –y actúa- con perspectiva, la generosidad siempre da frutos. Las abejas lo “saben”. No estoy muy seguro que los descendientes de Hobbes y Darwin lo tengan tan claro, y de ahí la mínima esperanza de vida (y decreciendo) de esas comunidades humanas que llamamos empresas.